miércoles, 17 de abril de 2013

EL PAÍS DE “NUNCA JAMÁS”


Inmerso me veo, una vez más, en otra de esas conversaciones afortunadamente más constructivas que beligerantes, que tiene evidentemente por contendiente a uno de esos cada vez más escasos, valiente que todavía se declara ferviente seguidor de las teorías conservadoras, y de los recortes en concreto como única vía destinada a hacer de nuevo de este país lo que antaño fue.
Como quiera que el aprecio hacia su persona, supera con mucho al cúmulo de sensaciones contradictorias que su emoción política despierta hacia mí, es por lo que le escucho, con gran atención todo hay que decirlo, con la sana fe de ser capaz de extractar de su armonizado discurso, una sola nota desde la que hilar yo mi sinfonía.
Y es así que cuando verdaderamente me disponía a concederle bola de partido, que se me desmarca con una afirmación propiciatoria sin saberlo de los condicionantes a los que tantas veces hemos hecho alusión, referidos a Julián MARÍAS.

Es que, verdaderamente resulta sorprendente que los que vivimos en España seamos tan educados. ¡Resulta sorprendente la paciencia que tenemos!

Vaya por adelantado que la cuestión en torno a la que giraba la conversación, distaba mucho de los scraches, ni por supuesto de cualquier otra alusión que pudiera verse reforzada con semejante tipo de argumento. Sin embargo, esto fue suficiente para que a lo largo del día de hoy, hayan transitado por mi cabeza multitud de pensamientos al respecto, participando eso sí todos, de un mismo denominador común, el que procede de comprender cómo, efectivamente, resulta a estas alturas sumamente complicado comprender el grado de predisposición para la sodomía del que hacemos gala la mayoría de habitantes de esta, nuestra querida España.

Porque efectivamente, una vez superado totalmente el espacio, e incluso el tiempo en el que tenía cabida la mención del aspecto referido al citado Julián MARÍAS, según la cual la localización de un español que transitara por el tiempo sería viable localizando los momentos en los que alguien sería capaz de “batirse el cobre” por la más menor de las cuestiones banales, dejando así mismo para luego la resolución incluso de un “asunto de honor”; resulta hoy, de todas, todas, demasiado efímera como para ser mínimamente satisfactoria.

Se trata pues, por ir acotando los principios de hoy, de acotar el perímetro del paralelogramo dentro del cual llevaremos a cabo nuestras disquisiciones. Y para ello partiremos una vez más, como no puede ser de otra manera, del inconmensurable marco que nos proporciona la Historia, sobre todo de cara a reflejar de manera sostenida la mayor parte de los por otro lado ingentes capítulos desde los que a partir de la misma podemos tratar de definir a España, y por ende a los españoles.

Tenemos así que, acudiendo de nuevo a su bagaje, constituye la España actual el resultado de un delirio que inexorablemente ha pasado por la certeza de todo lo que nos fue enajenado, usurpado, cuando no abiertamente robado.
Quiero decir con esto que la España de los últimos 60 años, es una España que ha surgido no como resultado del empeño constructivo de un pueblo. Más bien parece que procede del amontonamiento, más o menos accidental de una ingente cantidad de cascotes, procedentes de las sucesivas demoliciones que el propio edificio ha padecido a lo largo de su accidentado transitar.

Hacemos con ello referencia expresa, no al país que es, sino al imperio que dejó de ser. Es como si el viento de la Historia barriese todavía hoy, y además lo hiciera de manera periódica, las cenizas conformadas a partir de los recuerdos; consolidando con ello la formación de una densa capa de niebla, la cual impidiera ver con perspectiva la realidad.

Quiero decir con esto que solo desde la certidumbre en base a la cual la mayoría de los que formamos actualmente España, no tenemos constancia real de lo que han costado a todos los niveles la constatación, conquista y posterioridad asentamientos de la mayoría de derechos y condiciones desde los que se concibe el actual Estado de Derecho o del Bienestar; es desde donde podemos concebir la realidad en base a la cual, y de manera perentoria, somos igualmente incapaces de comprender cuál es el verdadero grado de pérdida de todo aquello que estamos asumiendo, ahora sí de manera incomprensible, como normal.

No queda ya observador atento al que se le escape cómo aumenta cada día el volumen de la lista integrada por los que consideramos como una certeza manifiesta no ya el hecho según el cual la política de recortes emprendida por nuestro gobierno, constituye a todas luces la consolidación del peor de los caminos que se podían elegir. La realidad que tratamos de poner hoy sobre la mesa, pasa por la constatación manifiesta del hecho en base al cual la mayoría, por no decir todos los derechos que están siendo pulidos, dentro de esta marabunta de recortes, muy probablemente no vuelvan a ser recuperados, al menos en sus procederes conocidos, nunca más.

Educación, Sanidad, Pensiones, y así sucesivamente; constituían hasta hace bien poco tiempo, el vergel sobre el que pastaba cándidamente la paz social de nuestro Estado.
Pero ha resultado que esos componentes, la paz, e incluso si se me apura incluso la misma idea de Estado, constituían en realidad la muestra de uno de los mayores tiempos de ilusionismo de los que la Historia tiene o de los que guardará relación.

¿Quién hubiera podido, hace tan solo unos pocos años, pronosticar el ataque feroz que a todas estas estructuras estatales se está llevando a cabo, precisamente desde el propio Estado?
¿Alguien en su sano juicio hubiese podido presagiar que como Pueblo íbamos realmente a permanecer hieráticos mientras desarman lo que tanto costó conformar?

Planteamos pues, la cuestión capital. ¿Saben de verdad, los que promueven la aberración en la que han convertido hoy por hoy el Estado, si esto servirá realmente para  algo?

Y es precisamente desde el calamitoso silencio que presagia la ausencia de respuestas, desde donde argumentamos que todo forma parte de un insidioso plan. Un plan tejido desde la distancia en el tiempo, pero desde la cercanía conceptual.
Un plan que traza sus últimas disquisiciones en torno a 1997, momento en el que el sorprendente regreso al poder de la Derecha, de la mano del incomprendido, y nunca suficientemente valorado AZNAR, promueve sobre todo el rearme del ala dura, incipiente, reaccionaria y rencorosa, de la Derecha Cavernaria Española.
Pero un plan que hunde sus raíces en lo más profundo de la Historia, retrotrayéndonos para ello al primer tercio del pasado siglo XX. Son los años 1933, 1935 y 36. Son los tiempos de la CEDA, del BLOQUE  NACIONAL. De los CALVO SOTELO y de los GIL ROBLES, entre otros.

Un plan cuya pervivencia en el tiempo, solo puede conciliarse desde la certeza de que múltiples son los conceptos que en realidad, no han desaparecido.
Se ocultaron, bien es cierto, muchas veces bajo la forma de anquilosados principios. Otras adoptaron por el contrario la forma de novedosas tendencias las cuales, en la mayoría de los casos quedaron desfiguradas bajo el esperpéntico aspecto que un país consolida cuando se pasa de lo blanco, a lo negro, sin solución de continuidad.

Estamos pues, metidos de lleno, en la época en la que vamos a pagar, como siempre los de siempre, el cúmulo de controversias que se han ido originando en torno a la sucesión de ideas, mitos y traumas a partir de los cuales hemos permitido fraguar la idea de que lo mejor que podía pasarnos era que en realidad cambiaran solo unas pocas cosas, para que en definitiva no cambiase nada.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 10 de abril de 2013

DE LAS TORMENTAS TEMPORALES, A LAS HECATOMBES GENERACIONALES.


En el día en el que todavía se recuerda por quién doblaron las campanas, es de ley traer de nuevo a colación el contexto en base al cual ciertos de los acontecimientos manifestados, adquieren si no visos de justificación, sí que cuando menos, pueden llegar a proporcionar el entramado que, sin grandes esfuerzos, bien pudiera proporcionar la excusa cómplice desde la cual comenzar a desenrollar la madeja que unos y otros enredaron.
Acudimos pues a la perspectiva del tiempo, en pos del cúmulo de certezas que la misma siempre atesora, aunque no tenga siempre motivos para desvelarlos. Así, salvada la primera barrera, la de la pereza, comprobamos de nuevo, con la desgana propia de la rutina, la verdad en base a la cual las aberraciones cometidas, beben siempre de dos fuentes perfectamente definidas. En una, la de los actores, identificamos a aquellos de cuya acción directa se extraen consecuencias directamente inaccesibles al criterio de la normalidad. Son pues, los responsables por acción directa. Al otro lado, pero no demasiado lejos, vierte sus aguas la fuente a la que en este caso acuden aquellos que, argumentando desde la omisión del cumplimiento del deber, descansan tranquilos convencidos de que, la aparente ausencia de responsabilidades, les exonera de toda obligación de cumplimiento de culpa, ya pueda ser éste presente, o futura.

Necesitamos llegar a este punto, en estas circunstancias, para poder empezar a esbozar un escenario proyectado en este caso desde el pasado. Un pasado no demasiado lejano bien es cierto, si nos atenemos para definirlo tan solo a criterios puramente cronológicos, y que por ello se nutre de los acontecimientos desarrollados mayoritariamente en la década de los ochenta.

No es necesario, ni se encuentra entre nuestras intenciones inmediatas, llevar acabo aquí y ahora una oda a los tiempos pasados, o más concretamente un homenaje a la nostalgia, forzada en la inherente necesidad de ordenar los recuerdos.
Mas lo que sí que haremos será esbozar brevemente el contexto situacional en torno del cual se desarrollaba, y del que por otro lado manifiestamente participaba, el gran conglomerado de personas, cada una con sus circunstancias y peculiaridades, muchas de las cuales se expresaban por medio de las más diversas ideologías, que hoy por hoy si hiciéramos el merecido esfuerzo, podríamos recordar.

Fueron sin lugar a dudas años intensos. Momentos de gran importancia e interés, en los que la certeza de que cosas históricas estaban al cabo de la calle, se desayunaban con absoluta naturalidad.
Recordamos tales tiempos con nostalgia. Y una vez superada tal emoción, solo una cosa parece mostrarse ante nosotros con certeza clara y cristalina, la que procede de comprobar que, de nuevo, la única constatación que podemos llevar a cabo de manera inalterable es la de comprobar que, efectivamente, aquella fue la época en la que comenzaron a vendernos el sueño.

Porque puestos ya en situación, y siempre que seamos capaces de aplicar la imprescindible sinceridad, la que procede de entender que engañarnos a nosotros mismos no servirá finalmente de nada; habremos de superar la costumbre humana de edulcorar los recuerdos para, finalmente reconocer que pocas cosas, por no decir ninguna, han cambiado realmente.
Puestos en semejante tesitura, y toda vez que el brillo deslumbrante de las luces no nos haya llevado a perder toda la perspectiva, podremos llegar a comprobar cómo, en contra de lo que interesadamente se promueve desde diversos sectores, la realidad no de la Política, sino del grado de participación del común en la misma, no difería realmente mucho de aquél que, hoy por hoy, se practica.
Así, una vez superado el rancio tufillo de los obstruccionistas, y desbordado el afán de construcción de los que se dejarían cortar la mano en una apuesta en pos del aperturismo brutal de la Ley que regulaba el régimen de manifestaciones en 1981; lo cierto es que la actual situación no desmerece en exceso, a aquélla que hoy traemos a colación.

Y como muestra, un botón. ¿Cuántos referéndums, entendiendo tal fenómeno como muestra máxima de Democracia; se convocaron realmente en aquél periodo? Pues sí, uno, el destinado a promover o no la entrada de España en la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Que para más INRI no solo no era vinculante, sino que su resultado fue, manifiestamente ignorado.
En consecuencia la gran batalla perdida, la deuda que lastra indefectiblemente la salud democrática de nuestro país, pasa inexorablemente por la comprensión de la obligación de tomar abierto partido por una participación más real en los quehaceres democráticos del país. Acudir cada cuatro años a depositar el sufragio constituye hoy por hoy un hecho tan importante, como insuficiente de cara a justificar, en caso de hacerlo como único planteamiento, la apuesta que cada uno de nosotros hace por la realidad política de su país.

Dicho lo cual, ¿estamos realmente diciendo que la actual situación de países como España no se diferencia en lo que atañe al hoy, de lo sucedido en los últimos treinta años? Evidentemente no. Lo que sí que decimos, y lo hacemos además dejando escaso margen para el error, es que las circunstancias que en aquél momento convergían para dar lugar a la realidad del instante, se encontraban inalienablemente controladas por personalidades insignes, las cuales acompañaban la toma de sus decisiones, de un hábito de notoriedad procedente muchas veces de su marcado carácter, el cual ayudaba mucho a la hora de justificar ciertas conductas.

KHOLL,  MITERRAND, GONZÁLEZ, incluso por supuesto la recién desaparecida THATCHER, conformaban un elenco de personalidades cuya talla política, tan desconocida como añorada hoy, suplían con resultados no solo satisfactorios, sino francamente interesantes, la caterva de atrocidades, incompetencias y continuas manifestaciones de cretinismo, que día tras días sazonaban el activo y multidisciplinar conglomerado desde el que se intuía tamaña realidad.
Los que recordamos aquéllos tiempos, lo hacemos no sumando certezas, sino aglutinando sensaciones. La sensación que nos producía la Guerra Fría, la sensación que nos producía la Guerra de las Malvinas, o por qué no, la sensación que nos produjo el sempiterno derrocamiento del Comunismo, constituyen una larga cadena de emociones de las cuales extraemos la certeza de que aquélla fue una época destinada a ser vivida más con el estómago, que con la cabeza. En contra de lo que realmente queramos creer.

Una vez salvado el efecto del sol en los ojos, podremos sin duda comprobar la certeza por muchos, cada vez más; intuida, de que en realidad nos han engañado.

Se nos ha hecho partícipes de una ilusión de la que en realidad nunca fuimos verdaderos artífices, creada con el único y firme propósito de darnos el marco de referencia al cual ceñirnos, no solo para controlar nuestras acciones más materiales, sino fundamentalmente para limitar nuestro espacio de creación metafísica.
Castraron nuestra aptitud creativa mediante la limitación con medios finitos, de un espacio aparentemente infinito, el de la realidad onírica.

Y como tal crearon nuestro sueño. El de un mundo democrático, en el que un hombre libre participaba permanentemente de una realidad política que no solo no estaba limitada, sino que realmente se ampliaba cada día mediante el desarrollo de leyes destinadas a su vez a lograr la consagración de un hombre que tenía en la norma marco, (la consabida Constitución), la panacea destinada a su propio autodesarrollo.

Y como si de una paradoja sociológica se tratara, justo a los treinta y cinco años, lo que dura una generación, la burbuja se ha ido al traste.

¿Le cabe pues a alguien duda de que la actual crisis, al menos en sus términos estructurales no procede sino de comprobar que durante demasiados años hemos estado viviendo de los réditos ilusorios de unos sueños que en realidad, no eran los nuestros?

Luis Jonás VEGAS VELASCO.



miércoles, 3 de abril de 2013

DEL INEXORABLE CAMINO HACIA LA BARBARIE.


Una de las máximas que preside cualquier estudio sociológico en relación a los motivos que llevan al Hombre, en tanto que integrante de un determinado grupo social, a abandonar su albedrío, para cederlo de manera aparentemente incomprensible en pos del bien común, dice, una vez superados, al menos de momento, los condicionantes morales; que tal paso se da desde la manifiesta convicción, entendida ésta evidentemente a posteriori, de que con ello se facilita el de otra manera engorroso, difícil, y tal vez de haber optado por cualquier otro método, imposible, de la toma ordenada de decisiones.

Superado el mero criterio cuantitativo, esto es, aquél que centra su predisposición en la simple cuestión procedimental según la cual el mero hecho de acumularse gente en demasía en pos de la catalogación como bueno o malo de un cualquiera hecho, dificulta cuando no imposibilita directamente la correcta toma de decisiones; es por lo que nosotros nos hallamos francamente en condiciones de ir un poco más allá esto es, de lanzarnos a la franca búsqueda de los verdaderos por intrínsecos, motivos que llevan al Hombre, en tanto que individuo, a sumergir su poder manifestado hasta entonces en la independencia, en las profundidades de la exigencia moral que representa desde el principio la incipiente sociedad, sin que ello suponga la destrucción en contra de lo previsible, de la independencia del individuo.

Hemos de acudir pues, y sin duda lo hacemos gustosos, al acervo de calidades, en este caso cualitativas, que rodean, cuando no justifican, la que supone acción de protocolo que dota de plena vigencia nuestro quehacer hoy, y que pasa por tratar de entender las causas razonadas que llevan al individuo a asumir como positivo, incluso o en especial para él, la cesión de su autoridad ética, real en tanto que sometida a su único arbitrio, en pos del bien común, algo por definición matizable, toda vez que sujeto a la moral del grupo.

Valorado el volumen de la pérdida, hemos de entender si no de interpretar el volumen de la concesión aunque, ya de entrada resulte casi imposible para la mente humana llegar a discernir la existencia de algo que pueda sustituir por su valor a aquél que se dispone de lo que no es sino el comportamiento basado en la absoluta libertad del individuo.
Dado que resulta sumamente difícil, cuando no abiertamente imposible, llegar a interpretar la existencia de algo material cuya realidad finita pueda tan siquiera igualar el valor de lo descrito, es por lo que indefectiblemente hemos de confeccionar una nueva búsqueda centrada en este caso en campos más ambiguos por no decir del todo abstracto.
Buscamos pues, una Idea.

Son las Ideas, “en tanto que tal”, un aspecto ligado al proceder evolutivo del Ser Humano. Por ello tienen su correcta ubicación cronológica, atendiendo en el caso que nos ocupa no al mero paso del tiempo, sino más bien al grado de afectación que para El Hombre como realidad evolutiva, tienen tales acontecimientos.
Así, en el caso que nos trae aquí hoy, ubicamos nuestro momento culmen en el entorno de hace unos ocho mil años, justo en el momento en el que tiene lugar la aparición de las primeras ciudades propiamente dichas, momento en el que surge la primera necesidad propiamente dicha, de proceder de manera ordenada con la conformación del primer modelo absolutamente jerarquizado.

Surgen las aglomeraciones urbanas, y con ellas la primera verdadera necesidad de organización. Nacen los primeros Caciques, que ascienden a reyezuelos toda vez que precisamente en pos de justificar su existencia (primer debate sobre la diferencia entre autoridad y poder), adquieren funciones de control de los mitos, y de la incipiente religión después, cuando se les atribuye la condición que ellos no dudan en aceptar, de controlar los protocolos ligados al control de las actividades asociadas al enterramiento de cadáveres.

Es así como autoridad y poder, términos a priori antitéticos toda vez que la autoridad es un resultado actitudinal de marcado componente ético, asociado al carisma que el individuo en cuestión atesora de manera netamente actitudinal; mientras que el poder es en realidad la resultante de un sumatorio fundamentado en la cesión de poderes que una serie de individuos pertenecientes a una comunidad llevan a cabo, en pos de uno de ellos, que adquiere así un mandato de marcado carácter moral, al serle tal poder sencillamente atribuido esto es, nada tiene que hacerlo evidente a priori, reduciendo entonces el poder a una concesión, por ello a una actitud no ligada a condición previa innata alguna (moral).

Atendiendo a cánones “más modernos”, El Gran Pueblo de Roma comenzó su organización bajo el formato más sencillo que el modelo de organización postulado preconiza. Se trata del sempiterno uno manda, y los demás obedecen. La cuestión capital pasa inexorablemente por los motivos que han de llevar al mandado a aceptar como propios los motivos que justifican lo mandado, cuando no a asumir lo propiamente mandado.
Bajo tales auspicios, un Rey, Monarca para más empaque, consolida su poder mediante la imposición efectiva de su voluntad a un grupo que no las acepta en tanto que tal, sino que lo hace verdaderamente porque atribuyen la certeza de las mismas al mero hecho de su procedencia, en este caso la propia voluntad regia.

A partir de ahí, el protocolo de circunstancias que llevan a aceptas, cuando no a consolidar el modelo de mando, evoluciona inexorablemente adecuando su evolución al ritmo que adopta el modelo observado.
La primera concesión, basada en criterios un tanto románticos, evoluciona luego hacia otros más evidentes en tanto que apoyan su criterio en el brillo de la espada. Pero la espada muestra su condición de mortales tanto a reyes como a plebeyos, de ahí que pronto resulte imprescindible erigir en torno al elegido, una barrera imperturbable basada no en el miedo, sino en la convicción infinita, la que procede de aceptar la franca y directa relación que existe entre el dirigente, y el Dios o Dioses que conformen la iconografía del respectivo Pueblo. Relación que, como es obvio, habrá sin duda existido desde siempre, apareciendo con ello el otro gran aspecto inexorablemente ligado a tal concepción de poder, el de la eternidad.

Pero tal modelo fracasa, haciéndose imprescindible el retorno al reforzamiento del poder por medios explícitos, conformando con ello los elementos que de una u otra manera perseveran hasta el Renacimiento.
De ahí a la Revolución Francesa, y a la incipiente Democracia. El otro momento capital, por que ¿cómo demonios encajamos “El poder unipersonal”, con la fuerza esencialmente gregaria de la identificación de éste con el “Demos”.

Es así que llegamos implícitamente al final de nuestro recorrido de hoy. Aquél que  ha perseguido la confección de una descripción comprensible del protocolo seguido por la idea de monarquía a lo largo de la Historia, y que tiembla ahora de cara a hacerlo comprensible dentro de los condicionantes actuales porque ¿cómo hacer creíble, sin caer en el absurdo, que el haber nacido en tal o cual familia capacita de verdad a la hora de hacer más creíble la voluntad de un miembro de la sociedad en cuestión?

Nos vemos pues obligados a editar de nuevo la escala de valores que regía a la hora de hacer comprensibles los motivos que han llevado a acreditar el don monárquico a lo largo de la Historia.
Transitamos así del mero poder al miedo a las armas, pasando luego al poder sacro, volviendo después al del contrafuerte militar.

Y todo ello nos lleva a un aquí, y a un ahora. En ellos, la única justificación que pueden esgrimir no ya los propios adeptos al modelo monárquicos, sino los propios agentes causales, es la aparente condición de ejemplaridad que supuestamente rige sus conductas y describe pues sus vidas.

En consecuencia, cuando semejante modelo resulta desbordado en lo concerniente a sus consideraciones estrictamente morales. Cuando los valores aparentemente exclusivos de cara a justificar la exclusividad del selecto grupo que los atesora, condicionándolos exclusivamente para ejercer aquello para lo que están catalogado, mandar; salta por los aires al ver cómo el sueño en el que vivíamos se hace pedazos cuando comprobamos como plebe que aquéllos que tenían sangre azul sufren y adolecen de los mismos vicios que nosotros, es cuando comprendemos que hemos sido, nuevamente, engañados.

Y es llegado ese momento, una vez flanqueada la última puerta, que incluso para los más firmes defensores de la monarquía, hoy va a ser muy difícil demostrarse a sí mismos la otrora evidente realidad de la necesidad de la existencia de una institución como la monarquía.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 27 de marzo de 2013

DEL DEFINITIVO TRIUNFO DE LOS MISERABLES.


Acudo una vez más a la lectura atenta de la Realidad, para en este caso reponerme de las elevadas dosis de satisfacción y esperanza que desgraciadamente, hoy por hoy, tan solo la Literatura de Ciencia Ficción me proporciona.
Pero inevitablemente hemos de retornar a la dura realidad, por duro que nos resulte.

 Complejo es sin duda el estado de una sociedad, si necesita apelar a los vínculos de la responsabilidad, como tal vez últimos recursos de cara a mantener inalterables los últimos vestigios de su más que deteriorada realidad.
Porque es a todas luces la realidad, sin necesitar acudir a sus interpretaciones, en pos de evitar que algunos, los más puristas eso sí, como por ejemplo esos alumnos o activistas de Nuevas Generaciones del Partido Popular de Valencia, vean en la interpretación subsiguiente, un vestigio por el que seguir inoculando su veneno en forma de consignas unas veces, y de silencio otras.
Porque sí, llegados hoy, todo hay que reconocerlo, pronto a este extremo; me sorprendo nuevamente habiendo de reconocer al PP la virtud de ser capaz de llevar al extremo (¿cómo no?), la que sin duda era medio propiciatorio del Relativismo, en base al cual y a modo de lección magistral, no ya un Partido Político, sino un individuo en particular, es capaz de defender una consigna, y la siguiente. Tan solo hace falta para ello, como decía mi abuelo referido al vino darle su tiempo.
Al que necesite contexto al respecto, que busque el vídeo de González Pons en el que en plena campaña electoral de las últimas elecciones nacionales, llamaba abiertamente a la más que evidente justificación de la revuelta pública contra (…) dirigentes como Zapatero.

Triunfan los miserables. Tal hecho, como ocurre con las epidemias, o con las grandes catástrofes, se comprueba siempre a posteriori. Se comprueba con las listas de muertos, de desaparecidos. Con los balances de daños, o con el recuento de pérdidas.
La Historia, tal y como ocurre con la mayoría de las cosas importantes de la vida, se muestra ante nosotros llena de ejemplos de cuya observación sin duda podríamos extraer cientos de enseñanzas las cuales, correctamente ordenadas en base a los esquemas procedentes de la otra gran virtud, la experiencia, sin duda podrían minorar las pérdidas.

Pero no, el Hombre, degenerado una vez más en Individuo, prefiere ceder a la tensión de su mal entendido orgullo, y pagar la tasa que supone el porqué, antes que correr con los gastos, sin duda menos gravosos de un por si acaso.

Tan solo desde esa filosofía, podemos tratar, aunque nada garantiza que lo logremos, de comprender la evolución de un proceso que no es que deba su éxito al largo tiempo que lleva cimentándose; aunque efectivamente tal apunte muestra una gran parte de verdad. Pero eso no debe despistarnos ni por un instante del elemento fundamental que nos ha traído hoy aquí. La miserable amnesia en la que España parece hallarse inmersa, desde 1982.

¿Quién es más loco? ¿El loco, o aquél que está dispuesto a seguirle?
Pero al menos la locura, sea ésta definitiva o transitoria, constituye un factor atenuante a la hora de dictar sentencia o juicio propiamente dicho contra alguien presuntamente culpable. En España, tal justificación no solo no es aplicable, sino que tratar de hacerlo, lograría tan solo pervertir aún más el delito.

Aplicados al caso de Europa, hace años que los síntomas son evidentes. Marcada tendencia economicista agravada por un evidente apunte liberal. Demolición ficticia de muros con el único propósito de adelantar fusiones económicas. Desaparición forzada de estructuras morales enteras destinadas a poder diferenciarnos del otro sin el menor género de dudas; han constituido realidades que sin duda alguna, son perfectamente identificables, como lo son tanbien sus consecuencias más directas.

Pero si tales hechos son propensos de análisis, al menos en el terreno europeo, lo son si cabe mediante atributos marcadamente más gruesos, si ceñimos el corsé al busto de España.

¡No se dice este país! ¡Se dice España! Tamaña afirmación, atribuida al emérito y nunca suficientemente valorado ex presidente D. José Mª AZNAR bien puede referir esencialmente lo que hoy y aquí tratamos de denunciar. Algo que se simboliza, y que tal vez se sistematiza, en la conformación de un modelo para nada nuevo, sino que tal y como vemos en el comportamiento de los cachorros del PP ya arriba mencionado, pasa por la indefectible puesta en marcha de labores y acciones abiertamente encaminadas a recuperar logros y ejercicios vinculados a otros tiempos, y puede que casi a otros mundos.
Una vez que las viejas guardias son ya inútiles, el mensaje ha de buscar nuevos horizontes. No puede tratarse de un mensaje nuevo, pues por definición perdería su esencia. Así, en base a un proceso de recombinación, como si de bases nitrogenadas se tratase (no en vano hablamos de un asunto que parece hallarse implantado en el código genético de algunos), el mensaje y sus correspondientes adaptaciones evolutivas, va calando, y calando.

Se han cuidado mucho igualmente de depurarlo. Lastres morales, como los otrora principios fundamentales asociados a máximas cercanas al Nacional Catolicismo, y lindezas por el estilo, han sido convenientemente reabsorbidas, dando por en contrario lugar al nacimiento de nuevos monstruos.

Y es así como poco a poco, protegidos por una excesiva transigencia, reforzada de nuevo en el trauma propiciatorio de la intransigencia de la que ellos hicieron gala en su momento. Alimentados por la miseria que todavía anida en el corazón de muchos, han ido poco a poco escalando posiciones en un sistema que, a modo de organismo excesivamente convencido de su inmunidad, ha sido víctima de la falsa seguridad que proporcionan las vacunas caducadas.

Y es así como hoy hemos de almorzarnos con declaraciones proferidas por lo más cavernario de una casta política que procede del semillero que antaño representaban aquéllos que madrugaban para pegar en campaña carteles de la por entonces Alianza Popular. A propósito, hoy se ha certificado la llamada a capítulo del que por entonces era ya Tesorero de los que hoy son éstos.
Declaraciones en definitiva, que proceden de una larga lista proclive a la caterva cuyo máximo logro político responde por similitud al que convierte a los bivalvos en un manjar tan exquisito, el de ser capaces de aferrarse a las rocas, afrontar los temporales, y salvar las corrientes pase lo que pasa, aunque para ello hayan de alimentarse muchas veces de auténtica mierda.

Contaminación, toxina, detritos en general, que poco a poco van haciendo el que parece es cumplir con su cometido. Cometido que en el caso de un país parece ser el de preparar el terreno y esperar la vuelta del libertador. Aquél que por otro lado a modo de Mesías habrá de impartir Justicia. Una Justicia que a título inexorable pasará por reconocer de entre los gentiles como propios a los que siempre le sirvieron, preparando para ellos, el gran banquete de los elegidos.

Y es aquí, o más bien ahora, cuando nos vemos en la obligación de retomar el discurso del Tiempo. Un discurso que se escenifica en ese largo proceso a través del cual la habilidad de unos, y otras veces la indolencia de los más, nos ha traído a la que sin duda supone la reedición de hechos que para España no son nuevos.
Sin embargo, la inapelable acción liberadora que el Tiempo lleva implícita, ha eliminado cualquier vestigio, los humanos por naturaleza, que de eliminar los materiales ya se encargaron ellos; que nos permitiera identificar como tales, a título de previsión, tales comportamientos.

Porque así, y solo así, podemos llegar a intentar entender ciertos comportamientos, o en otros casos la ausencia de tales.

Las declaraciones de la Sra. Cifuentes. Basagoiti enloqueciendo. El Partido Popular pidiendo la adjudicación de jueces. Tesoreros que se descojonan. O dietas mediterráneas que triunfan en Suiza a base de chorizo español, constituyen el acervo que tan solo a vuelapluma  se me antoja aquí y ahora.
Sin embargo, acudiendo a Tolstoi, no es la existencia de cien malvados lo que hace vulgar a una Sociedad, eso se logra tras el silencio manifiesto de miles.

Y es así que, llegado ya el final de mi exposición de hoy, procedo a desentrañar la duda que arrastramos desde el encabezado. ¿Quiénes somos los miserables? Pues si efectivamente. Todos los que merecemos ser juzgados por estos jueces, confesados por estos Curas, o dirigidos por estos monaguillos.

No en vano, Cada Pueblo hace honor del gobernante que se merece.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.



miércoles, 20 de marzo de 2013

DE EUROPA, DEL IMPERIO ROMANO, DEL SACRO IMPERIO ROMANO-GERMÁNICO, Y DE CHIPRE.


Hace poco más de un año, habilitábamos este mismo espacio para promediar la posibilidad de que Europa, y por ende su predisposición hacia el bien o hacia el mal, estuviera realmente ligada al proceso que pudiera seguir la vinculación de Alemania para con su propio bienestar.
En base a este mismo principio, nuestro exceso de ánimo, o tal vez el hastío que nos provoca el saber, cuando no intuir, el largo tiempo que sin duda habrá de transcurrir hasta que la solución comience a intuirse la solución; nos lleva a mantener firme la esperanza en base a la cual los viejos cánones conocidos serían suficientes para salvar, cuando no para reestructurar, el Sistema en sus concepciones primarias.

Pero hoy, transcurrido el tiempo necesario lógico, al menos para constatar nuestra realidad, o el espacio que guardamos respecto de la misma, nos lleva no obstante a constatar una última realidad, la que procede de comprender que ya ni siquiera los actores se comportan en consonancia con los papeles que una vez les fueron asignados.
Los cánones han dejado de ser útiles.

Hemos de acudir entonces, una vez más a la Historia, no para promediar el estado de las cosas, sino más bien para ubicar a los protagonistas, y el papel que estos juegan, respecto de la misma.

Y es así como comprobamos la evolución de las cosas, hasta conformar un punto basado en un hecho que, desgraciadamente, parece comprobarse una vez más. La certeza que procede de saber que el concepto de Unión Europea es, a todas luces, y ahora más que nunca, un vulgar eufemismo.

Europa es mucho más que una mera unidad geográfica. Desde la Grecia Clásica hasta el Imperio Romano, pasando por la propia manera de desintegrarse del mismo, en Europa triunfa poco a poco la idea de que el proyecto de hacer el camino unidos es, en realidad, una posibilidad eficaz.
Porque si, al principio la eficacia en sus más diversas formas y acepciones constituye sin ambages el último motor del proyecto, luego serán otros como la Religión en sus más diversas acepciones los que tomarán el relevo de un proyecto que cada vez toma más visos.

El Sacro Imperio Romano Germánico, y las respectivas Ligas que unas veces para su defensa, y otras en aptitud francamente ofensiva surgieron alimentadas por la necesidad de encontrar en la acumulación de recursos, la manera objetiva de afrontar los sucesivos hándicaps que entes ajenos, como pudieran ser los turcos o los árabes, ponen frente a la en apariencia ineludible unidad del sistema, a los hombres.

Porque sí, efectivamente, llegado ese momento, la religión, el catolicismo para más seña, acaba convirtiéndose en el cemento que une la en apariencia unidad virtual de Europa.

Pero entonces, como ahora, uno es el error conceptual que se comete. A saber el que procede de no comprender, ni entonces ni ahora, que el verdadero motivo de la unidad de Europa pasa por entender, cuando no por asumir, que el proyecto europeo como sucede con todos en realidad, debe su éxito en realidad a la costatación del hecho inexorable de saber que todo ha de hacerse por y para los seres sociales y humanos que componen en realidad la idea, materializándola y haciéndola en cualquier caso razonable.

Por eso hoy, el devenir de los tiempos hace parecer si cabe más incomprensible si cabe la senda que los acontecimientos han tomado.

De tratarse de un individuo, el análisis de la actual situación de Europa habría de llevarse a cabo desde las prescripciones que en términos psiquiátricos se refieren a alguien que responde a los paradigmas de un neurótico. Un enfermo que en definitiva está dispuesto a hacerse daño a sí mismo, a partir en este caso de la incapacidad manifiesta que tiene para reconocer el bien común.

Y es entonces cuando no resulta para nada difícil, sino que más bien se muestra, precisamente en términos propios del alemán Kant, “que la verdad aparece ante nosotros, de manera clara y evidente”. Una verdad que inexorablemente pasa por comprender, por aceptar más bien, que de nuevo las rivalidades, manifestadas en absurdas batallas internas, han vuelto a echar por tierra el enésimo intento de unidad europea.

Pero en este caso, de nuevo la variable de la increíble velocidad a la que transitan los hechos, hasta convertirse en acontecimientos, nos permiten anticipar algunos de los resultados más evidentes.
Los que proceden de saber que de nuevo hemos abandonado el hecho fundamental, el que procede de asumir que todo, absolutamente todo, pasa por comprender que El Hombre, en sus múltiples acepciones, constituye en realidad el único motor que ha de promover e incluso justificar cualquier clase de movimiento en este campo.

En lugar de eso, los principios y valores que inexorablemente habrían de ir ligados a tamaña concepción, se ven alienados por la superposición procedente de la acción desarrollada de la acción conjunta de toda una serie de principios excluyentes, entre los que destaca por supuesto la Economía, a partir de los cuales cualquier intento de racionalidad queda descartado.

Aparece así en escena la Economía, avasallando cuando no arrastrando consigo cualquier atisbo de comportamiento coherente. Es así que los principios, los verdaderos principios, son barridos del mapa de una manera tan aparentemente sencilla, que nos podría llevar a pensar que el propio hacer económico, constituye no uno más, sino probablemente el más importante, de los mencionados valores.

En conclusión, el fondo de la crisis, y la esencia de la estafa que probablemente se lleve por delante una vez más la idea de Europa, pasa por los mismos lugares, aquéllos que comparte con la certeza que procede de empeñarse en que los capitales son en realidad la fuente de la que procede la fuerza para todas las cosas.

A propósito, los más de cinco mil millones de euros que de la mala gestión de la crisis chipriota pueden hacer desmoronarse una vez más el sueño europeo, constituyen en realidad poco más de la mitad de lo que Madrid se gastaba en proyectos tales como los de las carreteras M-30 y M-40.

Que juzgue quien proceda.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.




miércoles, 13 de marzo de 2013

HABEMUS PAPAM.


Desperezándonos a estas horas todavía algunos del “impacto” que desgraciadamente nos causa el hecho que es para una mayoría constatación de una realidad histórica; no es menos cierto que el mismo nos sirve, una vez más para aproximarnos al análisis que cada semana llevamos a cabo del mundo, o más concretamente de cómo nos afecta a algunos su fenomenología, cuando no su transitar.

Asistimos así a otro más de los supuestos acontecimientos históricos, con el desparpajo que da el saber que nuestro posicionamiento al respecto de muchas cosas nos libra entre otras, de la pasión, sin duda uno de los mayores enemigos de los que ha de defenderse la objetividad, en su larga a la par que compleja lucha en pos si no de la verdad, sí cuando menos de su designio hacia la misma.

Se muestra así ante nosotros la pasión, como uno de los grandes inconvenientes a la hora de proceder conforme a protocolos adecuados, en la búsqueda cuando no de la verdad, sí al menos como decíamos antes de los desvelos que en tal epopeya han de ser enjuiciados.
Y el primero de ellos, cuando no el más importante, pasa por saber dónde estamos a ciencia cierta.

Alejándonos de perspectivas demasiado reduccionistas, ganando con ello en abstracción, o lo que es lo mismo, enfocando la realidad con mayor encuadre; nos encontramos precisamente hoy en el ojo del huracán de las que sin duda constituyen la mayor de las paradojas a las que puede enfrentarse el hombre moderno, el hombre occidental.
El mundo se encuentra, literalmente, parado. Y lo hace porque aquéllos que dirigen el mundo, los que tienen la llave del fuego atómico, los que con sus designios determinan que mañana coman o no varios millones de personas, y por supuesto el lechero de mi barrio, comparten una misma certeza. La que procede de saber que hoy dormirán más tranquilos en tanto que El Santo Padre, ya tiene nombre y apellidos.

Lógicamente ni es ni lo será nunca, objetivo de este humilde rincón, criticar en ninguna de sus versiones o grados hechos que, por supuesto pertenecen de manera virtual y por ende inalienable a grados de la personalidad tan profundos, que conforman estructuralmente a las personas en tanto que tal.
Sin embargo, tan amplia acepción tampoco ha de ser óbice, cuando no excusa, desde la que evitar, si no ocultar la imperiosa necesidad de constatar algunas de las curiosidades que componen toda una serie de circunstancias que son, cuando menos peculiares, en tanto que muestra real y verdadera de nuestra verdadera personalidad como sociedad, constituyendo además uno de los ejemplos más válidos, en tanto que en los  mismos se revela sin eufemismos el constituyente que conforma el grado de la misma.

Así, la sociedad del progreso científico. La que hace de la evolución su cabeza de puente, en definitiva aquélla que a priori se ubica como más cercana a los designios de la Ciencia desde el Renacimiento; se detiene hoy como digo, porque aquél que está llamado a encabezar las huestes que presagian el Cielo para aproximadamente mil quinientos millones de habitantes del planeta, está a punto de ser Presentado en Sociedad.

¡Pero si hasta sustituyen el Whatsapp por humo blanco!

Hablamos de humo, o más concretamente mediante humo. ¿Puede constituir éste la última concesión al sarcasmo llevada a cabo por una institución que ha hecho del inmovilismo, y de la persecución de todo lo que no le cuadraba, su máxima de supervivencia?

Llegados a estas alturas del desarrollo que hoy nos hemos encomendado llevar a cabo, resulta verdaderamente difícil ubicar sin caer en comportamientos disléxico, elementos y aspectos que si bien hace apenas una semana circundaban sin dificultad, llegados a este momento del día, con todo lo vivido, resulta igual de cierto que resulta poco menos que imposible porque…¿dónde quedan hoy, después del qué y del cómo se ha vivido la designación papal; argumentos tales como que somos una sociedad neta y absolutamente evolucionada en tanto que sujeta a la Ciencia, que ha superado totalmente sus ancestros mágicos?

Insisto una vez más, por favor, llegado este momento, en el absoluto respeto a partir del cual armo por supuesto un día más mi discurso. La defensa que una vez llevo a cabo de todo lo que constituye el mundo de las certezas en el que creo desarrollar mi actividad, no requiere ni por supuesto justifica el menor atisbo de ataque conceptual ni por supuesto personal contra cualquier concepto ni por supuesto persona que participe de lo que yo cuestiono.

A estas alturas, podremos sin duda poner sobre la mesa el a mi entender más que interesante debate que se suscita cuando decimos que personas que dirigen el mundo, toman decisiones que de una u otra manera nos afectan a todos y, en la mayoría de los casos hacen del Poder su herramienta de acción lo hacen, acudiendo en el último de los casos, a la constatación de la certeza que se manifiesta en la máxima que se encierra tras el a veces lacónico hágase conforme a la voluntad de Dios.

Constatamos con ello, desde la resignación que hoy ha de confesar uno de los que no se encuentra entre los bendecidos por la Gracia, el hecho ciclónico que a estas alturas debería suponer el comprobar como de nuevo, a pesar del paso de los siglos, en el transcurso de los cuales sin duda hasta el tiempo transcurre a otra velocidad toda vez que el propio planeta ha modificado su velocidad de giro; seguimos no obstante manifestando nuestra dualidad fenomenológica ante el hecho consumado de que la mayoría, sigue condicionando sus deseos, cuando no sus vidas, al siempre dubitativo proceder que se esconde tras la otras veces recurrida sentencia del sea lo que Dios quiera.

Es entonces cuando finalmente, y llegado este momento, uno se ve en la tesitura, a menudo desagradable todo hay que decirlo; de someter a la consideración del respetable qué grado de certeza, cuando no de verosimilitud tiene toda esa larga serie de apelativos con la que no en vano nos regalamos el oído, en lo que concierne a nuestro proceder cuando nos describimos, a nosotros mismos todo hay que decirlo, las verdaderas mimbres que componen nuestro mundo.
Un mundo científico, desarrollado, alejado de fanatismos, y por ende de los dogmas que los propician, cuando no abiertamente los propugnan. El mundo de Internet, de la inmediatez, del aquí y ahora. El mundo del para ayer es tarde, en definitiva el mundo de un Hombre que hoy, como siempre y tal vez por siempre, sigue manteniendo y alimentando la pugna por sus componentes innatos, a la sazón los responsables de la pieza más compleja que a dado o visto la evolución.

Un mundo que por más que vea sometido a los avatares del tiempo, por más que sea objeto del progreso, a veces incluso desenfrenado, sigue accediendo a su componente más ancestral, a aquél que en definitiva le define como ente propiciatorio en pos de la Naturaleza Espiritual, cuando necesita dar respuesta a las cuestiones más profundas.

¿Será precisamente la existencia de tales cuestiones, o tal vez el hecho de que estemos preparados si no para comprenderlas, sí al menos para plantearlas, lo que sitúe este debate una vez más en el centro de nuestra actividad?

Una vez más, nos vemos obligados a finalizar si no con una paradoja, sí con una cuestión reflexiva, aquélla que procede de poder afirmar que, sin duda, la mera consideración que nos ofrece la existencia de las mismas cuestiones, nos obliga a considerar seriamente la necesidad de aceptar cierto grado de especificidad, que es en sí mismo, algo muy cercano al valor esencial al que por distintos caminos llegan los dados a Dios, y los que somos más dados a lo constatable.

Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 6 de marzo de 2013

DE LA DESAMORTIZACIÓN DE LOS TERRITORIOS SACROS, A LA DESAFECCIÓN DE LA IDEA DE ESTADO.


Enfrentados un día más con la terrible a la par que empecinada realidad, tratamos de permanecer indemnes a la misma, sumidos en un cada vez más imposible juego de equilibrios, en el que el contacto permanente con la verdad a la que cada instante nos enfrenta, nos lleva a hacer bueno el dicho coránico según el cual “imposible es andar cerca del demonio, sin que éste acabe por clavar sus garras en la carne fresca del alma inocente. Aunque sólo sea porque dispone de la paciencia que le otorga el saber que dispone de todo el tiempo del mundo. Además, la mala conciencia del pecador siempre proporciona al demonio una nueva oportunidad.”

De semejante guisa no ha de sorprender, que uno comience ciertamente a cansarse, tanto de ser el mensajero del miedo, como de hallarse permanentemente tan cerca del demonio. Máxime cuando en el caso que nos atañe, los riesgos que sin duda se corren, no responden a ninguna esperanza de compensación porque, dado el grado de la batalla en la que nos encontramos, sea cual sea su resultado, en realidad no dejará, como en otros anteriores casos ha pasado, a nadie indiferente.

A pesar de todo, uno de los pocos, por no decir el único de los resarcimientos que nos proporcionan hoy por hoy, pasa irrefutablemente por comprobar cómo las categóricas afirmaciones con las que venimos salpicando ya desde hace casi cuatro años nuestro derredor, no sólo se cumplen, sino que lo hacen en una secuencia y a un ritmo tan coherente, que verdaderamente nuestro papel parece estar más cerca del de compositores orgullosos del éxito alcanzado por su Sinfonía el día del estreno; que del de analistas comprobando las repercusiones no ya del acierto de sus conclusiones, sino deprimidos por asistir, una vez más, al repulsivo espectáculo que ofrecen nuestros dirigentes toda vez que su absoluta falta de responsabilidad se muestra una vez más en el desastre que supone el ver cómo el desastre prevenido se adueña de la realidad, porque nuestros queridos dirigentes han preferido no tomar medidas que redujeran o atenuaran el impacto de la realidad. Y todo ello a menudo porque el grado de insatisfacción que lleva aparejada cualquiera de ésas previsiones es de tal magnitud, que sencillamente resulta mucho menos deprimente ignorarlo.

Como prueba, la maravillosa Ley contra los Desahucios ha mostrado hoy nuevamente su valía, cobrándose otro suicidio. ¡Y todo ello después de haber sido ya modificada!

Y no se trata sólo de la Ley en materia de desahucios. Se trata también de la Reforma Laboral. De la maravillosa Ley de Educación. De la amnistía fiscal. Y en definitiva de todas las disposiciones gubernamentales que han de ser en justicia atribuibles al gobierno del Partido Popular el cual, en menos de 20 meses,  ha logrado superar con creces cualquiera de las previsiones que a efectos hacíamos todos aquellos que definitivamente no comulgamos al respecto de los programas y protocolos de gobierno a partir de los cuales argumentar la supuesta acción de gobierno.

Porque llegados a este extremo, tal vez no vendía de más recordar tanto a extraños, como sin duda a propios, que con tal fin se le votó, en resumen para que gobernara.

No para que diera la callada por respuesta huyendo literalmente de los periodistas. No para que tuviéramos que esperar a ruedas de prensa impuestas por los medios extranjeros en tierras extranjeras, para poder enterarnos, sin duda después que ellos, de cual era en realidad el alcance de nuestra miseria. Si bien en cualquier caso, el esperpento sublime que se alcanzó con la rueda de prensa a través de la pantalla de plasma, sin duda supera todo lo anterior.

En definitiva, resulta no ya bochornoso sino abiertamente repugnante, el que la absoluta negligencia nos traiga a comprobar como un día más, se nos expropia de la acción parlamentaria mediante la enajenación en la que el Gobierno parece caer los miércoles, cuando le toca Sesión de Control en la Cámara. Aunque como en todos los casos logra superarse cuando logra enajenarnos una vez más uno de los derechos democráticamente más sano de los que disponemos, me refiero al Debate sobre el Estado de la Nación el cual, en su más reciente sesión, fue pervertido al introducirse con calzador en el mismo la obligatoriedad de presentar las conclusiones y medidas recientemente aprobadas con motivo de las últimas aportaciones de Bruselas. ¡Aunque realmente deberíamos congratularnos! El del año pasado directamente nos lo birló.

Pero revisadas una por una todas las causas hasta el momento presentadas, no es menos cierta que la acción de todas ellas no habría de ser tan preocupante, de no ser porque ya la imposibilidad de explicarlo todo por el azar, o por la mera acumulación de circunstancias, nos lleva abiertamente a procurarnos la posibilidad de que, realmente, obedezcan a la constatación de un plan hábilmente trazado, y que no responde sino a la supuesta necesidad, impulsada por algunos, según la cual se hace imprescindible la implantación de un nuevo Sistema para lo cual, inexorablemente, hay que desmantelar el que a día de hoy existe.

Así, y sólo así, puede adquirir un mínimo de sentido la labor de destrucción a la que con tanto empeño se ha lanzado la caterva de inútiles, descerebrados, incompetentes y, en una palabra, irresponsables, que sin el menor lugar a dudas conforman a estas alturas, el equipo titular de ésta, la Derecha Cavernaria Española.

Una Derecha que por española, responde sin el menor género de dudas a toda una serie de apelativos la mayoría de los cuales resulta impronunciable incluso para un impío como yo toda vez que, como he dicho al comienzo, no resulta divertido ser el Abogado del Diablo. Apelativos todos ellos que, además de calificar tanto al estamento como a los miembros del mismo, sirven a su vez para diferenciarlos respecto de esa otra Derecha no sé si más moderada, sin duda eso sí más elegante que, una vez desarrollado el perfecto plan que llevan implementando desde el fracaso de los acuerdos de Brian-Kellog’s, ha terminado por encumbrarse total y absolutamente en todos y cada uno de los puestos de responsabilidad que significan algo en el proyecto que, hoy por hoy, significa Europa.

Aplicando un paralelismo no exento de alguna cabriola en forma de licencia nada poética, habremos de decir que el mismo principio se rige por la certeza de que en España un gobierno de la Derecha pasa inexorablemente por una mayoría absoluta; podemos decir que en Europa los gobiernos de la Derecha vienen igual de inexorablemente precedidos de algún estrepitoso fracaso protagonizado por un antecesor de la Izquierda. En la actualidad, el estrépito de una medida política, está indefectiblemente ligado al impacto económico que la mencionada, o sus correspondientes derivadas, pueda originar, o llegar a originar y…¿quién tiene en realidad el control de los medios económicos?

De esta manera, podemos ir concluyendo que, la falsa desamortización en la que se ha convertido la Crisis Económica, no es en realidad sino un medio encaminado a debilitar, disminuir, atacar, y finalmente eliminar muchas si no la mayoría de las concepciones que a efectos del Estado, y de la relación que el individuo tiene para con el mismo, han logrado ser implantados por las tendencias modernas que dirigen las pautas de concepción del mundo desde el periodo de entreguerras.

En consecuencia, la fase de desafección hacia el gobierno, y el absoluto desprecio que se desprende hacia todo lo que pueda representar desde su posición, obedece en realidad a un plan perfectamente urdido, y las pruebas demuestran que no menos bien ejecutado, en base al cual resulta imprescindible alienar al individuo de su relación para con el Estado, procediendo después a la sustitución de los valores que hasta el momento guarecían tal relación, en un intento de que el individuo primero, y la masa después, no sólo transija sino que apoye con fervor, la sustitución de unos parámetros por los que hasta hace poco, había incluso ido a la guerra.

Y a modo de prueba rápida de lo expuesto, una noticia con la que nos hemos cenado esta misma noche. “La corrupción se coloca en el segundo puesto de los problemas que más acucian a los españoles, desplazando a otros como la crisis económica, o la clase política.”

Tanto la crisis económica, como la corrupción, y por supuesto la propia clase política, son realidades cuyo control depende exhaustivamente del gobierno, y sin embargo, constituyen a todas luces la mayor fuente de problemas a la que el ciudadano ha de hacer frente.

¿De verdad he de explicar mucho más el origen de mi frustración?


Luis Jonás VEGAS VELASCO.