miércoles, 3 de febrero de 2016

DE LA SOBREDOSIS DE ESTRATEGIA.

Abrumados todavía no sabemos bien si por las causas, o por los efectos de los acontecimientos que ayer tuvieron lugar, lo cierto es que una suerte de inspiración destinada a tratar de entender las consecuencias reales de los mismos ha de pasar por el hecho de constatar hasta qué punto todavía hoy nadie se ha atrevido realmente no solo a analizar el procedimiento que una vez más deprisa y corriendo nos ha traído hasta este aquí, hasta este ahora, tal vez poniendo con ello de manifiesto que la única certeza que realmente nos lleva a aceptar que todo está pasando en España, no pasa sino por asumir que, efectivamente, nuestra realidad parece no ya sacada, yo diría que metida a presión, en un guión del Maestro Berlanga.

No se trata ya de tratar de comprender las causas por las cuales llegados a estas alturas nadie, absolutamente nadie, se ha puesto en pie, siquiera metafóricamente hablando, en pos no ya de encontrar respuestas, sino sencillamente de atreverse a hacer las preguntas adecuadas.
Porque acudiendo una vez más a esa vana excusa del mal llamado tiempo prudencial, el cual como ya hemos demostrado reúne aspectos de la misma valía técnica que los promovidos por los que defendían la necesidad de guardar dos horas de demoras entre la comida y el baño; transcurridas ya más de veinticuatro horas desde el esperpento con el que el Sr. Candidato nos regaló su excelsa presencia, muchas cosas, tal vez demasiadas, han tenido ya lugar y efectos, si bien los mismos, como es de esperar, (y ahí radica la verdadera crítica del presente), no pueden ser para el general conocimiento y dominio del público.

Volviendo sobre el proceder que dictó ayer la celebración de la sorprendente rueda de prensa ofrecida por el recién designado Candidato para formar Gobierno en España; una de las últimas cuestiones que tuvieron cabida, formulada, no podía ser de otra manera, por una de las más grandes figuras del periodismo español, me refiero al Sr. Aguilar; giraba en torno no ya a la posibilidad, cuando sí más bien a la conveniencia, de que el mal llamado procedimiento de negociación empleado para alcanzar la formación del tan ansiado Gobierno, contuviera en esencia procedimientos de transparencia que nos permitiesen a los ciudadanos albergar cuando menos una mínima esperanza de ser testigos y valedores del respeto desde el que los mismos se llevaran a cabo. Sin embargo, la pregunta fue rematada con una chanza. Esta chanza, ya fuera ¿casual? lo que creo no es factible identificado como digo el autor de la misma, así como del resto de la afirmación, me llevan a poner de manifiesto cuando no a denunciar abiertamente y una vez más, la socarronería con la que nuestro país, o más concretamente sus ciudadanos viven el estado de laxitud moral desde el que sus políticos plantean sus relaciones para con quienes, no lo olvidemos, sustentan no solo las estructuras administrativas que proporcionan sus estabilidad, así como la ¿ficción? de Estado que justifica en tanto que sirve de escenario, al resto de la representación ¿circense?

Porque si de una vez somos capaces de pararnos, y de paso detenemos la inercia desde la que todo esto se mueve, lo que en un momento dado pudiera habernos parecido pesar, sin duda que enseguida se tornará en satisfacción al comprobar que todo, o por ser más justos habríamos de decir que casi todo continúa moviéndose a pesar de la manifiestamente torpe y desbaratada acción desarrollada durante años por los que, no lo olvidemos han estado, y en muchos casos siguen estando, al frente de esta macroestructura que entre todos nos hemos dado y que como pasa con un hijo que no se va de casa, seguimos alimentando no sabemos muy bien por qué.

En un país como el nuestro, tan acostumbrado a convalidar los comportamientos cafres sencillamente porque solo nosotros somos capaces de encontrarles la gracia. En un país en el que si la corrupción se tolera es porque en el fondo se admira (ya conocemos el consejo del sabio Refranero Castellano: “El que no roba y no fornica, es porque no tiene donde”), antes o después habremos de asumir lo que para una mayoría, instalada sobre todo en Europa, es una realidad. Una realidad que pasa por exigirnos a todos el abandono de las conductas no voy a decir permisivas, me conformaré con discriminar las que a grandes rasgos justifican el comportamiento delictivo; y que acabe por plasmarse en un verdadero compromiso de regeneración no ya solo democrático, sino de lo que podríamos llegar a denominar, de coherencia institucional.

Porque una vez hechas todas cuando no la mayor parte de las salvedades, lo que se extrae no ya de la interpretación cuando sí más bien del análisis del comportamiento mostrado por muchos de los dirigentes ubicados en los distintos escenarios que conforman nuestra realidad institucional, pasa por la desazonadora constatación de que el elevado grado de putrefacción existente, así como la profundidad estructural al que la misma ha llegado, debería llevarnos si no a la conclusión, sí a la necesidad de iniciar una línea de razonamiento cuyo punto de partida pase por asumir que muy posiblemente los otrora grandes estándares en los que creíamos tener ubicada nuestra mal llamada calidad democrática, pueden hoy verse aprobados por el mismo ingeniero que afirmó la absoluta flotabilidad del Titánic.

Sin duda, se trataba por entonces del “objetivo móvil” más grande que el Hombre había sido capaz primero de soñar, y finalmente haber construido. Sin embargo, la realidad terminó por mostrarse tozuda, y tal vez puso de manifiesto lo que muchos pensaban pero bien pocos se atrevían a afirmar: Que el propio Ser Humano, en tanto que tal, aún no se hallaba en disposición de hacer uso de semejante estructura sin caer en la megalomanía y acabar por ello siendo justamente castigado. Salvemos nuevamente las distancias, y adaptemos la pregunta: ¿Se trata acaso de que en España no nos merecemos disfrutar de una Democracia plenamente instaurada?

Lejos de interpretaciones, o si se prefiere por la constatación de las realidades que finalmente acaban por configurar el puzzle que identifica lo que nos hemos dado en llamar realidad, lo cierto es que de ver lo complicado de las estrategias que algunos necesitan pergeñar a la hora de dar sentido a la configuración de estructuras otrora sencillas en tanto que emanaban directamente de las esencias del propio Modelo Democrático; no resulta para nada escabroso, sino que casi se convierte en síntoma de buen criterio, el enarbolar no ya una sombra de duda, sino un clamor contra la sinrazón, que poco a poco y de manera ahora ya inusitada, ha terminado por llevar al colapso a un modelo, el democrático español, que a base de ser específico se ha vuelto característico; que a base de necesitar comentaristas, ha acabado por necesitar traductores.

Es por ello que cuando veo los esfuerzos a los que se ven sometidos muchos de nuestros políticos a la hora de hacer comprensibles aspectos que no por más o menos necesarios, hace decenios que se vienen desarrollando en el resto de las estructuras políticas en las que al menos en apariencia cómodamente instalados nos encontramos; que el terror se adueña de mi presencia así como de mi presente cuando me veo en la obligación de ser sincero conmigo mismo, y hacer patentes unos miedos cuya certeza se cifra en una cuestión primordial: Constatada la certeza de que en mi país hay Democracia…¿Se ha instalado ésta ya verdaderamente en el interior de cada uno de los que compartimos no ya este país, como sí más bien la Idea de Estado?

A la vista cuando no al albor de la realidad que de nuevo contumaz se posiciona ante nosotros, lo cierto es que la respuesta no puede ser en absoluto satisfactoria.
Así, no tanto los últimos acontecimientos como sí más bien la forma de suceder los mismos y lo que es peor, la manera que de implementarse entre los ciudadanos que los mismos han tenido, me llevan a dibujar un escenario en el que de nuevo la sinrazón y la falta de objetividad triunfan, mimetizados en este caso con el pseudo-patriotismo,  y la falta de responsabilidad moral, respectivamente.

De esta manera, la realidad se impone. Y el ver cómo aquél que ha sido designado para formar Gobierno y lo rechaza, no solo no es considerado como un paria de la Democracia, sino que además es loado como un descubridor de nuevos horizontes democráticos. ¡Sepulcros encalados! Vuestra única valía pasa por pagar a abogados cercanos a la conducta del Sofista quienes, como ya antaño sucediese, se ganan el pan retorciendo los argumentos y pudriendo el Lenguaje en un vano intento de confundir a la chusma. Así y solo así podemos hoy acostarnos tranquilos a pesar de haber constatado con nuestros propios ojos que los que otrora dignificaban su existencia proporcionándonos siquiera una ilusión de estabilidad, se jactan hoy de sembrar la duda razonable incluso sobre cuestiones constitucionales.

Tal vez, solo tal vez, y ahora sí que se trata de una mera cuestión personal, hoy resulta más impresionante citar unos párrafos de “El Quijote”, que la propia Constitución. ¿Damos una lección de ciudadanía y nos ponemos con la lectura de ambos?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 20 de enero de 2016

DE NO SABER QUÉ DA MÁS MIEDO. SI EL ESTAR EQUIVOCADOS, O EL SABER QUE LA VERDAD NOS ESTÁ VETADA.

Anochece. La oscuridad, quién sabe si única muestra sincera de cuantas manifestaciones nos ha proporcionado el día, se adueña de nosotros en la medida en que no contenta con apropiarse de nuestro presente, amenaza con dirigir nuestro futuro, pues no en vano nos ha hecho rehenes de nuestro pasado.

Testigos inciertos de un presente en el que cada vez nos resulta más difícil ubicar no ya un ahora, tan siquiera un aquí; asistimos con aparente indiferencia a la suerte de desaire a la lógica al cual reducimos el triste pasar por la vida de una sociedad que definitivamente se ha rendido. En un mundo distante por cercano, protagonizado por un individuo propenso al aislacionismo como pago precisamente al exceso de comunicación al que se ve forzado; no tanto la realidad como si más bien la interpretación que de la misma nos reporta la suerte de ficción en la que estamos instalados nos arroja a la constatación de una realidad enajenante por enajenada, reflejo de una mentira fruto del pavor que al hombre moderno le provoca verse reflejado en el espejo soez de una realidad empecinada en no ocultar nada, ni siquiera la certeza de su propia desaparición.

Certeza. Concepto más que palabra, ubicada, o por ser más certeros diremos que emplazada, dentro de ese oscuro mundo de lo absoluto; un mundo en el que el relativismo implícito en cada pálpito de nuestra realidad, metáfora perfecta del latido de cada uno de los corazones de quienes conformamos esta galaxia que es el mundo toda vez que conjunto formado por los miles de mundos que somos cada uno de sus habitantes, ha de dejar necesariamente paso a la concepción cuando no a la certeza de que necesariamente nos encontramos formando parte de un momento muy grande, de un momento destinado a identificar en lo incipiente de cada uno de nosotros, la certeza de un proceso cuya meticulosidad difícilmente puede negar el hecho de que inmersos como estamos en la interpretación de un oscuro código de señales en principio indescifrables, es muy probable que estemos dejando pasar el contenido del mensaje.

Sea pues quizá por ello que, acostumbrados como estamos al tabú, como dignos siervos de la falacia en la que se regodea el eufemismo, la mera presunción de verdad que no tanto se observa como sí más bien se atisba una vez analizada la repetitiva sucesión de fracasos a la que podemos referir el experimento que surge de denotar las vivencias adscritas a nuestros pocos años viviendo en libertad, actúa sobre nosotros de manera absolutamente contraria a como en principio cabría esperar. Una vez más, el exceso de luz que preconiza el brillo de la verdad actúa como repelente contra las concepciones de esa pobre especie que comprende el locus de lo que se ha dado en llamar Especie Humana.

Y no podemos decir que no estuviésemos advertidos. De hecho, al igual que amanecer tras amanecer siempre son varios, a veces incluso cientos los que quedan ciegos por mirar directamente al primer rayo cuando despunta el alba, así periódicamente son no cientos, a menudo miles los que incapaces de moderarse una vez que creen superada la oscuridad de los periodos poco dados a la luz de la libertad, fallecen como lo hizo Moisés, teniendo a la vista aquello que supuso el objeto de su máximo anhelo a saber, la Tierra Prometida.

Porque si bien hoy por hoy no parece que quede nada por descubrir, mucho menos una Tierra Prometida, no es menos cierto que un Éxodo sí resulta por otro lado más reconocible como denominador común integrador de las múltiples escenografías en las que nos hallamos inmersos.

Es un éxodo un viaje, y si bien este viaje ha de darse precisamente en el contexto que proporciona la certeza de saber que no queremos irnos del lugar en el que estamos lo cierto es que tal consideración, lejos de restar seriedad a lo expuesto, redunda por el contrario en el reforzamiento de unas tesis que a título imprescindible han de enmarcarse en la escenografía de la paradoja a la que ya hemos hecho sobrada mención.

Se desarrolla pues nuestro viaje cerca de los límites del mito. Resulta incluso probable que alguno de sus integrantes, alguno de los que no en vano parecen destinados a ser investidos con la vitola de héroes, tengan en realidad un interés excesivo, cuando no denodado, en convertirse ellos arrastrándonos en su pos a nosotros; en la casi siempre temeridad que a priori denota el escenario propio de la leyenda…

Pero qué es en realidad un héroe sino una metáfora. Una invención de dios, creada por y para los hombres, destinada de manera extraordinaria a justificar, cuando no a promover, la certeza de que los dioses no solo existen, sino que además desean sernos propicios.
Se materializa entonces  más que surgir, la tentación. La tentación como salto cualitativo destinada a ungir en metáforas de algo superior lo que desde siempre estuvo destinado a ser comprendido y a la postre concebido desde los auspicios de lo que estaba llamado a ser mesurable desde los estrictos patrones del quehacer cuantitativo.

Redunda pues el hombre en su periódica cita con lo que una y mil veces fue, a saber, la constatación expresa de la paradoja de comprobar hasta qué punto el devenir que el hombre expresa en su eterna búsqueda de sus límites, que no es sino la redundancia en la búsqueda de su grandeza, condiciona al hombre hasta reducirlo a lo ínfimo de saberse preso de sus certezas. Unas certezas que como ya hemos atestiguado, no son sino la forma remilgada que elige la decadencia.

Se cierra así pues de nuevo el círculo. Y dentro de esta extraña y quién sabe si absurda percepción que de la vida auspiciamos, destinada no a hacer más comprensible sino más cómodo nuestro devenir; tenemos una nueva cita con un viejo conocido, una cita que nos lleva a rememorar El Mito de la Caverna, en este caso en versión virtual, aunque no por ello menos preocupante ya que ¿estaremos condenados a reeditar nuestra enésima cita con la falacia en forma de atracción por las sombras?

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 13 de enero de 2016

LA HORA DE LOS VALIENTES. (QUE YA PASÓ.)

Una vez que la noche va poco a poco poniendo fin a la que no ha sido sino una petulante jornada, vemos como el otrora enajenante efecto de la noche sirve en esta ocasión para reconfortarnos en el otro, su sinónimo, el del silencio; a cuya atención sin duda nos encomendamos buscando por un lado purgar nuestras culpas, no sin antes exigir a los que se dicen nuestros representantes, de entrada, un poco más de respeto.

En un tiempo, que no tanto en un presente, en el que definitivamente todo vale, el arranque de la Legislatura ha sido el escenario perfecto para que unos y otros escenifiquen respectivamente sus anhelos y sus bochornos; olvidando, quiero pensar que voluntariamente aunque solo sea para evitar el primer sofoco, que si están ahí es precisamente porque el enésimo movimiento de una partida que empezó hace casi cuarenta años sigue, ya sea de manera consciente o inconsciente, proporcionándonos cuando no entretenimiento sí al menos esa forma de placer nervioso que identificamos por ejemplo con el comprar el último boleto de lotería justo antes de que cierren la administración. Ya se sabe, ¡no sea que vaya a ser que hoy sí, toque!

Es así como entre nuevos grupos y viejos grupos, entre viejas formas de entender la política y nuevos políticos dispuestos una vez más a demostrar que efectivamente aún no la entienden; es como el Congreso, salvo los leones y por qué no decirlo, algunos Diputados sobrecogidos aún por la sorpresa no tanto de ver a un niño en el Escaño con su madre, como sí más bien por la que produce ver a un nuevo corrupto sentado en el gallinero el tiempo justo para obtener la condición de Diputado, y con ello la inmunidad a la que tal grado da derecho toda vez que no aspires a ser nombrado “Infanta de España” o a contar con el beneplácito del Fiscal  Sr. Horrach; han empezado hoy la jornada, me gustaría decir que temprano, en cualquier caso desperezándose.

Testigos sin duda de una ocasión única, los españoles hemos, una vez más, ejercido de tales, y nos hemos detenido en lo anecdótico, condenando multitudinariamente al olvido sonidos e imágenes, e incluso silencios muchas veces no ya menos importantes, a la sazón yo diría que mucho más reveladores, enturbiando con un ejercicio ya no me atrevo a calificar si de ignorante o de cínico, lo que nuevamente supondrá el comienzo de una nueva y ¿larga? etapa, en la que nuestra salud, nuestro dinero, e incluso tal y como se han empeñado en demostrar en los últimos años, nuestra integridad moral, correrán de nuevo un serio peligro.

Con todo, o más bien a pesar de todo, la petulancia y la chabacanería, lejos de desaparecer, evolucionan. De otro modo, la conducta de ciertos de sus Señorías correría el riesgo de ser tomada, cuando no interpretada, como propia de 2vulgares cualquieras” rompiéndose con ello la leyenda si no el mito al que muy en el fondo una mayoría de los tales en realidad tiende, esperando no tanto el disfrutar del hecho de sentarse en su Escaño, como sí más bien el fardar este finde con sus colegas en el parque echando unas birritas.

Porque en el fondo, me gustaría decir que, muy en el fondo, lo que está en juego no es ya si cualquiera de nosotros tiene o no aptitudes para ocupar uno de esos sagrados asientos, hecho que por supuesto no solo no pongo en duda sino que más bien al contrario refrendo neta y absolutamente convencido. De lo que curiosamente no estoy tan seguro es de la respuesta que procede de analizar la cuestión de hasta qué punto la actitud de la que parten muchos de sus Señorías es no ya la más adecuada, cuando sí más bien una totalmente contraproducente.
Señores, una vez abandonado el escenario propio de una cita electoral, a lo que todos aspiramos, y de lo que algunos no nos cansaremos de repetirles, es de dejarles claro que les hemos elegido para que generen ideas, no para que hagan pesadas digestiones. Esperamos por su bien, así como por el de todos, que empiecen a usar el cerebro, no el aparato digestivo.

Para los que llegados a este punto piensen que exagero, les reto a que analicen conmigo el proceso a partir del cual se ha ¿gestado? el que los líricos del lenguaje político se han precipitado en llamar El Primero Gran Pacto de la Legislatura.
Lejos de personalizar, aunque en este caso creo firmemente en la importancia de la siempre exigible calidad humana en especial en la persona del que está llamado a ocupar la tercera Autoridad del Estado; lo cierto es que tras desmenuzar la manera mediante la que se ha llevado a cabo el proceso, me atrevo a decir que no ya tanto el sistema digestivo cuando sí probablemente el excretor ha sido el elegido a la hora de poner en suerte a los protagonistas.

Lejos de festejar una hermosa faena, y retrotraída la acción a la metáfora de la tauromaquia, la elección del socialista, lejos de ser digno de consideración, no ha sido más que un hurto de lo que en cualquier otro momento habría estado llamado a ser la faena del año. Dicho lo cual, y sin menguar un ápice la atención sobre los maestros así como sobre sus respectivas cuadrillas una y solo una es la cuestión: ¿Repetirán faenas como la de hoy en otras plazas, no ya en otros lugares como sí más bien en otros escenarios? La opinión de quien les habla, que si bien ni sabe ni gusta de toros, sí disfruta como el que más de los lances que preceden a una suerte de honor,  siendo por ello que se lanza a presagiar una hermosa tarde llena de arte, que pasa por la consideración de que, efectivamente, algunos, los de siempre, han firmado por la Feria completa.

Una Feria completa que, lejos de escapar de los tópicos, los acentúa. Es así como los señoritos andaluces disfrutarán no ya solo de su propia Feria, sino que muchos estarán destinados a hacer faena en sitios y momento que no les son, en absoluto propios. Así, ya no es que primeros espadas andaluces esperen a tomar la alternativa en San Isidro, es que muy probablemente La Sultana se encuentre en tales momentos digna y netamente capacitada no tanto para pedir plaza, como sí más bien para presidir la corrida entera.

A pesar de todo lo rocambolesco de los hechos, y por supuesto de los lances que desde el lenguaje de lo posible se escenifique, lo cierto es que la física se impone, máxime cuando hablando como lo hacemos de habitas contadas, para que entren unos, otros tienen inexorablemente que marcharse.

Es entonces cuando el Fenómeno Cásper, descrito en este caso como el que se produce cuando todo el mundo salvo el muerto sabe que lo está; se convierte en la piedra de toque a partir de la que tratar no tanto de comprender, a lo sumo tratar de explicarse, el tremendo barullo en el que el Partido Socialista ha logrado meterse.
Para no aburrir a la concurrencia resumiremos la situación acudiendo a las consecuencias. Así, el PSOE ha logrado generar la Tormenta Perfecta.
En el caso de querer embarcarse en el improbable ejercicio de formar gobierno, se encontrará con que más allá de los impedimentos cabalísticos descritos en la precisión en la que se traduce contar con apenas 90 escaños arrojarán, más que impedimentos aritméticos, los propios de tener que comprender que estás yendo en contra del mandato que tus electores te hicieron, el cual no lo olvidemos se traduce precisamente en verificar qué se puede y qué no se puede hacer con tus votos.
Ahora bien, si aprovechando digamos la clarita,  se siente la tentación de acudir a la llamada de un posible Frente Nacional esto es, a una alianza formal con el Partido Popular, a lo que el PSOE puede enfrentarse no es ya a la contemplación de la desbandada de sus afiliados, con lo que el PSOE puede llegar a enfrentarse es a tener que responder a una sola cuestión, la que pasa por verificar la manera menos dolorosa de extirpar un carnet de afiliado de entre los ojos cuando ésta ha sido arrojado contra la testuz de un Secretario General utilizando para ello la técnica con la que los Ninja arrojaban sus mortíferas estrellas.
Nos queda así pues la tercera y última opción, la que denominaremos opción pasaba por aquí. Tal y como los más avispados, a menudo los más malos, habrán imaginado, es la que pasa por constatar el fenómeno por el que aquella joven sobrina de sacerdote de pueblo quedó embarazada: “Ya sabe doctor. Me tropecé, me caí, y fui a dar con mis huesos sobre mi tío, que plácidamente dormía.” Salvadas las mofas, la opción se reduce al asentimiento por omisión, o sea, a permitir la definitiva elevación a los altares del Sr. Rajoy, en este caso, por omisión, la cual se manifestaría en una suerte de abstención.
Algunos dicen que es la única opción que le queda, personalmente creo que las carcajadas van a oírse desde Nueva España pasando, ¿cómo no? por el Puerto de Palos.

Dicho lo cual algunos bien podrían, o podríamos, valorar seriamente la opción de emigrar.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

jueves, 7 de enero de 2016

DE CONSTATAR QUE “EL VÍNCULO QUE UNE TODAS LAS COSAS SE HA ROTO POR VOLUNTAD DE DIOS. A ESO SE LE LLAMA EFECTIVAMENTE, CAER EN DESGRACIA”. Doménico María de NOVARA

Porque si bien podemos llamarlo de múltiples maneras y formas, si podemos incluso erigir castillos de eufemismos en pos de ocultar tras el atisbo de penumbra que los mismos acierten a proporcionarnos, lo que no es sino la carga eterna de un dogmático tabú; lo cierto es que al final habremos de enfrentarnos al que todos sabemos compone la esencia del dilema en sí mismo, un dilema que pasa no por saber, a lo sumo por aceptar, que las cosas, inexorablemente, han cambiado.

Porque de manera parecida a como lo hiciera precisamente en tiempos de Novara, tiempos en los que la realidad de Europa se tambaleaba precisamente a raíz de los descubrimientos de un joven Koppernigk, así hoy parece de nuevo volver a hacerlo.
Como entonces, estructuras a la sazón esenciales, no solo para comprender la sostenibilidad del continente, sino para entender y explicar la existencia del propio Hombre, en tanto que tal; eran no ya puestas en duda, sino incluso arrojadas al baúl de los detritos toda vez que para la demostración de las unas, resultaba necesario no tanto la superación, más bien la eliminación de las otras.
Se trataba pues, sin duda, de tiempos duros. Tiempos, si se quiere, carentes de piedad, de una piedad que no se pedía pues, de hacerlo, demostraba en el hecho la condición de no merecida.

Como entonces hoy, ni el joven polaco, ni por supuesto el presuntuoso Maestro de Bolonia estaban solos. Como siempre una corte confeccionada por aduladores en unos casos, por serviles en otras, venía a tejer el tétrico contexto social sin el cual ninguna conspiración que se precie puede esperar no tanto sobrevivir, como sí más bien pasar a la historia. ¿O no es en definitiva de eso de lo que se trata?

Si bien los tiempos han cambiado, el juego es el mismo, porque lo son sus peligros. Si Copérnico luchó para desbancar, según él creía, por justicia, lo que afirmaba no suponían sino errores inexpresables solo argumentables desde la exactitud de las matemáticas, así hoy los nuevos conspiradores centran su actividad en la inhóspita labor de desbancar actos y en definitiva teorías que como todas, siempre, partían de un consideración de esencia en tanto que se sabían eternas.

Como entonces, hoy, los nuevos conspiradores se ponen en marcha al constatar en su derredor el efecto causado por el mayor de los males, la decadencia. No es la decadencia sino la transcripción de la nada, a  lenguaje humano. Como toda suerte de contingencia, necesita arrastrarse día tras día para ofrecer su tributo a su ente superior, que le proporciona la dosis justa de energía que le servirá, a lo sumo, para sobrevivir un día más. Algunos dirán, hoy como entonces, que cuál es el problema: Copérnico se buscó él solito sus problemas, ¿por qué habría nadie de complicarse? Entonces puede que hasta hubiera un ápice de sentido en la afirmación, el problema se presenta en toda su magnitud una vez constatado que el tributo somos nosotros, en sí mismo.

Discutida por entonces la cuestión primordial de la posición del Hombre respecto del resto de las cosas, hoy fundamos la naturaleza del debate en cuestiones que, al menos en apariencia resultan menos, cómo decirlo…absolutas. Mas si nos detenemos un instante a analizar que no a comprender, la naturaleza de la que está constituido el debate en sí mismo, nos bastará en apariencia un segundo para constatar hasta qué punto el contraste existente entre los elementos participantes en la discusión es exactamente igual de absoluto.

Al igual que entonces, hoy pretendemos utilizar fundamentos dotados de naturaleza absoluta, para solventar cuestione cuyo dominio está perfectamente referido al mundo de lo material. Así, a la vista del reciente caos derivado de la extrapolación de resultados emanados del ejercicio democrático (a la sazón el tenido hasta hoy como el más perfecto en tanto que el mismo siempre ha resultado en verdades fácilmente extrapolables), nos enfrenta hoy con un resultado que no sabemos si nos desagrada más por haberse dado, o tal vez por no saber cuánto tiempo hace que llevábamos esperándolo.

Hoy, como entonces, hay y habrá cobardes. Fueron entonces traidores los que como Jacob ZIEGLER abandonaron el barco cuando éste aún no había finalizado la travesía. Lo hicieron por miedo, pero ¿miedo a qué? Seguramente a ellos mismos, la clase de miedo que se identifica no con el pánico que trasmite lo desconocido. Más bien esa clase de miedo que ante  nosotros se manifiesta una vez somos conscientes de que todo, en especial lo que creíamos desconocido, en realidad siempre estuvo dentro de nosotros mismos, formando parte de nuestra absoluta intimidad.

Como entonces, hoy, habrá advenedizos. Los que como el poeta NONO aprovecharán a lo sumo para intuir, nunca llegar a interpretar, las verdades de lo que en las reuniones de Bolonia se decía.

Se discutía entonces la posición del Hombre respecto del resto de las cosas. Tal vez sea eso lo único que hoy no ha cambiado. Porque entonces, como hoy, es la posición del Hombre, manifestada en este caso a través del efecto que sus decisiones traen asociadas, el hecho en definitiva discutido.

Cuestionó Copérnico el Corpus Hermeticum que sostenía lo que se aceptaba como el mundo y sus postrimerías. Atacó con ello al dios europeo, desenterrando con ello amenazas de Libertad, a la sazón el otro concepto que indirectamente ligado al de la decadencia venían a justificar, cuando no a volver imprescindible, el ejercicio de una revolución.
Así cuestionan hoy otros el spiritus mundi que aparentemente mantiene unido el universo. Porque al menos en apariencia, de tales fuerzas parece que igualmente hablamos hoy.

Constituye hoy el bipartidismo tanto dios como la fuerza que aparentemente mantiene unido este a la sazón cambiante universo compuesto por todos los elementos llamados a conformar la democracia española. Desde tamaña perspectiva, el conflicto que Copérnico planteó, y que resolvió con las matemáticas, tiene  hoy su referencia en otro conflicto mucho menos atractivo toda vez que su derivada primordial, a saber la de la Ideología, se mueve por derroteros neta y absolutamente subjetivos, lo que se traduce en que desde luego del todo menos matemáticos habrán de ser los argumentos destinados a componer cualquier suerte de proceder que ose atisbar la respuesta.

Así como Copérnico hubo de romper para después unir, conformando un universo nuevo; así es como al menos en principio se atisba si no la solución, sí el estado que compondrá el a priori del ente resultante. Y como es de suponer, aquél o aquello que esté llamado a la destrucción, salvo que se sienta llamado por la condición de mártir, sin duda venderá cara su piel.

Formas, modos, procedimientos…En definitiva, todo, habrá de cambiar. Y no porque estuvieran equivocados. Habrá de hacerlo sencillamente porque no ya el contenido de las respuestas, sino la esencia de las preguntas, ha cambiado para siempre.

Y si queréis una respuesta a la pregunta de por qué nada de esto ha de ser necesariamente malo. Recordad precisamente la vieja máxima que reza: Cuando creíamos tener las respuestas, vinieron y nos cambiaron las preguntas. Por primera vez constatar tal hecho no solo no nos frustra, sino que nos llena de ilusión.

Ilusión, el sentimiento que siempre ha inspirado los viajes de los grandes hombres.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

DE LA CERTEZA OCULTA. EN EL VERDADERO VALOR DEL ¡HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO!

Podía haber sido, sin duda, una frase más. Podía haber pasado desapercibida. Podía haber sido olvidada, caracterizada, burlada. Podía haber dado lugar a multitud de chanzas, algunas incluso en su vertiente moderna, eso que los “modernos” llaman memes, si no me equivoco.
Se trata de algo tan incomprensible, tan insostenible, que bien podía haber dado lugar a la respuesta contraria y así, haber protagonizado gestos de apasionamiento, en forma de seguidismo irracional. Todo esto, y posiblemente muchas cosas más, al menos cuantificables como de tantas, son las que podían haberse extraído del no debate al que asistimos el pasado lunes. Un debate que comenzó arrebatándonos alguno de nuestros derechos. Un debate, quién sabe, si presagio de lo que ha venido a ocurrir hoy, que sin duda ha terminado de arrebatarnos lo poco que de Campaña Electoral le quedaba al periodo en el que, lo crean o no, nos hallamos inmersos.

Confieso que hasta hace unos minutos, esperaba con anhelo el instante que semana tras semana me sirve de catalizador para encontrarme conmigo mismo, curiosamente a partir del análisis que de todo lo que me es extraño en tanto que acontece fuera de mi, me sirve para identificar mi lugar en el mundo comparando, precisamente, el efecto cuando no el impacto que todo ello causa en mi conciencia.
Y es precisamente al categorizar no tanto ese impacto, como sí más bien el elevado grado de diferencia que semana tras semana detecto entre el efecto que en mí causa la realidad, y el causado entre los que me rodean, lo que precisamente me lleva a tomar de manera no ya solo consciente, sino absolutamente evidente, la decisión por la que aquí y ahora asumo que, sencillamente, no me siento identificado con el mundo que me ha tocado en suerte, o por ser más exacto, manifiesto mi desazón para con las personas con las que en general, vengo a formar el Común, al cual doy forma junto a los que me son contemporáneos.

Lo cierto es que sería injusto decir que estas palabras surgen de la improvisación. Una cosa así aunque sea objeto de la impresión, no surge de repente. O por ser más concretos, no se forma de un día para otro. Ocurre más bien, tal y como es propio de aquellas cosas que son verdaderamente importantes, que se va formando poco a poco. Ocurre, como en el caso del ruido asociado al cauce de los grandes ríos, que la tromba presagio del colapso que acompaña a los grandes cauces cuando éstos se desbordan en pos del rumbo marcado por la catarata, procede de lo que una vez fue el tintineo sibilante de esa primera fuente de lo que tiempo a fue la primera fuente, el manantial que dio lugar y forma a ese río. Un río del que todos conocen sus espectaculares cascadas, pero del que a pesar de lo obvio, la mayoría parece ignorar que antaño, procede de una fuente primigenia.

“A pesar de lo que muchos prefieren olvidar.” Bien podría ser el título de un capítulo de un mal libro, o incluso el título del libro en sí. Mas en realidad no es sino el diagnóstico de lo que tal y como hoy ha quedado puesto de manifiesto, se ha revelado ante nosotros como la causa primigenia de muchos de los grandes males que ahora, y lo que es peor, desde hace mucho tiempo, vienen afectando a la substancia más estructural de nuestra sociedad.

No pretendo perder ni un solo instante en revisar (dado que pretender analizarlo  es del todo baldío) ni uno solo de los momentos que supuestamente vinieron a componer el que supuestamente fue el “cara a cara” que “habría de enfrentar” a los que por otro lado personifican las estructuras dominantes en esto que unos y otros hemos dado en llamar el bipartidismo. Por ello, y lejos en mi ánimo el osar decir, ni tan siquiera pensar, que el mencionado acontecimiento no ha obrado en mí alguna suerte de modificación, diré más bien que en contra de lo que pueda parecer, creo no exagerar si digo que nunca hasta este momento un evento sometido a los cánones del electoralismo, había logrado infligir a mi conciencia un castigo tan inconmensurable que, y de nuevo entro en el terreno de las confesiones, ha logrado, efectivamente, modificar el sentido de mi voluntad a la hora de decidir mi voto.

Resumiendo de una manera y a la sazón muy sencilla, diremos que en pocas ocasiones como en la que traemos hoy a colación, las formas han jugado un papel tan predominante.
Por no perdernos en eufemismos, ni por supuesto en giros que a veces por inverosímiles no conducen sino al aumento de la complejidad de lo expuesto; diremos sencillamente que siguiendo al pie de la letra lo que es conocido incluso por los más viejos del lugar, Las formas pueden hacerte perder, incluso la razón. Aunque para ser del todo justos, requisito imprescindible para perder la Razón es haber tenido alguna vez noción de la misma. Y en el caso de Pedro Sánchez, creo poder afirmar aún a riesgo de equivocarme, que tal hecho todavía no se ha producido.

Incapaces pues de acudir a lo esencial, pues en tamaña superficialidad no solo difícil, más bien imposible resulta encontrar un mero atisbo de algo que no amenace con ser arrastrado por el viento ante el primer asomo del mismo; habremos de decir que más sorprendente que las ya de por sí lamentables tácticas desarrolladas por el todavía hoy líder de la oposición, resultan con mucho los incomprensibles esfuerzos que a modo de batería han sido desarrollados por quienes desde dentro, se han esforzado primero en justificar, y después en legitimar, conductas que por darse en personas de una u otra manera llamadas a ser consideradas modelos, ejercen una gran cuando no notable influencia sobre quienes por uno u otro motivo deciden salir a buscar fuera los motivos de sus propios actos.

Desde tamaña irresponsabilidad, el triunfo de tan dañinas conductas, triunfo del que somos netamente conscientes una vez que la conducta torticera de la que el pasotismo generalizado ha dado muestra en tanto que no ha hecho nada en pos de cortar las mismas de raíz, ha terminado por permitir brote lo que otrora germinó a partir de la mera posibilidad de dar crédito a la fábula en base a la cual, tal y como ocurre en el amor y en la guerra, en política todo vale.
Ya es por ello tiempo de que de manera alta y clara, a la vez que de manera absolutamente indiscutible, primero nos enteremos, aunque solo sea para luego hacérselo entender a los demás, que no solo lo de que todo vale es una falacia destinada a favorecer a los que siempre han temido a los posibles efectos que tanto para ellos como especialmente para su posición puede tener el hecho de que efectivamente se imponga tamaña condición; sino que ahora más que nunca la política, o más concretamente el ejercicio de la misma, es cuando más cuidadoso ha de resultar en el ejercicio de los menesteres que le son propios.

Los motivos, tan evidentes como complicados en tanto que netamente sometidos a la complejidad del marasmo de la interpretación, se agrupan cuando no se resumen en el hecho de que no tanto la política como sí más bien el ejercicio de la misma se hallan en este caso cimentados en el planteamiento de la cesión representativa del poder. Expresado a grandes rasgos, la imposibilidad de que todos accedamos unívocamente a las estructuras de poder lleva a los más capacitados a erigirse en representantes de los por otro o en cualquier caso, más mediocres. Mas supondría un ejercicio de absoluta ingenuidad el llegar no solo a suponer sino sencillamente el considerar, que las acciones de los primeros estuvieron ni por un solo instante inspiradas en lo que podríamos denominar el bien común, o lo que sería lo mismo, una suerte de proceder con afección tanto en el sentido ético como en el moral, en base a lo cual las acciones propias de los entes activos, estarían motivados en lograr la satisfacción de los agentes pasivos, los cuales a la sazón son, en términos estrictamente cuantitativos, soberbia mayoría.

Es con ello que a medida que vamos despertando del sueño altruista en el que nos hemos visto inmersos, nos damos de bruces contra la realidad sintetizada en un mundo en el que los depredadores no es solo que devoren a los llamados a ser depredados, sino que en contra de lo que cabría ser esperado, ambos se sienten cómodos en el respectivo lugar que la cadena trófica les reserva.

Asistimos pues al triunfo de la chabacanería. Un triunfo que no lo dudemos responden a una demanda bidireccional. Por un lado el mediocre se siente cómodo ejerciendo de mediocre, traduciendo su mediocridad en el acto pasivo de no pensar; en tanto que otros se sienten encantados de poder suplantarles en el ejercicio de esa preciosa labor.

Pero la chabacana mediocridad es a la par voluble, propensa a las emociones fuertes, y por ello necesitada a diario de estímulos que han de ser cada vez más y más impactantes.
De ahí que la intensidad de los estímulos con los que el pasado lunes Pedro Sánchez hubo de dirigirse a sus huestes, bien podría darnos una idea del actual estado de las cosas. ¿Necesitan una pista? Vayan a buscarla a Pontevedra, de paso a lo mejor encuentran la patilla de las gafas del que pese a quien pese, es por decisión democrática nuestro Presidente del Gobierno.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

DE LA UTILIDAD DE CUESTIONES TALES COMO LA NAVIDAD, LOS DEBATES ELECTORALES, Y OTRAS COSAS ASOCIADAS AL INTELECTO.

O tal y como creen algunos, directores de campaña y responsables de campañas publicitarias entre otros; de todo proceder destinado a aprovecharse de la buena disposición desde la que al menos en principio, la mayoría partimos cuando nos enfrentamos a asuntos de aparente calado como en principio parecía ser escribir la carta a SS.MM los Reyes Magos de Oriente; o lo que para el caso viene a ser lo mismo, esperar que alguien dedicado a lo que se ha dado en llamar la carrera política profesional, llegue a considerar como si tan siquiera una opción el tener que cumplir cuando menos una de las promesas que tuvo a bien llevar a cabo a lo largo de lo que fue el discurrir de la campaña electoral en sí misma.

Una vez que la prudencia y la prescripción de un facultativo se han traducido en el fenómeno por el cual he decidido no achacar mi mala conciencia a sucesos respecto de los que no hayan trascurrido al menos 48 horas, es cuando a estas horas empiezo a ver con toda nitidez el cúmulo no tanto ya de circunstancias, cuando sí más bien de interpretaciones, a partir de las cuales comprender no tanto las conclusiones, como sí más bien lo que podríamos llamar compendio de antecedentes, a partir de los cuales no tanto fue llevado a cabo como sí más bien fue pergeñado la suerte de experimento social hacia lo que ha terminado por evolucionar el suceso televisivo al que de forma netamente malévola y por supuesto nada accidental, ha terminado por conducirnos el espectáculo al que el pasado día siete de diciembre, fuimos condenados.

En otra muestra más de cinismo prosaico. En algo que solo puede considerarse desde la óptica de una sociedad realmente enferma en tanto que proclive a la conducta morbosa; alguien de quien sinceramente espero no llegar a tener noticias nunca, decidió, apoyándose para ello en razonamientos y argumentos que seguramente solo él compartía, que las evidencias procedentes del estudio y constatación de los fenómenos históricos y su implementación sobre los hombres (algo que dicho así puede sonar tremendo, pero que una vez desmenuzado se resume en la tesis según la cual, cuando algo ha ocurrido siempre de una determinada manera, la constatación de sus premisas iniciales puede llevarnos a la sospecha de que seremos capaces de anticipar sus consecuencias, sin que para ello hayamos de repetir una y mil veces el experimento;) tenía que ser en realidad obviado.
Dicho de otro modo, algo o alguien, o por ser más justo seguramente la incidencia no casual de varios algos, confabulados desde la absoluta falta de lealtad de numerosos alguienes; decidieron el pasado lunes que decenios de insatisfacción política, más de dos centurias de insatisfacción democrática y lo que es peor, una absoluta inexistencia constatada en el hacer de la eternidad; de compromiso por parte de los que se hacen llamar activos políticos; iban curiosamente ha ser olvidados en el transcurso de esa precisa noche, precisamente para que un preciso grupo de señores, precisamente, hicieran todo lo preciso para que la Historia no detraiga su tributo.

Pero si alguna virtud puede atribuírsele a la Historia ésta es, precisamente, la contumacia. Y por ello ni podemos ni por supuesto debemos sentirnos defraudados precisamente porque la llamada cita histórica acabara, efectivamente, desarrollándose por los cauces por los que la mentada Historia exige que todo lo que en realidad no es sobrevenido, acabe por discurrir.

De tal manera que a nadie debería extrañarle el constatar cómo el que  efectivamente ha sido el programa más visto del año en televisión, según marcadores objetivos, puede en realidad acabar convirtiéndose, aplicando en este caso varemos netamente subjetivos, en la apuesta menos rentable de la historia.

Porque llegados a estas alturas, ¿cuántas personas apuestan sinceramente el sentido de su voto a las sensaciones que del mencionado debate se desprenden? Dicho de otra manera. En un país con más de cuatro millones de parados, con la Deuda Pública afectando al más del 100% del PIB. Con un Gobierno que no solo ha demostrado su manifiesta incompetencia para resolver los problemas de los españoles, sino que más bien al contrario, se ha mostrado ducho en avalar la perseverancia de los tales problemas en un menester que sin duda va a mantenerse durante cuando poco, más de un decenio. En tales circunstancias, de verdad, en tales circunstancias. ¿De verdad alguien va a decidir el sentido de su voto en función de las emociones que desprenda tal o cual candidato?

Cierto es que analizar a priori (o sea, sin fundamento práctico) el sentido de las emociones de los más de siete millones de telespectadores que presenciaron el mencionado; constituye para mí una obra por faraónica, inviable.
Sin embargo no es menos cierto que a posteriori, y sobre todo teniendo en cuenta que el volumen de variables a manejar resulta sustancialmente más reducido; que bien podría aventurarme a especular sobre el cúmulo de naderías primero, y francas sandeces después, sobre el que pivotó la percepción que en este caso ha de serles atribuida a quienes en este caso se presentaron e identificaron como los protagonistas. Protagonistas, no lo olvidemos, en tanto que candidatos que formalmente optan a ser Presidentes del Gobierno de España.

Aunque si bien esto último no es del todo cierto, pues la Sra. Sáenz de Santamaría se siente cómoda en su segundo lugar, dejando cumplida constancia de semejante tranquilidad desde el primer minuto; si hay una duda que a mí personalmente me atribula es la que pasa precisamente por no poder comprender cómo esa misma tranquilidad pudo verse mantenida hasta el instante final por una persona que, no lo olvidemos, se ha mantenido firme en su puesto en el Congreso de los Diputados ejerciendo de Vicepresidenta de un Gobierno que se apoya en la mayoría absoluta que le ha proporcionado el que está por demostrarse y todas las circunstancias parecen indicarnos se trata de el partido político más afectado por la corrupción, de toda la Historia de España tal y como parece avalar el hecho según el cual el mismísimo Duque de Lerma podría haber tomado apuntes. ¿Os imagináis el contenido del próximo Curso de la Universidad de Verano financiado por FAES?
Pues de nada sirvió tal hecho. Y no se trata de una percepción subjetiva como se deriva del hecho de que algunos Medios la dan como virtual vencedora del debate.

Hemos empezado por la Derecha, y por ello, o más bien por seguir el orden. ¿Qué decir del papelón del Sr. Rivera? ¡Dios mío cuanto puede echarse en falta la presencia de un atril tras el cual esconder tus miserias cuando no sabes qué hacer con tu existencia corpórea¡ Porque tal fue la sensación que a mi entender se derivó de la larga e inconexa suerte de imprecisiones que logró engarzar el sin duda a estas alturas ya manifiestamente debilitado líder de Ciudadanos. Sr. Rivera, a un debate, si se va, se va preparado; de lo contrario se corre el riesgo de ver cómo tus vergüenzas quedan al descubierto, o en el peor de los casos, la falta de humildad vagamente intuida puede verse elevada a rango de certeza, con los efectos que podemos llegar a imaginar.

Efectos de chulería y prepotencia, de arrogancia en una palabra, como los que en todo momento no ya condujeron sino evidentemente presidieron el antes, el durante y qué duda cabe, el después, del escenario a efectos consolidado por el Sr. Pablo Iglesias. Porque si a alguien le puede quedar la menor duda de lo absolutamente imposible que resulta encontrar un viso de realidad mundana en éstos esperpénticos fenómenos mediáticos (léase indistintamente como tal bien el programa resultante, bien el personaje, a la sazón no menos resultante, en este caso de la mal llamada telegenia) la aptitud del Sr. Iglesias, argumentada absolutamente desde su proceder, culminó en poner fin de manera solvente a tal duda. Así no habrá leído a Kant tal y como él mismo “confesó.” Mas me atrevo a decir que otros filósofos alemanes, tales como por ejemplo el mismísimo F. Nietzsche, bien podrían estar orgullosos pues no todos los días tenemos la fortuna de contemplar a alguien que se mueve como si verdaderamente sintiera que se halla “Más allá del bien y del mal.”

Aunque si la arrogancia no como virtud, cuando sí más bien como ausencia de humildad es mala. ¿Qué decir de la humildad impostada? Porque impostada, como su sonrisa propia más bien de un modelo acostumbrado a protagonizar la sesión de fotos que preside la contraportada de cualquier dominical de prensa más que a figurar en los carteles que piden apoyo para dormir en el Palacio de la Moncloa, resultó ser la que desparramó un Pedro Sánchez más preocupado de convencerse a sí mismo de la inexistencia de sus múltiples carencias, carencias que a estas alturas ya no le son desconocidas a nadie, y menos a él. El resultado, tal y como podéis imaginaros: Han pasado casi cuarenta y ocho horas y todavía anda por los pasillos entonando un quejumbroso: “pero en el fondo ¿no estuvo mal, verdad?

En definitiva, y por si llegados a este aquí a alguien no le ha quedado lo suficientemente claro, mi posición al respecto del debate no pasa por cuestionar es éste bueno o no, si es conveniente o inconveniente. Más bien, sinceramente, mi certeza apuesta por poner de manifiesto el grado de ofensa que en mí converge cuando acierto vagamente a hacerme una idea del grado de estulticia que al votante español le atribuyen todos los que pergeñan espectáculos zafios y más propios de corralas como el que el pasado lunes contribuyó a poner en fuga al que suponía último vestigio de conducta responsable para con una cita electoral que en este país quedaba. Lo que me lleva a pensar: ¿Acaso no sería precisamente tal cosa lo que desde el primer momento fue con tanta ansia buscado?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

NO ES PAÍS PARA VIEJOS… ¿O SÍ?

Dice el Refranero Popular, erigido tal vez sobre las sólidas bases que se precursan como las  responsables de convertirlo en último bastión de la única de las sabidurías que aún permanece en pie, que allí donde hay patrón, no manda marinero. Ha sido siempre la navegación, sea cual sea la vertiente a la cual aludamos, más que una responsabilidad, digamos que un auténtico arte. De tal manera que al contrario de lo que pasa con el resto de los procederes que han inundado el mérito de la Humanidad, sus vertientes han estado más cerca de profesar respeto a una reducida élite dotada de algo más que de vocación, de una auténtica suerte de privilegio. Por ello, en definitiva, que capitanear una nave requiere de algo más que de actitud, requiere de instinto, de aptitud marinera. Y eso es algo que no se aprende, se tiene, o no se tiene.

Por eso, cuando el pasado lunes experimenté el trance de tener que plantearme atender la demanda que suponía el ejercicio de responsabilidad que para con la Democracia había planteado El Diario El País; lo hice desde la tónica con la que un neurótico se enfrenta a la necesidad de hacer frente a su medicación o sea, sabiendo que el que va a permanecer como resultado no es en realidad él.

Lejos de detenerme un instante en las formas, esto supondría dar cancha a esos indocumentados de la onda que de verdad piensan sientan cátedra cuando manifiestan conclusiones tan brillantes como las que proceden de elevar a rango de prima sociológica el color de la corbata, hecho que literalmente se viene abajo cuando uno de los partícipes se presenta sin haber sucumbido al artificio que supone el uso de tal ornato; lo cierto es que una vez elevado el nivel, hecho que ha acontecido en el momento mismo en el que nos hemos atrevido a criticar lo hecho no por la mayoría, sino realmente por todos, es cuando nos vemos en la ahora ya sí sagrada obligación de aportar algo más no tanto al debate, como sí más bien al post que se ha desarrollado a continuación.

Es a partir de haber aclarado tales consideraciones, cuando podemos ir trasladando al escenario de la realidad, en definitiva aquel en el que las circunstancias se materializan, toda esa suerte de opiniones a la que pueden quedar reducidas las escasas, cuando no nimias, aportaciones que unos y otros llevaron a cabo el pasado lunes.
Porque una vez se levantó la bruma propia de la novedad, una vez el brillo de los focos dio paso a la sombra que más que proyectarse, se empeñaba en rodear a los tres contertulios; lo cierto es que el debate del lunes, lejos de suponer un canto a la emoción destinado a promover la ilusión entre los votantes, terminó por convertirse en un vaticinio de debacle empecinado en poner de relevancia las aptitudes nihilistas que algunos le vaticinamos al presente en el que nos ha tocado vivir.

Pero puestos a bien mirar, lo cierto es que atribuir a los protagonistas toda la responsabilidad sobre la autoría del drama representado resulta algo propio de una conducta injustificada toda vez que nada, absolutamente nada, se revela como competente a la hora de permitirnos identificar a nuestros ya mentados protagonistas como artífices del mismo. Y no lo digo porque unos u otros, o incluso los tres en común, no estén valorando seriamente la posibilidad de poner en marcha la conocida suerte de desastres que bien en cadena, bien por separado, acaben por dar al traste con todo. Lo cierto es que lo único que puede exonerarles de tamaña acusación, no es más que lo que procede de ver cómo día tras día, y a veces de cada dos hasta el de en medio, parecen extrañamente volcados en una suerte de pantomima destinada a poner de manifiesto su más que evidente, yo diría que absoluta, incompetencia.

Va así pues siendo hora de que comencemos a plantear las cuestiones en su justa medida: ¿Son las circunstancias propias del resultado de las acciones que los hombres llevan a cabo? O más bien: ¿está la conducta del Hombre vinculada a las limitaciones propias del escenario en el que tales se desarrollan?
Dicho de otra manera, la incompetencia de la que nuestros tres protagonistas hicieron gala, y de la que su incapacidad para hilar un solo argumento coherente a lo largo de las más de dos horas que duró la confrontación constituye ejemplo evidente ¿Ha de considerarse como una causa, o más bien como un efecto vinculado al actual estado de las cosas?

En un momento que algunos creímos llegada la hora de los valientes, lo cierto es que ni uno solo de los argumentos apuntados, o ni tan siquiera esbozados por quienes al menos en apariencia se sienten llamados a ejercer nuestra representación en Las Cámaras ha hecho, al menos siempre según mi opinión, ni con mucho argumentos que me permitan auspiciar la menor de las esperanzas a la hora de atribuirles un mínimo de mérito político. Por ello que no esperen obtener de mí ni una sola indulgencia electoral.

Pero entonces…¿De dónde procede tanta inutilidad?

Responde nuestro país a una suerte de comportamiento muy específica que si bien permite identificar tal hecho en la mayoría de procederes que le son propios, eleva a rango superlativo tamaña consideración cuando tales patrones han de ser explicitados en el terreno de lo político. Echemos un poco la vista atrás, y no hace falta ser muy avispado para toparnos con una suerte de procesos entre los que destaca aquél del que en breve conmemoraremos su aniversario, en base al cual en nuestro país resultaba imprescindible declarar inaugurado un proceso destinado entre otras  a certificar cuáles habrían de ser los planteamientos cuando no los procedimientos con los que nuestro país estaba llamado a exorcizar sus viejos fantasmas.
Erigimos así pues los viejos esquemas, los que nos son propios, y ejerciendo ese santo proceder que tan bien nos caracteriza, pusimos de manifiesto una vez más nuestra incapacidad para saber a ciencia cierta con quién estamos, dejando claro que en España nada une más que tener claro contra quién estás.
Fue así cuando cansados de los sistemas, apostamos de nuevo por la recuperación de la Ideología.

Fue entonces cuando la libertad nos explotó en la cara. Ser libre era ya una complicación, pero argumentar cómo se vivía en el uso de tal aptitud se erigió en una auténtica epopeya. Ni los pioneros de las praderas americanas requirieron de tanto valor cuando iniciaron su penosa aunque esperanzada marcha hacia el Oeste.
Fue entonces cuando comprendimos que la Ideología quemaba templos, desataba persecuciones furibundas, parecía justificar guerras e incluso rompía amistades fraguadas en el transcurso de decenios. Y sin embargo se quebraba en mil pedazos cuando se hallaba en la base del comportamiento que se traducía en el llanto de un niño hambriento.

Abandonamos entonces la Ideología, y apostamos por las personas. Fueron éstos los tiempos de las grandes personas. Grandes personas, incluso personas grandes, que de una o mil maneras parecieron fomentar en este caso la esperanza de que los vanos que tanto los sistemas, como incluso las ideologías habían dejado, serían ahora cubiertos por una suerte de magia que en este caso como una incipiente aura rodeaba en consecuencia a esa restringida caterva de elegidos en apariencia llamados si no a cambiar el mundo, sí cuando menos llamados a conocer en exclusiva sus límites, y los del mundo tambíén.

Fue entonces cuando el ídolo se hizo hombre, cuando el Dios se hizo Carne. Cuando la ensoñación se tornó más bien en pesadilla. Cuando una vez más hubimos de comprobar que ahora, tal vez no más que antaño, estamos legítimamente solos.

Pero constituye la soledad en este caso el último vestigio de responsabilidad. Porque detrás del atisbo de miedo que parece reducir la valía de quienes tienen la fuerza para asumir el peso de lo que ya es a estas horas evidente certeza; no se esconde sino una suerte de abulia que en este caso, lejos de resultar contraproducente, se erige en la máxima traducción de sentimientos a la que puede aspirar un individuo que, convertido en ciudadano en tanto que ente que ha asumido voluntariamente arrogarse el peso de la Ley que le identifica como libre precursor de la Democracia así como de los procederes que le son propios; se ha ganado el derecho a seguir esperando.

Esperar es el ejercicio que se le atribuye a quien ejerce el derecho activo a la esperanza. ¿Esperanza de hallar un Sistema adecuado? ¿Esperanza de redactar los parámetros que delimiten es espectro metafísico de la Ideología Perfecta?

Tal vez, y a lo sumo, esperanza en ser dignos de seguir esperando.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.