miércoles, 28 de noviembre de 2012

DE CUANDO LOS ÁRBOLES NO NOS DEJAN VER EL BOSQUE, DE LOS GRITOS DEL SILENCIO.


Una vez más, resulta increíble comprobar, y todo ello sin el menor ánimo de ser complaciente, como en realidad las cosas suelen ser mucho más sencillas de lo que en realidad podría parecer, o en cualquier caso de lo que en un primer momento incluso parece que hubiera sido conveniente. Así, atendiendo como no podía ser de otra manera a temas de actualidad, o más concretamente a la forma mediante la que éstos, cuando no sus resultados afectan a nuestras vidas, nos vemos obligados a comprobar siempre la presencia en este caso, del gran testigo, del mecenas de todos los hechos, del juez y jurado de toda realidad. Hemos de comenzar a comprobar la valía de nuestro presente, acudiendo, como no puede ser de otra manera al veredicto que sobre el mismo habrá de referir el único de los jueces imparciales que nos quedan, una vez que el resto de los elementos de los que nos rodeábamos, ha sido muestra del fracaso, en tanto que han sido víctimas de las tentaciones de lo mundano. Acudamos pues, al siempre objetivo proceder del Tiempo.

Es la nuestra una de las épocas más interesantes que a priori resultarían deseables para vivir. Pocas, por no decir ninguna con anterioridad a ésta, son presumibles de habilitar en un periodo tan relativamente corto de tiempo, el cúmulo de situaciones que de todo tamaño, eventualidad y magnitud, puede decirse que han, son o incluso serán vividas, en el otrora corto espacio que se amotina entre una generación, y la inmediatamente posterior. Es como si el tiempo, y su causalidad directa, la vida en tanto que experiencia natural, se empeñasen en transcurrir deliberadamente aprisa en el presente que nos ha tocado vivir.

Y tal vez sea por eso, bien por las meras prisas, o quién sabe si por los elementos asociados a las mismas, velocidad, vorágine etcétera, que ya no nos encontramos ni en la mera disposición de acceder a los hechos con la mínima de las perspectivas a la que nunca debemos hacer caso omiso, a saber, la de la responsabilidad.

Porque pese a quien pese, cuando todo esto haya pasado, cuando el sol vuelva a salir, y en apariencia los recuerdos no sean sino el vestigio de un mal sueño; entonces, un día, sin saber muy bien porqué, porque en realidad nada parezca haberlo motivado. Entonces nuestros fantasmas resurgirán para pedirnos cuentas. El motivo es sencillo, siempre lo hacen.


Una vez más, todo ha ocurrido demasiado deprisa. Hace cuatro años, negábamos la crisis. El año pasado aún éramos incapaces de valorarla en toda su extensión, tal vez por ello elegimos de manera tan errónea a los que deberían resolverla. Hoy sólo somos conscientes de que no ha venido para quedarse, más bien lo ha hecho para instalarse. Trae una maleta grande, viene para instalarse.

Como un invitado entrometido, y por ello menos deseado si cabe, pretende desarrollar toda su labor con el firme propósito de descabalar todo aquello que suponía nuestro apego al mundo que creíamos conocer. Mueve los sillones de sitio, cambia el color de las cortinas, e incluso pretende sustituir los cuadros de nuestras paredes. ¡No, los cuadros no! ¡Constituyen el reflejo de nuestro apego al mundo! ¡Son la imagen del orden! O al menos la ilusión de que controlamos tal orden.
Porque una vez más, el presente, abiertamente testarudo, se empeña en enfrentarnos con la única realidad que a estas alturas parece a salvo de tales insinuaciones. Precisamente el presente, que ha renegado del pasado, y se ríe a carcajadas ciertamente inoportunas del futuro.

Y en el nuevo colmo de los colmos, la certeza de la perversión manifiesta, la que procede de ver cómo el último vestigio, el que parecía ser el último bastión del orden, sucumbe igualmente, sin el menor atisbo de ruido, tal y como lo ha hecho todo lo demás. La causa del desmoronamiento es sencilla, la vanidad efervescente, cercana a la petulancia, que se manifestaba en estos tiempos a través de la absoluta convicción que embargaba a los hombres a la hora de satisfacer su certeza de que tenían siempre todas las respuestas, les ha llevado a olvidar el hecho de que en realidad, muchas cosas han de ser convenientemente recordadas, aunque sea sólo para evitar que sean repetidas.

Puede que esta sea la única razón por la que el español moderno ha removido viejas tumbas, ha repetido ciertos ritos, y aunque sea malsonante, ha resucitado viejos cadáveres, dotando además de autoridad a formas aparentemente ya superadas, cuando no ampliamente olvidadas.

Hemos así de recuperas términos arriba expresados, juez, tiempo, vorágine, para intentar comprender, o al menos hacerles compresible a otros, la metodología en base a la cual lo increíble se hace creíble, lo absurdo adopta posiciones de verdad, y en definitiva lo imposible juega ahora a las cartas con lo que hace segundos eran leyes científicas.

Y el responsable, o más concretamente el prestidigitador que ha hecho posible el milagro, como buen mago, adopta infinidad de formas, responde a cientos de nombres, y oculta su faz a cualquiera que le mire de frente. Sencillamente se adorna con la sutil vestimenta que le proporciona la idea creada de crisis.

Idea creada sí, que a nadie le quepa duda. De no ser así, cómo es posible que estructuras tan bien creadas, ideas tan absolutamente maravillosas, y realidades tan firmemente asentadas, se hayan venido abajo de manera tan perfecta. Y lo hayan hecho sin generar un solo cascote, y en absoluto silencio.

La respuesta es tan sencilla, que amenaza con golpearnos, más que con iluminarnos. La crisis es necesaria, para moldear nuestros designios, para recuperar nuestros destinos, para reconducir, en una palabra, nuestros designios.
Para devolvernos a nuestra siempre deseada esclavitud.

Los tiempos de bonanza, han sido excesivos. Y lo han sido no exclusivamente en referencia a la bonanza económica. Eso en realidad  no es preocupante, el dinero es voluble, pronto recuperará su posición original. Lo verdaderamente preocupante estriba en el excesivo avance que los medios destinados al desarrollo integral de la persona, habían alcanzado en estos tiempos. El individuo se sentía demasiado libre, demasiado eficaz. Y de ahí a sentirse responsable de sus actos, hay un camino demasiado corto.

¿Qué harían entonces La Derecha? ¿Sería entonces necesaria La Iglesia?

Al igual que nadie se plantea que la patente del coche que funcionaba con Hidrógeno fue comprada por una multinacional dedicada a la venta de hidrocarburos; así es que nadie habrá de dudar de que los acicates fundamentales que instigan, alimentan, y no lo dudemos, gestionan esta crisis, han de ser inexorablemente buscados en los grandes centros de poder de La Derecha.
A nadie más que a ellos, perjudica el hecho de que la gente pueda llegar a pensar que puede pensar. ¿Os imagináis un mundo en el que toda persona puede ser responsable de sus actos, sin haber de acudir a que un ente metafísico le perdone por no cumplir un reglamento que sólo es más absurdo que antinatural?

La respuesta, una vez más, hay que buscarla en el difícil camino que escogen vivir su vida considerando su propia responsabilidad.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.




miércoles, 21 de noviembre de 2012

DE RAJOY, LA DERECHA, LAS CRISIS, Y DE LA COHERENCIA IDEOLÓGICA COMO ÚNICO RESPALDO.


Aunque pueda parecer mentira, ha pasado un año. Un año de aquella fecha, veinte de noviembre, sin duda elegida con atinada mano simbólica. ¡Lástima que no podamos decir lo mismo de la capacidad cerebral!

Un año de ostentación de poder, que no de acción de gobierno, en el que desgraciadamente han sobrado las ocasiones, y nunca han sido desaprovechadas las ocasiones, en el transcurso de las cuales demostrarnos, principalmente a los que nos mostrábamos un pelín lentos en entenderlos, que de una manera u otra, ya nada volvería a ser igual.

Porque Señoras y Señores, la Derecha ha vuelto, y su pretensión es quedarse. Y lo peor no está sino en el hecho de que tal tropelía, por primera vez en mucho tiempo, no la han hecho ellos. Ha sido mucho más sencillo, se lo hemos permitido nosotros.
Soy netamente consciente de que muchas de las cosas que digo no son políticamente correctas. De la misma manera soy consciente de que somos unos pocos, tal vez irresponsables, los que ponemos voz a pensamientos que circulan por la razón de muchos que, tal vez por prudencia, o por cualquier otra de las múltiples formas que hoy por hoy adoptan las limitaciones, no pueden ni tan siquiera aceptar lo que piensan. Sin embargo, no es menos cierto que muchos de esos que guardan silencio, siguen sin entender todavía hoy cuántas cosas han tenido que hacerse rematadamente mal en España, para que vuelva a gobernar la DERECHA CAVERNARIA.

Dentro de esa serie de argumentos a los que arriba hacía mención, he de traer hoy especialmente a colación aquél según el cual poníamos en relevancia el hecho, aparentemente por todos compartido según el cual para que en este país volviéramos a ver a la Derecha en el ejercicio del poder, sería condición imprescindible que el mismo se alcanzara mediante la obtención de una mayoría absoluta.
En términos conceptuales lógicos, esto es aplicando la matemática de la lógica al razonamiento electoral, semejante afirmación podría consensuarse en la firme convicción de la absoluta imposibilidad de que semejante situación volviera a repetirse, al menos si nos ceñíamos estrictamente a la aplicación completa de la coherencia de pensamiento. En otras palabras, nada podía hacer presagiar que la Derecha, fuese cual fuera la forma que adoptara, podría volver a sustentar las riendas de este país.

Pero entonces, ¿Qué magnitud tiene el cataclismo que nos ha traído este aquí, para sumergirnos en este ahora?
Llegados a este punto, muchos estarán ya deseosos de acudir al sempiterno palo que para mediocridades, estulticias y miserias (sobre todo morales) la acechante crisis representa. Mas es entonces cuando hemos de plantear si cabe, con más juicio la fatal cuestión: ¿Quién es más culpable del actual estado de las cosas? O dicho de otra manera, ¿De qué posición ideológica se encuentra más cercana, el actual estado de las cosas?

Porque sí. Verdaderamente, una vez comprobado el lamentable estado al que hemos permitido sean conducidas todas las cosas, es cierto, por no decir definitivo, que resulta obligado, cuando no saludable, comenzar a desprendernos de esos tantas veces identificados velos que, en forma de tabúes, nos han impedido hablar no sé si con razón, pero sí sobradamente con propiedad, de los grandes problemas que acucian al país.
Así y sólo así, podemos entender que el silencio haya tapado a lo que en verdad deberían ser clamores; que el polvo haya logrado enterrarlo todo. En una palabra, que la desidia haya logrado hacernos dudar, hasta casi olvidar, nuestro pasado más cercano, y por eso el más hiriente.

Así, y sólo así, podemos entender que aquél ambicioso proyecto iniciado por José María AZNAR, y que puede resumirse en el intento de redefinir una nueva Idea de los modelos conservadores que hay en España, aglutinando para ellos ramos tan aparentemente sui géneris tales como Falange, junto con los moderados de Primo de Rivera, todo ello bajo el amplio paraguas que ofrece la teoría liberal. Y lo peor no es que lo haya logrado, es que por medio de otro gallego, hemos vuelto a permitir que se encumbren.

Las principales causas, como ocurre siempre en estos casos, no hay que buscarlos en sus aciertos. Subyacen más bien en los errores del contrario.  Y como en todas las grandes ocasiones, en la base de tales errores hemos de buscar los contenidos ideológicos, aquéllos que, en el caso que nos ocupa, más han de doler porque ¿de verdad es comprensible que España sea de Derechas?

Evidentemente no lo es. Por eso, la única opción que nos queda para justificar el alza de la Derecha, pasa inexorablemente por el acuciante hundimiento de la Izquierda. Un hundimiento que tiene su base en la permisividad con la que hemos permitido no ya que nos derroten en el terreno de la ideología. La realidad demuestra que les hemos consentido que arrebaten del discurso cualquier prebenda histórica, moral si me apuran. Y todo ello en pos del mantenimiento de una estabilidad del discurso que una vez más, tan sólo por ellos se ha visto amenazada.

En definitiva, nos han derrotado. Las pruebas, éste año, en el 20N no han necesitado ni hacer desfile de conmemoración, se ve que el que tienen en Moncloa satisface sus deseos más profundos.

En definitiva, puede que el orden en el aparente caos, pase inexorablemente por la coherencia ideológica.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

DE CUANDO SE ACABAN LAS OPCIONES…


…Y todo se convierte entonces, en algo inherentemente peligroso.

Termina la jornada, una jornada sin duda especial, en la medida en que con las últimas luces dan, igualmente, sus últimos estertores una jornada de huelga que como cualquier otra que se precie, tendrá en el baile de cifras, dependiendo siempre de quién sea el que las ofrezca; su primera y más directa consecuencia.

Aunque alejado de cualquiera de estas posibilidades, en la medida en que se trata de una mera apreciación objetiva, fruto de la mera observación estadística, podemos decir sin sonrojo, para eso ya habrá sin duda tiempo dentro de unas pocas líneas, que ésta jornada de huelga ha sido sin lugar a dudas la Huelga de más contenido político de las nueve Huelgas Generales que han acaecido en este país desde que alcanzó la mayoría de edad, o sea desde que el Tutor cambió El Pardo, por la Cruz (de los Caídos).

Por ello, y tal vez sin abandonar los paralelismos políticos, podemos afirmar que no resulta del todo sorprendente que haya de ser precisamente bajo el manto, opresor en este caso, de un Gobierno de Derechas, donde no resulta del todo sorprendente que se tengan que desarrollar acontecimientos históricos de la índole de los que hemos comprobado, a lo largo del día.
Unos acontecimientos que si bien en sí mismos constituyen, o al menos en opinión del que humildemente escribe, deberían constituir, motivo de escarnio; no es menos cierto que, una vez son analizados con perspectiva unitaria, proceden a arrojar una visión de las cosas todavía mucho más desalentadora, a la par que preocupante.

Retornando por unos instantes a la valía del dato objetivo, habremos de decir que ésta  ha sido la primera ocasión en la que a un Gobierno le hacen dos Huelgas Generales cuando todavía no lleva un año en el cargo. De ser cualquier otro el aquí y el ahora, o lo que es lo mismo, de ocurrir esto en cualquier otro país, asociado a cualquier otro Gobierno, sin duda que la constatación de semejante hecho traería inmediatamente aparejado la puesta en práctica de medidas de análisis, cuando no de abierta autocrítica, encaminadas cuando menos a vestir de lagarterana una situación que en otro país democrático, he dicho democrático, bien podrían incluso levantar la mera sospecha de que algo se está haciendo mal, o al menos no todo lo bien respecto de las expectativas que llevaron  a ese Gobierno al cargo. Expectativas que se basaron, o cuando menos se apoyaron en las consignas emitidas en un tiempo nada lejano, periodo electoral, en el cual se desarrollaban consignas que incluso formaban parte de un proceder denominado Programa Electoral. ¿Les suena de algo?

En conclusión, una de las realidades que más han diferenciado esta jornada de huelga de todas las anteriores, reside en el marcado carácter político que la convocatoria ha llegado a alcanzar.
Siempre hemos defendido lo que para éste que escribe es corolario imprescindible de toda acción promovida por la persona. Corolario que se resume en una máxima sujeta a lo efímero, por su aparente simplismo y rotunda sencillez. Todo acto promovido por el Hombre en tanto que Ser Social, adquiere la innata condición de Acto Político.

Mas en el caso que nos trae hoy aquí, semejante afirmación tiene ineludiblemente aparejadas consecuencias mucho más consecuentes. La jornada de huelga que ha expirado llegados ya estos instantes, llevaba impreso en su genoma la condición de huelga general no en tanto que afectaba en su convocatoria a todos los estamentos productivos y profesionales de España. La Huelga era general en la medida en que representaba una oposición frontal e incluso desaforada contra LA MANERA QUE EN GENERAL, EL PARTIDO POPULAR HA DEMOSTRADO QUE ES SU FORMA DE ENTENDER Y HACER POLÍTICA DESDE QUE “RECONQUISTARA” DE NUEVO EL PODER, ALLÁ POR NOVIEMBRE DE 2011.

Resulta por ello poco menos que imprescindible que cada uno de los actos que han tenido lugar a lo largo del día de hoy, reciban su validación dentro de un contexto inevitablemente político. El que procede de constatar que a estas alturas, es en La Política y en sus políticos, donde se concentran la mayoría de los problemas de España.

Semejante afirmación, ni es populista, ni adolece de los errores propios de estar motivada en la consecución de objetivos ocultos. Procede sencillamente de la observación que a diario se puede hacer de un hecho tan aparentemente preceptivo, como desgraciadamente típico, cual es la degradación progresiva de la relación existente entre el Pueblo, y sus representantes.
Lejos de promover desde aquí un sesudo análisis de los preceptos que ineludiblemente han de materializar tales relaciones, si que por otra parte constataremos el hecho de que tal degradación procede del paulatino distanciamiento al que ambas realidades, administración y administrado, se han sometido recientemente. El desprecio y la apatía con la que el pueblo se ha demostrado hacia sus políticos, ha sido recompensado por éstos con la más absoluta desafección. Una desafección que inevitablemente ha degenerado en la recuperación de cánones otrora superados, en base a los cuales el Pueblo recupera, al menos a los ojos de sus políticos, su previa condición de chusma. Una chusma que en el cómputo de su máximo recurso, a saber la ignorancia, no es capaz ni tan siquiera de saber, qué es aquello que en realidad más positivo habrá de resultarle. Y de ahí, al gobierno mediante decretazos, hay un espacio pequeño, que muy poco cuesta recorrer.

Con ello, bien podemos concluir que la de hoy no ha sido necesariamente una huelga contra algo concreto. No se iba contra los Presupuestos Generales del Estado. No se criticaban en concreto éste o aquél recorte. La realidad palmaria dice que contra lo que se cargaba era contra el Gobierno encabezado por D. Mariano RAJOY, y en especial contra la palmaria situación de desprecio con la que viste todas y cada una de sus acciones en tanto que Presidente del Gobierno de España.

Es así, mucho más que una Huelga Política. Es una huelga con la que se pretende poner de manifiesto que no se puede gobernar en contra del pueblo. Una huelga que pone sobre la mesa la certeza en relación a la cuestión del valor que puede tener una forma de gobernar, aparentemente en pos del bien común, cuando en cumplimiento de las propias medidas, el común ha sido eliminado por hastío progresivo.

Pero lo más clamoroso de la jornada, al menos a mi entender, ha sido la constatación de lo que por otro lado era una certeza. La constatación de que todos los que conformamos este país, estamos artos de que se nos tome por cretinos. Cretinos que, siempre desde la óptica de D. Mariano han de mostrarse agradecidos con el disfrute de las migajas que unas veces él, u otras la Sra. MERKELL, tienen a bien deslizarnos, tal y como hoy ha hecho el Sr RHEIMN, responsable de le UE quien ha venido a relajar el terreno paras el encaje de las reformas.

Y mientras, crece de manera exponencial la certeza entre la gente de que esto, definitivamente, ha dejado de funcionar. Constituye tal observación una preocupante certeza, desde el momento en que cada vez de manera más acuciante comprobamos el desencanto manifiesto entre la gente, sobre todo entre los jóvenes que en realidad no hemos hecho sino disfrutar unos privilegios que nos han sido dados por otros. Unos privilegios que en realidad no son nuestros, y de los que ni tan siquiera conocemos los procedimientos que se desarrollaron en pos de su consecución.

Por eso, es muy probable que este Gobierno no haya valorado suficientemente las nuevas e irreversibles posibilidades que se pueden abrir en el caso de que esa generación aludida, dejemos de considerar como suficientes por obsoletos medios de protesta tales como las huelgas, y acudamos a otros más específicos.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

DE CUANDO A UNO YA NO LE QUEDAN GANAS NI DE ESPERAR.


Una vez que la certeza de que ya nada podemos aguardar del futuro comienza a ganar predominancia, es cuando la necesidad de hacer lo correcto pasa por dedicar nuestro tiempo, ese tesoro hasta hace poco tan escaso, y ahora tan excedente, en acudir a la Historia, a su estudio y a ser posible a su comprensión, en busca no ya de respuestas; lo que previsiblemente supondría alargar en el tiempo la agonía de este sistema, por otro lado superado; sino que nuestros pasos habrán de estar una vez más guiados por la necesidad humana de conocer más, en este caso forzando el replanteamiento de una nueva realidad, que será forjada mediante la formulación de preguntas.

El fracaso, o al menos la sensación que de manera irreversible le acompaña, se ha ido adueñando, poco a poco de nuestro presente y con ello de nuestra realidad. Pero lo peor no es eso, lo peor es que los recelos propios del mismo han extendido sus tentáculos de manera absoluta, y casi perpetua, adueñándose con ello de nuestro futuro, proyectándose mucho más allá de lo que para nosotros resulta perceptible,  y con ello controlable.

Uniendo, ahora sí, ambos conceptos, esto es Historia y sensación de fracaso, podemos sin mucho esfuerzo recrear un escenario en el cual, la generación que actualmente debería estar desarrollando al máximo sus capacidades, devolviendo, en cumplimiento de los preceptos de la denominada como teoría del Capital Humano, todos y cada uno de los costes que consideraron la que fue su formación, deberían de igual manera estar en disposición de efectuar esta devolución con los consiguientes intereses, los cuales habrían de constituir en sí mismos la plusvalía de la Sociedad de la que formaran parte. Y digo beneficios porque al estar referidos explícitamente a componentes humanos, no cabe por ninguna parte hablar de especulación, sino de plusvalía.


Esta plusvalía constituye, en cualquiera de sus múltiples órdenes y valores, el más importante, por no decir el único lícitamente válido en términos axiológicos, de los capitales a los que puede optar una sociedad. A su composición, éticamente valiosa en términos de propia concepción, hay que añadir la naturaleza de los logros a los que está dirigida. Se muestra así como el más importante de los valores a los que puede estar encaminada una sociedad, cuales son los de promover su propio desarrollo atendiendo para ello a la salvaguarda y mejoría permanente de los propios cánones, aquellos que la identifican, refuerzan y consolidan.

De la aceptación de todo lo expuesto hasta el momento, ha de extraerse a estas alturas un corolario fundamental, cual es el de comprender el papel fundamental que en cualquier sociedad moderna que se precie, esto es que desee verdaderamente sobrevivir incluso al mero paso del tiempo, la acción de los elementos encaminados a lograr tanto la salvaguarda como la mejora de los arbitrios definidos hasta este momento, ha de contar no ya con cuantos recursos sean definidos; sino que en la voluntad de cuantos conforman esa sociedad, y en especial en la de los que desarrollan en la misma cargos y funciones de responsabilidad, ha de estar innatamente sugerido lo indispensable de esa salvaguarda.

En las actuales circunstancias, la única sociedad que puede aspirar a sobrevivir es la que es capaz de evolucionar. Y hoy en día, la única sociedad que evoluciona es la que comprende el valor de la formación, en todos sus géneros.

Basta un sencillo paseo por nuestra historia más reciente, para comprobar, aunque no necesariamente para comprender, cómo la formación de sus gentes se convierte en la más importante de las acciones que un Estado, o cuando menos un Gobierno, puede llevar a cabo si se precia de estar realmente al servicio de sus administrados. Pero basta igualmente un sencillo paseo para comprobar la existencia y dominio de una realidad que por lo demás no sólo ha sustituido semejantes acicates de entre sus prioridades, sino que en un alarde de osadía, ha pervertido de manera completamente voluntaria tales compromisos, sustituyéndolos por otros más volubles, más acordes a los nuevos tiempos que corren, poniendo en marcha toda una serie de artimañas en pos de sentar los precedentes que converjan en la consolidación de una sociedad en la que los deseos de sus individuos, coincidan de manera más franca, y a ser posible evidente, con los principios que han sido considerados como dominantes, por esa misma sociedad.

Comienza así la desestructuración del Estado. Una labor perversa en tanto que contraproducente a priori para todos los componentes del sistema, y por ende para el sistema como tal. Una labor que parece propia de locos, cuando no de neuróticos, si tenemos en cuenta que arranca no como en principio podría parecer, de la acción de grupos anarquistas, descerebrados, o tan siquiera antisistemas. Una labor que hunde sus orígenes en las propias raíces del Sistema, y en la manifestación más formal que éste posee, a saber, el Gobierno.

Retrotrayéndonos en el pasado, y más concretamente en el instrumento del que el hombre dispone para indagar al respecto, es decir, la Historia, será suficiente con un instante para comprobar que los tiempos que a algunos no han tocado vivir, precisamente los que engloban a esa generación a la que antes hacía referencia; se encuadran en mitad de periodos por otro lado calamitosos. Acudiremos cuantas veces sean necesarias, a esa misma Historia, para comprobar la manera mediante la que, con bastante grado de aproximación, los periodos de tranquilidad no son sino instantes de transición, que más bien separan otros instantes de por sí mismos tumultuosos. Es como si el estado natural de la realidad procediera del tránsito entre calamidades, desgracias y miserias. En definitiva, los tiempos propios de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Pero más allá de interpretaciones, o de su forma más remilgada, esto son, las consideraciones, lo único de lo que a estas alturas deberíamos estar seguros es de que el único elemento que puede salvar a una sociedad de su destrucción, proceda ésta de causas ajenas, o por el contrario sea el resultado de motivaciones intrínsecas, reside absolutamente en la formación, ya sea ésta la que se encuentre entre sus propios integrantes, o en cuanto se halle en condiciones de facilitársela.

Por ello cuando el Sistema, o más concretamente el Estado abonó el terreno para que una si no más generaciones de nuestros jóvenes abandonaran sus estudios para ganar dinero fácil, empuñando una pala en una obra, no hizo sino hipotecar su futuro a corto plazo, en la medida en que hoy por hoy  no son suficientes los jóvenes competentes para explicar correctamente el fundamento físico que según la ley de la palanca justifica porqué usamos una pala; curiosamente su número coincide subrepticiamente con el de las legiones de jóvenes que, hoy por  hoy, sobran en las obras.

Podemos así afirmar, y este caso constituye manifiesta muestra de ello, cómo el Gobierno está haciendo oposiciones a su desintegración, en la misma medida en la que desarrolla políticas activas que persiguen no ya su propio desarrollo, hecho éste inherente a la propia consecución del precepto. En este caso, el Estado, prefiere hipotecar su futuro,  y con ello el de todos aquellos que forman parte del mismo; mediante la puesta en práctica de una política activa de educación que fomenta la erosión del propio Sistema, mediante la erradicación de toda capacidad crítica.

Así visto, resulta ciertamente incomprensible, cuando no del todo falso. Sin embargo, es precisamente del análisis del último de los componentes, de donde se extrae si no la respuesta, si tal vez el sentido de las preguntas que a partir de ahora habrán de llevar todas y cada una de las cuestiones de las que se sirva el individuo en la cada vez más acuciante obligación de interrogar al Estado, no sólo en sus funciones, sino en la finalidad que éste persigue con la consecución de las mismas.
¿Qué persigue un Estado cuando parece fomentar su autodestrucción? Pues aunque pueda parecer paradójico, tal vez promover su supervivencia a ultranza. ¿La manera? Anulando todo vestigio de capacidad crítica, para erigirse luego, más bien de nuevo, en el único garante de si mismo, en tanto que último reducto de la responsabilidad, esa capacidad que entre todos, hemos consentido ser desposeídos de ella.

¡Devuélvannos el derecho a cuestionar! ¡Sólo así podrán volver a tener un Estado, y no el miserable reflejo que de un mal rebaño de ovejas que comienzan a tener!

Luis Jonás VEGAS VELASCO.



miércoles, 31 de octubre de 2012

DE LA DESFACHATEZ COMO COBERTOR INCIPIENTE DE LOS DESMANES.


Y así es como, de manera casi accidental en un primer momento, y de otra aparentemente más organizada a continuación, aquellas insignificantes gotas de agua, lograron colarse, de manera casi imperceptible, entre la casi arquitectónica red de canalillos que horadaban de manera aparentemente accidental hasta lo más profundo, el alma de esas piedras vetustas, históricas, casi ancestrales, que conformaban a la vez no ya el recuerdo, sino más bien la memoria de cuantos conformaban aquel pueblo.

El tiempo pasó. Y tal vez una de las pocas muestras visibles de semejante hecho, había que buscarla precisamente en la cada vez más evidente acumulación de sedimentos que de manera  casi imperceptible primero, pero más voluminosa después, cada día que pasaba; se iba acumulando al pie del muro.

Y así fue como el invierno llega en lo que tarda en pasar el otoño. Y como quiera que todos en su silencio, seguían siendo testigos indolentes de lo obvio, todos igualmente se prepararon para pasar el invierno. Al menos algunos fueron previsores, y acumularon leña. Un trabajo éste que si bien requería comportamientos arduos, una vez más, como ocurre generalmente con todo lo que tiene que ver con la tradición, se mostró de nuevo eficaz en lo que concierne a decir que hizo que algunos se calentaran tres veces.

Y las heladas hicieron acto de presencia.  Y así fue como aquellas inocentes gotas, acumuladas en el interior del alma de las piedras, mostraron ahora todo su poderío, una vez que la magia mística de la naturaleza provocó su cambio de estado.

Efecto de cuña expansiva lo llamaron los resabiados del lugar. Meteorización dijeron otros, concretamente los especialistas que los gobernantes habían hecho venir, nunca sabremos si en una muestra más de su incompetencia, o en un verdadero ejercicio de ésa cada vez menos practicada virtud que pasa por saber reconocer como llegado no tanto el momento del error, como sí el de no tener ni idea de cómo demonios continuar.

El caso es que, sea como fuere, el muro de piedra centenario, resto de la muralla que conformó el último atisbo de Historia que le quedaba al lugar amaneció aquélla mañana derruido. Y sus piedras, como lamentable metáfora del dolor que sólo puede comprender el mecano una vez es abandonado por el niño cansado de jugar con él; tejían en el suelo un extraño tapiz, en el que a modo de burda parodia, los matojos de hierba residente, aportaban unos matices de color, de ensoñación, al drama que allí se desarrollaba en aquél momento, el momento en el que todos eran conscientes, por acción o por omisión, de que nada volvería a ser igual.

Constituye éste, a mi entender, un buen ejemplo de comparación del momento que nos ha tocado vivir, así como de las distintas concepciones de espíritu que se suscitan en las personas a medida que, efectivamente, tal hecho de la vida se produce.
Como en ocurre en el caso del pueblo que hemos ubicado de manera ilusoria, nosotros también creemos que aquello que nos ha sido dado, bien por la tradición, bien por la memoria, o quién sabe si verdaderamente por la Historia realmente; tiene en sí mismo el motivo de su existencia, de manera que su salvaguarda es una característica igualmente necesaria, para la cual en consecuencia nosotros poco o nada podemos realmente aportar.
Desde semejante percepción, fruto sin duda de la tranquilidad déspota que procede de no ser capaces de valorar en su justa medida el acervo de las cosas, sobre todo porque no hemos participado de su consecución; es por lo que nos encontramos ahora sumidos en el absoluto desconcierto que procede de ver como realidades que nosotros proferíamos como permanentes, inalterables, y sin duda casi transcendentales, se desmoronan ahora de manera casi cándida, en medio de un atronador silencio que sólo es comparable al que en parecidos términos provoca nuestro desconcierto, previo sin duda a la desazón.

Y así es, igualmente, como muros históricos, aparentemente inalterables por el paso de las generaciones, de los hombres, y por ende de los políticos; se desmoronan ahora, haciendo bueno tanto al dicho, como al que lo pronunció. …nuestra sociedad está asentada sobre creencia, mitos e ídolos. En ellos apoyamos en realidad nuestras esperanzas  (…) mitos e ídolos que, en realidad, descansan sobre pies de barro.

Estado de Derecho. Estado del Bienestar. Estas son sólo algunas de las formas que esos ídolos han adoptado a lo largo del discurrir de nuestro pasado más reciente, incluso de nuestro presente. Lo único de lo que podemos estar seguros a estas alturas, es  que no formarán parte de nuestro futuro, al menos a corto plazo.
Lo más penoso de la realidad, que la verdadera causa del desmoronamiento de semejantes figuras, no hay que buscarla en su aparente debilidad intrínseca. La causa final de la caída de estos ingentes mitos, subyace no en sí mismos, sino en la comprensión de la actitud que todos hemos adoptado, en mayor o menor medida, hacia ellos.

Volviendo a los paralelismos geológicos, es la meteorización el proceso que se describe como el de los desmoronamientos que se producen por la acción directa de la gravedad al operar ésta de manera del todo natural sobre formaciones que son permeables a la acción de otros elementos en coordinación, tales como el agua o el viento. Su característica fundamental, la ausencia de desplazamiento de los sedimentos generados, los cuales han de permanecer, invariablemente, al pie del punto donde se ha producido el fenómeno.
Por el contrario, constituye la erosión un fenómeno directo, realmente dinámico, en el que las causas del derrubio o desprendimiento de los elementos analizados, han de ser buscados verdaderamente en el ejercicio directo de los procedimientos para los cuales éstos han sido verdaderamente creados. Así, siendo recurrentes con el tratamiento de los sedimentos resultantes de la mencionada acción, para el caso de la erosión, estos no sólo no permanecen aposentados en el punto donde el fenómeno tiene lugar, sino que como condición inexorable, tienen que ser desplazados por la acción de arrastre que en la mayoría de ocasiones el mismo elemento precursor del fenómeno erosivo, tiene añadido. El ciclo es conocido, y por ende repetido. Erosión, transporte y sedimentación.

Restableciendo, ahora sí, los valores sociológicos del análisis de hoy, podemos fácilmente establecer una clara correspondencia entre la manera mediante la que tiene lugar el derrubio del escenario social que hasta hace apenas un lustro ha condicionado nuestra realidad; y la actitud que ésta ha despertado en todos nosotros.
El desmoronamiento de nuestra realidad, a través de la caída de las distintas variables que la componían, habrá tenido lugar mediante un proceso de meteorización en aquellos casos en los que la actitud con la que hemos seguidos tales caídas haya estado marcado por el inmovilismo, la apatía, cuando no abiertamente por la abulia. Serán estos casos en los que la incapacidad para valorar correctamente la cantidad de esfuerzo que una vez fue exigido para la consecución de tal o cual derecho o logro, procederá del desconocimiento real de lo que tales esfuerzos suponen en realidad. Las causas, son evidentes. El empeño que las recientes generaciones han puesto en juego para mantenernos alejarnos del aparente sufrimiento que igualmente parece fue imprescindible para su sustento, han conformado una realidad que a la mayoría nos parece artificial en tanto que el no poder trabajar en su forja o mantenimiento, nos aleja de ella.
En línea contraria, o tal vez complementaria en realidad, comprobaremos a poco que miremos la existencia de más gente de la que en un primer momento hubiésemos sido capaces de imaginar, que aboga activamente por el derrocamiento de las actuales formas de administración y gestión social, sencillamente porque el actual reparto de los bienes no les satisface, o bien consideran que de cualquier otra manera podría serles francamente más favorable.

Y el catalizador real de todo esto, como no podía ser de otra manera, la ideología. La ideología, un fenómeno tan ligado a la manera de conformar por un lado los escenarios que les son más proclives a algunos, como a la de destruir aquéllos que en principio no les favorecen, generalmente porque la imprescindible acumulación de capital que es imprescindible para la satisfacción de éstos, generalmente requiere de muchas erosiones y meteorizaciones.

Así, podemos resumir los acontecimientos acaecidos en los últimos cinco años, en dos grandes grupos en función de la aptitud que hayan despertado en nosotros o en los que nos rodean.
Serán acontecimientos inspirados en ideologías de carácter cercano a la meteorización del sistema, aquéllos que hayan despertado en nosotros la necesidad de permanecer impasibles ante el gran robo de derechos que la desaparición del Estado de Derecho y Bienestar trae consigo para la gran mayoría.
Seremos entonces culpables por omisión.

Si por el contrario te encuentras entre los que puede identificar dentro de los actos procedentes de su mentalidad acciones erosivas, podrás decir sin ánimo de equivocarte, aunque puede que no sin rubor, que perteneces a esa ideología dominante que está encantada de promover la desaparición del actual orden, sencillamente no porque lo considere injusto, sino sencillamente porque está convencida de que existen multitud de combinaciones que le serán más ventajosas, aunque en la búsqueda de las mismas haya de llevarse por delante realidades y procedimientos que son positivos para una muy amplia mayoría de la gente.
Si es así, eres netamente culpable por acción.

En cualquier caso, Historia y Tiempo Geológico son realidades que miden sus éxitos y fracasos ligados a larguísimos periodos. Esperemos que en este caso quede alguien para verlo.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 24 de octubre de 2012

DE CUANDO SON LAS CERTEZA, Y NO LAS PREGUNTAS, LAS QUE CAUSAN DESAZÓN.


Navegamos, un día más, por las procelosas aguas en las que éstos, los insufribles “Misterios de la Humanidad”, campan a sus anchas. Una vez que hemos comprendido, no sin innumerables sustos, y algún que otro desvarío; que cualquier intento de camuflar nuestro contexto (o sea, nuestro aquí, y nuestro ahora) constituye en realidad un ejercicio anacrónico, casi suicida.
Así, mientras que a la falacia se le encomienda la labor de diferenciar entre lo verdadero y lo posible; y la certeza es desterrada bajo la acusación hiriente de “demasiado contumaz”, todo un nuevo teatrillo, con sus personajillos, y por supuesto sus escenarios, toma el control no de la realidad, sino de la metáfora perpetua en la que nos sumergen, haciéndonos creer qué, en realidad “La Vida es Sueño”.

Cruel sátiro fue aquél que, en un ejercicio moralmente vandálico, pero estéticamente incomparable, osó trazar en torno de nosotros los visos de una realidad que, por definición, había de dibujar con trazo firme. Personajes, momentos e incluso tentaciones, que por su condición etérea habían de ser inexcusablemente volubles. Mas puede que la condición de sabio que ya por entonces merecidamente ostentaba, procediese precisamente de la ingente demostración que de capacidades como ésta había dado en sobradas ocasiones.
Y así, aquella genialidad ganó terreno, y con ella sus agentes. Los nuevos prestidigitadores se erigieron en los nuevos realistas. “¿Qué no le satisface su Realidad? No se preocupe, nosotros le tejemos otra, a medida, y con encajes.

Pero lo que diferencia al sueño de la realidad, no es sino que ésta lleva prendida, inexorablemente, una cruel certeza. La responsabilidad, que como apéndice sedicioso pende impío de la certeza. Se convierte en malvado reloj el cual, jactándose de su poder, nos recuerda y amenaza perpetuamente, seguro de que sólo desde él, tiene sentido soñar, porque soñar es proyectarse, y proyectarse es evocar el futuro, vistiéndolo con los retazos del pasado que en nosotros dejaron los recuerdos.

Así, con la distancia que procede de ser conscientes del espacio, y con la posición que procede de saberse conocedor de las intrínsecas metáforas que ejerce el tiempo, como la que procede de comprender que el presente, por más que lo deseemos no tiene mayor certeza que la que demos a la paradoja del grano de arena que se escapa, celoso de su libertad, entre nuestros trémulos dedos; habremos de ser conscientes de que una de nuestras mayores desgracias, como tantas otras ligadas a nuestra existencia, pasa por aceptar que la belleza de soñar, procede de la certeza irrefutable de que más pronto que tarde, habremos de despertar.

Y como tal, despertamos. Y lo hacemos en un aquí, en un ahora, del cual han de esforzarse en convencernos de que es el nuestro.
Y se esfuerzan, ¡vaya si lo hacen! Nos bombardean con falsas premisas las cuales, en un ejercicio de la falacia antes argüida, no hacen sino convertirse en la prueba irrefutable de todo lo contrario a lo que quieren en apariencia demostrar.
Nos arrebatan nuestros puntos de referencia vitales. Nos enfrascan con ello en una loca carrera convencidos de que la falsa sensación de seguridad servirá para disimular los resquicios que sus prisas han sido incapaces de dejar debidamente recreados en el transcurso de la reforma a la que han sometido a éste, nuestro mundo, a ésta nuestra realidad.

Pero se olvidaron de ciertas cosas. Aspectos fundamentales quedaron al descubierto. Así, comprobamos que pintor es mucho más que aquél que traza. Pintor y artista quedan enclavados en el mismo campo semántico, el que obtiene su denominador común, a la par que integrador, de la certeza de que una de las funciones del arte pasa por ser capaz de acercarnos a las variables propiciatorias del sueño, de lo onírico; con la salvaguarda de que la certeza de la realidad, se halla en este caso, neta y absolutamente presente.

Es entonces cuando la realidad, unida a su inexorable constante, la responsabilidad, nos obliga a abandonar definitivamente el estado de casi lasciva omnipotencia en el que llevamos años inmersos, para exigirnos el cumplimiento de cuantas obligaciones lleva implícita no ya nuestra propia condición de hombres, sino esa otra si cabe más impactante, la de seres históricos.

La realidad nos golpea, nos colapsa. Nos insulta y nos agrede. Todo en pos de un único objetivo, tal vez inalcanzable, porque como Descartes dice en El Discurso del Método: “es así que una vez finalizado el proceso de análisis, es decir, de descomposición a su mínima expresión, de todo cuanto rodea al Hombre (…) es cuando uno comprende que él mismo, es también sujeto propenso a semejante descomposición. ¿Tiene entonces el Hombre dos proyecciones reales. No en términos reales, una proyección es real, la otra es ilusoria, pero no por ello menos real a efectos del propio hombre. Entonces ¿Nos encontramos en verdaderas condiciones de separar lo soñado de lo real? Es más, ¿Podemos afirmar lo que es “verdaderamente soñado” de lo que es “realmente vivido”.

Llegados a semejante condición, o tal vez tan sólo desde ella, es que a partir de aquí, podamos comenzar a hablar en términos reales, o más bien en los que resulten más similares a tal condición.
Lo digo así porque una vez analizada la realidad, no resulta imprescindible que sea en términos cartesianos,  llegamos a la famélica conclusión de casi es preferible pensar que todo lo que conocemos, no es sino una recreación de nuestra imaginación.

Así, la crisis no habría de ser sino la sensación que llevó al genial personaje de L. CARROLL  sentarse a descansar bajo el árbol que contenía el pasadizo hacia el País de las Maravillas.
En consonancia con ello, la terrible desazón que nos embarga, sería exclusivamente comparable al miedo que Alicia siente en el transcurso de la caída que antecede a su llegada definitiva al mágico lugar. Un lugar en el que responsabilidad y tiempo quedan absolutamente desligados de todo parecido con sus recreaciones, las que nos son reconocibles en nuestro mundo. Por ello, incluso la responsabilidad emerge desde un plano distinto, de manera que no resulta culposo ayudar al lacayo MONTORO en el histriónico ejercicio que consiste en buscar sus “guantes blancos de ceremonia”, o lo que es lo mismo, en hacer creer al mundo sus cifras de Déficit Público.
De igual manera, no será para nosotros oneroso, ni moralmente reprochable, disfrutar de lo lindo presenciando el espectáculo que de GUINDOS nos ofrece embarcado como está en hacer creíble lo increíble, esto es, en vestir con visos de certeza algo tan esperpéntico como han resultado ser para todo el mundo, las Cuentas Generales del Estado para el Ejercicio 2013. Siguiendo con los paralelismos, el esperpento está implícito, como lo está en el Discurso de La Reina de Corazones, un silogismo bellísimo: “Tú, niña entrometida! ¿Qué haces en mi Reino? La pena por delito es la muerte, o que el azar decida.
Jugaremos una partida de cartas. Si ganas, te cortaré la cabeza. Si noto que haces trampas para perder, te la cortaré también.”

¿Encuentran el sentido? No lo busquen, la única esperanza que nos queda pasa por desear que tal sentido, en realidad, no exista.

Y digo esto, porque ni MONTORO es el Conejo Blanco, ni de GUINDOS tiene la capacidad y astucia que tenía LA REINA DE CORAZONES. Más bien, en este caso la Reina es una bruja, teutona para más seña, que no va a sentirse resarcida por ganarnos a los naipes. En cualquier caso, seguro que tiene todas las bazas.
Pero lo peor de todo, es que sin lugar a dudas, RAJOY no tiene la capacidad ni el talento que desbordaba L. CARROLL.
Por ello, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 17 de octubre de 2012

DE CUANDO LA OBRA SE ACABA, PORQUE YA HASTA LA GORDA HA CANTADO.


Un día más, y son, ciertamente, muchos, nos enfrentamos con la cada vez más importante labor, de mostrarnos como cronistas del Tiempo que nos ha tocado vivir.
Por primera vez para muchos, nuestro presente constituye la primera de las ocasiones en las que, de manera inequívoca, tenemos acceso en tiempo real, en riguroso directo como a muchos les gusta decir, a la cadena de acontecimientos que sin duda comparten un único denominador común, el que procede de la ya absoluta certeza de que, inexorablemente, nada volverá a ser igual, ni tan siquiera parecido.

Este País, su gente, y en especial el modelo de desarrollo social que constituía su parapeto a la hora de discernir el concepto que le serviría de cara a presentar ante el futuro el que en principio habría de ser su teoría, en especial en el campo de lo social, se desmorona en medio de una orgía de situaciones la mayoría de las cuales, no por previsibles, sino más bien por incontrolables en tanto que conforman una sucesión de acontecimientos del todo inabarcables; dan al traste, amparados en la burda disculpa que a estas alturas podemos ofrecer, con lo que tanto tiempo costó concernir.

La Ópera, se acabó. El espectáculo, de ilusionismo, ha dejado su espacio a una sucesión de macabras escenografías que deben su supervivencia al paroxismo que se genera a su alrededor. No sabemos lo que pasa. No sabemos de dónde viene. No conocemos sus causas.

A ciencia cierta, sólo sabemos que algo, algo que por otra parte no somos capaces ni tan siquiera de describir y mucho menos de calificar; está haciendo saltar todo por los aires. Y eso, no porque seamos capaces de entenderlo. Sencillamente somos testigos diarios de las voladuras del sistema.

Basta un sucinto repaso a la Historia, para comprobar de forma manifiesta, como la misma está plagada de momentos, de hitos parecidos al que intentamos aproximarnos hoy. De hecho, la misma Historia reconoce de forma explícita que uno de los mejores recursos de los cuales dispone en pos precisamente de logar su desarrollo, y la siempre exigible evolución de las especies que la integran, pasa precisamente por la superación de tales episodios, los cuales, de por sí, constituyen un cisma del todo irreversible, de cara a comprender el nuevo Tiempo que de su existencia se deriva.

Asumido así, que la actual crisis no constituye, al menos en lo concerniente a su componente de génesis, una excepción clara respecto del resto de las mayorías de episodios que jalonan el Tiempo, habremos en consecuencia de comenzar a buscar los elementos que conforman, de entre el múltiple catálogo que se nos ofrece, aquellas circunstancias abiertamente diferenciadoras que podemos encontrar, o en su defecto obtener.

Pero como el presente pretende ser un artículo de opinión, y para nada considera pertinente ser considerado como un ejercicio de carácter científico, ni tan siquiera de carácter historicista, es por lo que podremos llevar a cabo excepciones en el carácter de lo procedimental, cuando no abiertamente en el terreno de lo científico, para acudir directamente a poner de relevancia el marcado papel que la variable humana tiene, como no puede ser de otra manera, en el modo y la forma mediante la que se está plantando cara, a la denostada crisis.

Constituye la variable humana, y su factor de desarrollo por excelencia, cual es el manifestado en la acción política, el más alto de los exponentes a los que nos podemos referir. Por ello, en un ejercicio de economía conceptual, el cual, por otro lado sin duda será agradecido por el lector, centraremos nuestras deliberaciones, cuando no nuestro análisis, directamente en este vector.
Es la Política la traducción, cuando no la interpretación, de las voluntades de aquellos que dirimen, en base a los principios de la denominada justicia representativa; los designios que por otro lado manifiestamente convergen en la consecución si no del mayor desarrollo de la comunidad, sí al menos de los aspectos que resulten más ventajosos para sus miembros.
En base a tal principio, y en especial a las canónicas leyes que vienen a confeccionar los modos y maneras, los usos y costumbres que por otra parte ayudan a conceptualizar la corrección de tales procederes; no estaremos sin duda cometiendo ninguna clase de adulterio procedimental si venimos en consecuencia a hacer responsable de la actual situación, y en especial de aquellas que han resultado sus causas; al máximo responsable de la comunidad, a saber, el Sr. Presidente del Gobierno.

Actualizada a nuestro aquí y a nuestro ahora semejante afirmación, tenemos que D. Mariano RAJOY, es responsable directo, si no de las causas y desarrollos de los acontecimientos que han terminado por consolidarse en la actual situación; sí cuando menos de la incapacidad que resulta imprescindible para ser consciente tanto de los mismos, como de las consecuencias que sin duda habrían de venir aparejadas.

Así, de la lenta y pormenorizada lectura de los últimos diez meses de nuestra historia, que suponen a la sazón los primeros diez de la tan sufrida etapa de gobierno del Sr. RAJOY, sólo una tesis podemos extraer. Semejante soliloquio de estupideces, enajenaciones, incapacidades, cretinismos y disparates; no pueden sino ser obra de una mente alienada, estulta, cínica, propensa al dislate y, ante todo, sumida en el que constituye el mayor de los errores del político, cuando no abiertamente del que ostenta obligaciones de mando. A saber, la certeza de que todo el mundo se equivoca, máxime cuando le llevan la contraria.

Los diez meses que concentran el Gobierno del Sr. RAJOY, atesoran, de manera inexorable, la mayor muestra de desgracias que España, y por ende el Pueblo Español, se han visto obligados a sufrir desde la segunda mitad el pasado siglo XX.
Y si no, veamos:
La crisis nos golpea con una violencia inusitada, cuando no furibunda. Y atónitos hemos de comprobar no ya que el Gobierno del PP no sólo no nos saque de ella. Más bien hemos de escuchar, de manera sorprendente, las declaraciones de todo un Ministro de Economía, el cual se jacta abiertamente no ya de que España haya comenzado a crecer, sino de que siga decreciendo en el tercer trimestre, ¡si bien lo hace al mismo ritmo con el que lo hizo en el trimestre anterior!
El desarraigo social alcanza cifras auténticamente exorbitantes. Los números arrojan por primera vez un saldo neto negativo en lo que concierne a la emigración. España vuelve a convertirse en un país de emigrantes.
La Política de Empleo, a saber el caballo de batalla del actual Gobierno, muestra toda su fuerza. Lo malo es que lo hace en lo concerniente al capítulo más desagradable, a saber aquel que hace referencia a la destrucción de empleo. Las cifras, ajenas estas sí a lo subjetivo, aunque no a la interpretación como tan hábilmente nos muestra la Sra. BÁÑEZ, nos demuestran de nuevo las bondades del Sistema Liberal Capitalistas, cuando se refieren al empleo.
Y dejamos para lo último, nuestra cita con la Historia. Una cita que guarda su muestra de patetismo en lo concerniente al resurgimiento de las políticas nacionalistas en los feudos de los territorios con acciones específicas. Lo resumiremos en la lección dada, tal y como no podía ser de otra manera, por el Sr Ministro de Educación, cuando dijo la ya famosa frase de “la función de la Educación en España pasa por españolizar a los catalanes”. Brillante, si no fuera porque el patetismo que rodea a tamaña afirmación desbanca cualquier otro elogio.

Sr. RAJOY, usted, y la caterva que encabeza, ha logrado en diez meses arruinar a España (no en vano usted ha de ser el Presidente que firme el rescate). Ofuscar a los ciudadanos (no necesito recordarle los recientes acontecimientos de Madrid). Hacer bueno el dicho de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo (tal y como se percibe del hecho de que tan sólo usted podía conseguir poner de acuerdo a todos los elementos que componen la función educativa en pos de montarle una huelga.) E incluso, hacer que Isabel de Castilla se remueva allá donde esté, al comprobar los ímprobos esfuerzos que usted está llevando a cabo para dar al traste con la consabida y reiteradamente consentida “Unidad de España”.

Sr. RAJOY. Resulta difícil, incluso poniendo en ello todo el empeño, demostrar en tan corto periodo de tiempo tanta capacidad destinada no ya a obrar el mal, sino sencillamente a promover la indolencia, la abulia, y el patetismo desenfrenado, como mejores aliados de cara a definir la actual situación de España.

Sr. Presidente, ¿cómo decirlo?... Por favor, no espere a que se lo tengamos que volver a repetir, pues de lo contrario a lo mejor el tono no es, con mucho, tan afable.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.