miércoles, 24 de julio de 2013

DE NUEVO A CUESTAS CON EL PARNASIANISMO.

No se trata de un error, ni mucho menos de una redundancia. Sencillamente, comprobar desde la menos violenta de las desazones cómo, muy a nuestro pesar, se cumplen no solo los protocolos, sino para peor las conclusiones sobre las que cimentamos nuestros argumentos, y por ende nuestras certezas se convierte, en contra de lo que una minoría malintencionada pueda pensar, en un verdadero suplicio.

Porque, definitivamente, y una vez más por supuesto sin pasión, necesitamos volver sobre nuestros pasos, o por qué  no, sobre los de quien corresponda, para tratar de dilucidar no ya las causas de la debacle en la que nos hallamos inmersos, sino más bien para tratar de comprender el grado de cumplimiento en el que se halla el plan de los que, indefectiblemente, han tejido semejante maraña.

Comulgo activamente con los que afirman que el actual estado de las cosas responde de manera inequívoca, a un plan perfectamente preconcebido. Me desmarco, no obstante de la mayoría de las fuentes cuando éstas se dedican a repartir culpas. Así, en un mero ejercicio de economía exponencial, ahorraré al amable lector el esfuerzo de revisar, compartiendo o no, largas listas de acusación  semejantes en estructura a las de Los Juicios de Nuremberg, para por el contrario resumir mi certeza, a la sazón que vórtice de mi diferenciación, diciendo que allí donde algunos ubican las causas, yo no hago sino ubicar los preceptos conceptuales.
Así, en definitiva, el aspecto financiero de esta crisis no es, en resumidas cuentas, sino la válvula de la olla a presión la cual, a base de girar y girar, no hace sino liberar presión del interior de la propia olla, impidiendo en consecuencia que la mencionada estalle.

Pero una vez más, y como no me canso de afirmar, lo que incluso Julián MARÍAS constató no sin pudor, es que España es diferente.

Y lo es  no solo por el hecho de que no estalle. Lo es más bien porque, como dirían los personajes de Cartas Marruecas, “…estallaremos dónde y cuándo lo creamos oportuno (…) que no así habrá de nacer nadie que nos venga a decir cómo habemos de hacer las cosas en este confín de España.”

¿Les suena? A propósito que hoy mismo la Comisión Permanente del Congreso, otra estructura más que, cómo no, ha sucumbido de la mano de las Mayorías Absolutas de la Derecha Reaccionaria (¿PP?) Ha tenido a bien despreciar la petición de comparecencia que  a efectos se pedía en sede parlamentaria, y que viene a reclamar a la excelsa figura del Sr. Presidente del Gobierno se digne a presentarse en la mentada plaza con el fin de que deje de hurtarnos ni por un segundo más a todos los españoles cuáles son sus opiniones a tenor de lo que todo el mundo, menos él al parecer conoce ya no solo como “el caso Bárcenas”, sino más bien como el caso que bien podría estar en condiciones de llevarse por delante ¿este sueño? De Democracia en el que creemos firmemente hallarnos instalados.
Porque es de eso, y no de otra cosa de lo que llegados a la presente hemos de comenzar a hablar.
De cómo un partido político puede llevar más de veinte años financiándose de manera aparentemente ilegal. De cómo sus dirigentes ajustaban el detrimento que habían sufrido en capacidad económica, pasando ésta a ser “sobrada”. De cómo grandes compañías, algunas procedentes de la privatización post’96 volvían al mercado mediante el pago previo de comisiones que acababan sirviendo para financiar campañas electorales que pasaban así a estar “enmerdadas” hasta el extremo de justificar el que tratemos de ilícito cualquier resultado por las mismas obtenido. Sí, por otro lado lo mismo que el PP ha hecho de manera evidente en lo concerniente a la puesta en práctica del Programa Electoral que lo encumbró.

Y es entonces que, una vez analizado todo lo anterior, hemos de volver inexorablemente al principio de todo nuestro entramado, para tratar de comprender en este caso cómo la realidad, supera con mucho a la ficción.

O más concretamente a cómo la ficción lo envuelve todo, sumiendo con ello a la realidad en toda una suerte de penuria incapaz ni tan siquiera de hacerse digna de sí misma.
Nos arroja así la actualidad a la necesidad de la mentira en pos de constatar desde la misma la posible verdad de la realidad.
Experimentamos con ello toda esa suerte de emociones solo concebibles desde la convicción de que, más pronto que tarde habremos de despertar de lo que solo puede ser un sueño.

Sueño, ficción, ilusión. Nostalgia, en una palabra, basada en una interpretación fraudulenta de un pasado que, de forma crédula, hemos llegado a asumir que siempre fue mejor.

Así, desde la filosofía del conejo que huye del incendio, nos hemos acostumbrado a decretar no ya como adecuado, sino realmente como maravilloso, toda una suerte de acontecimientos, realidades e incluso de estructuras, que no es ya que sean falacias, es que se acaban por revelar como burdas patrañas.

Y así no es que se caiga, es que se desmorona, todo un edificio fraudulento que entre todos, unos por acción, y otros por omisión, hemos permitido se construya.

Es así, nuestra realidad, un proceso abocado diariamente a la frustración, y al desasosiego. Emociones éstas solo comparables a las que sintió Ulises cuando retornó a casa.

Es por entonces que llegado el momento debido, tan solo el parnasianismo, interpretado en su vertiente política como el proceso del disfrute político en tanto que tal, o sea carente de motivación ajena; pueda garantizar la supervivencia de ciertos procederes.



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 17 de julio de 2013

DE NUEVO, CROMWELL

Me dispongo un día más a enfrentarme a esta tarea como siempre libremente asumida, otrora agradable por naturaleza, y hoy, si cabe, algo más que laboriosa, como resulta de la constatación expresa que revierte de saber que, por primera vez en muchos años, no ya solo no las respuestas, sino incluso la reformulación correcta de las preguntas, ya no se halla al alcance de todos, esto es, en los libros.

Acudo así como ni puede ni debe ser de otra manera, a lo libros, en pos como digo no ya de las respuestas, sino más bien o tan siquiera en pos de los protocolos desde los que enarbolar una mínima por cuando menos responsable posibilidad de reubicación de la realidad; cuando me topo de frente con la cruda realidad, la cual adopta en este caso y para mi sonrojo, forma de cita directamente extractada de la hemeroteca. O para ser más exactos del nutrido fondo de armario en el que parece haberse convertido la hasta cuando menos ayer, bien repleta biblioteca de la caverna, escrita, como no puede ser de otra manera, en cavernario.

Es así que leo lo siguiente:

“¿Cuál es el problema aquí? Que la gente en este país, gente que está rebuscando en la basura para comer, gente que ya se ha quedado sin ninguna ayuda porque se le ha acabado el paro, gente que lo está pasando muy mal, ve que hay un Gobierno que les ha llevado a la ruina pero que, por el otro lado, no hay nadie que les saque a protestar.”

Estas palabras, pronunciadas por D. Luis DEL PINO, podrían ser objeto, o más bien formar parte de cualquier análisis de actualidad, llevado a cabo todo él desde las más profundas y a la sazón convincentes bases; de no ser porque de otro lado, han de ser catalogadas como ciertamente premonitorias, al haber sido pronunciadas el 19 de mayo…¡DE 2011!

Siguiendo, eso si desde la mesura, con el exhorto fundado en el ataque de verbigracia en el que algunos de los integrantes del cuarto poder se encontraban sumidos hace algún tiempo, citaremos ahora, y lo haremos expresamente, a la nunca y tal vez suficientemente valorada azote del mal comunista. Me refiero a Isabel San SEBASTIÁN quien en febrero de 2010, se despachaba a gusto:

“España es una leprosa cuyas campanillas de alerta (paro, deuda y déficit disparado) ahuyentan a cualquier dirigente que aspire a mantenerse libre del contagio. Somos los apestados de Europa. La “s” de los cochinos (pigs) que lastran la recuperación. Náufragos a la merced de las ocurrencias de un irresponsable.”

¿Cabe acaso, hoy por hoy, hacer algún apunte o matización? Pero si hasta la OCDE ha venido hoy mismo a dar validez científica al como por otro lado todos, sesudo comentario. Así, la previsión que de cara a la expectativa de paro para el año que viene sitúa nuestra tasa de desempleo para el 2014 en casi el 30%. Sí, definitivamente ya ni Grecia va a ser tan pig como por otro lado todo apunta a pensar que lo seremos nosotros.

Y ahora, si de verdad tienen tiempo y ganas, díganme si de verdad no es para sentir cuando menos, un atisbo de recelo.

Las citas traídas a colación no lo son ciertamente ni por su aparente grandilocuencia, ni por supuesto por el grado de aseveración que las mismas pudieron o no causar (vistas ciertamente con perspectiva, el grado de evidente envejecimiento de las mismas no es superado sino por las arrugas que en torno de los marcos oculares se comienzan a observar en los sendos autores.)
La causa de la colación ha de ser buscada ciertamente, en el estupor que me causa comprobar el efecto que por otra lado se suscita al ponerse de manifiesto, en los últimos tiempos con una intensidad verdaderamente inusitada, la importancia de los medios de comunicación, y de respectivamente, las líneas editoriales defendidas.

No entraremos por supuesto a discutir el derecho de adscripción ideológica del que todo el mundo y ninguno puede hacer gala. Sin embargo, y acudiendo para ello a cuestiones de racionalidad de protocolo, alejadas pues de las cuestiones ligadas al pensamiento, y por ende a lo ideológico; si que por otro lado nos parece licito resaltar el marcado abrazo al nihilismo que algunas cabeceras, Radios y Cadenas de TV están llevando a cabo en los últimos tiempos.

Llega pues el momento de ir centrando el tema, que a nuestro entender puede verse así trenzado:
¿Resulta pues lícita la absoluta absorción por ósmosis de la que algunos medios hacen gala?

Accediendo en la medida de lo posible a la Terminología de lo General de la que por otro lado la naturaleza hace permanente gala, doremos que el posicionamiento por ende natural de cara a lograr desplazamientos y movimientos, que de cara a lo que nos compete se traduzcan en este caso en beneficios evolutivos; pasa inexorablemente por la constatación y mantenimiento de los gradientes.

Gradientes son las diferencias de potencial que permiten el establecimiento de corrientes eléctricas. Gradientes son la diferencia de temperatura que provoca las corrientes marinas.
En esencia es el gradiente lo que provoca, en la medida en que abiertamente posibilita, el logro de dinámicas de cambio dentro de todo proceso ligado a la naturaleza. Dinámicas que, por otro lado se ven desfallecer en la medida en que fuerzas externas, y por ende artificiales, abogan abiertamente por la destrucción de las mismas asociando de manera tramposa y chantajista, el suceso de una inútil sociedad manifiestamente manipulada en pos del estatismo, como resultado de lo que se vendió como evidente ventaja de la paz social.

Porque en definitiva viene a resultar casi evidente que tan solo desde la inusitada defensa de las dos variables enunciadas, a saber flagrante participación de los Mass Media, auspiciados por las fuerzas de poder respectivamente interesadas, puede entenderse el tratamiento que de asuntos como el Caso BÁRCENAS se están llevando a cabo.

De que a estas horas no es que ya no haya dimitido el Sr  Presidente del Gobierno, sino de que ni tan siquiera lo haya hecho uno solo de los Ministros, aunque sea auspiciado por la indudable sensación de asco que tiene que provocar el intuir aunque solo sea el grado de sospecha que ahora mismo se cierne sobre todo el Gobierno, Debería por sí solo resultarnos representativo de cara a relatarnos a nosotros mismos el nivelazo que retrata a la caterva desde cuyo consentimiento todos nos pronunciamos, y cuyo mantenimiento a todos, por otro lado nos retrata.

Es entonces cuando procedo a avalar las opiniones de los ingentes Del PINO y San SEBASTIÁN, procediendo no obstante a integrarlas en otra cita, por otro lado mucho más antigua:

“No ocurría allí que el universo moral se hubiera podrido. Se había invertido, convirtiéndose en una especie de agujero negro, a causa de la presión de toda la maldad de la tierra. Era un abismo que absorbía y vaporizaba la historia, donde el lenguaje fluía vuelto del revés. (…) Moll, a quien correspondía la labor de introducir los cristales por el techo de los sótanos solía gritar a sus asistentes: -Vamos, les daremos algo para masticar.

¿Va ser en verdad que a tan poco somos de digno merecer?



Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 10 de julio de 2013

DE QUE LAS COSAS EN REALIDAD NO HAN CAMBIADO TANTO, SI HEMOS DE SEGUIR CITANDO A CROMWELL.

Habéis estado demasiado tiempo aquí sentado, para el bien que habéis hecho. Marchad os digo, y liberadnos de vos. ¡En el nombre de Dios, marchad!

Tales fueron las palabras que Lord Chamberlain, hasta ese preciso momento Primer Ministro de Inglaterra hubo de escuchar precisamente en boca de uno de sus compañeros y a la sazón correligionarios, la noche en la que el debate vinculado a la entrada o no de Inglaterra en la II Guerra Mundial fue ya del todo inevitable.

Y como suele ocurrir siempre que el Política las cosas se llevan hasta el terreno de lo inevitable, las consecuencias fueron desastrosas para el Lord, y lamentables en líneas generales para el país.

Tal y como sin duda a estas alturas a nadie se le habrá escapado, la elección del pasaje no es para nada banal, ni atribuye su consideración a aspectos en ningún caso superfluos. Más bien al contrario, y como a ningún observador atento se le escapará, el extracto responde, una vez más, a otro de los grandes momentos en los que la Historia no se reserva el menor recato, ni mucho menos muestra el menor pudor, a la hora poco menos que de anticiparse a los grandes acontecimientos; demostrando por otro lado, y una vez más la aparente certeza de la afirmación según la cual la Historia tiende en realidad a repetirse, al menos en lo concerniente a los grandes acontecimientos.

Pero la constatación de lo evidente, no nos salva de nuestras responsabilidades. Más bien, en el caso que nos ocupa, no sirve sino para amplificarlas, tanto si hacemos mención a lo concerniente al terreno ignoto de las responsabilidades, como si por otro lado dirigimos nuestros pasos hacia las consideraciones propias de las consecuencias.

Desde tales apreturas no se considerará reiterativo, sino que más bien se convertirá en un ejercicio de responsabilidad, traer de nuevo a colación es este medio certezas tantas veces repetidas según las cuales España, o la idea que tenemos de lo que es España, no es ya ni tan siquiera un circo.
El tiempo de la conmiseración pasó. Así, desde la convicción de que la constatación de la existencia de la dolencia constituye el paso previo otrosí imprescindible para comenzar el tratamiento, es desde donde comenzaremos ya el análisis del momento y del lugar que nos ha tocado vivir.

Y digo bien espacio y lugar porque, si nos detenemos aunque solo sea el tiempo justo para hacer una parada técnica, ésta sin duda nos servirá para avalar que lo que ocurre en España, precisamente ahora, no tiene cabida, constatación ni posibilidad de réplica en ningún otro lugar del occidente moderado y conocido.

Que España es diferente, es algo a lo que por otra parte nos hemos acostumbrado sobradamente. Y lo malo no es tanto precisamente esto, como más bien la obligación surgida casi en paralelo según la cual nuestras particularidades, o debería mejor decir en pos del mantenimiento de la coherencia semántica, nuestras circunstancias diferenciadoras; no solo han de ser asumidas, sino que éstas han de serlo en un contexto comprensible así mismo por un entorno europeo que, abocado a otras direcciones, si no abducido por otras realidades; se muestra sorprendido en grado sumo a tales ejemplos de tipificación diferencial.

Y cuando en esas estábamos van, y nos cambian una vez más las preguntas.

Cómo si no de otra manera habríamos de entender precisamente que sea entre los dirigentes del Gobierno, pertenecientes todos a la casta moral preconizada desde los más rancios sectores de la Derecha Cavernaria, donde precisamente surjan los actuales casos no ya de corrupción tanto política y económica, como sí los mayores ejemplos conocidos en la Historia Moderna de España, de procederes destinados, o al menos competentes para lograr el menoscabo de la integridad de la otrora su querida España

Puede alguien explicarnos, no ya tanto a mí, como sí por otra parte a esos varios millones de honrados votantes que hoy por hoy se sienten abochornados, como por otra parte también les ocurre a esos varios millares de personas que, convencidas de la honorabilidad del ejercicio político, han puesto su tiempo y sus conocimientos al servicio de sus congéneres mediante la adscripción a los más diversos cargos, entre los que pueden destacar los de alcaldes y ediles en sus respectivos municipios; que en realidad todo es poco menos que una farsa destinada a crear una vana ilusión detrás de la que, como vulgares ilusionistas, esconder las verdaderas prioridades, las cuales tal y como se va descubriendo pasan por poco más que el mero y desquiciante enriquecimiento de una cúpula obscena y la sazón, rocambolesca.

¿Van a poder? Yo creo que, llegados a las horas que ya son, con poco más que la sucesión de incongruentes declaraciones protagonizadas por el cúmulo de mequetrefes que hoy han salido a la palestra, muchos de los cuales mañana bien podrían hallarse inmersos en la causa, no constituyen para nada un colchón fiable de cara a que el Sr. Presidente auspicie a los mismos su continuidad.

Porque de eso y de nada más es de lo que se trata todo esto, llegado a estas alturas. De que a algunos se nos antoja surrealista el que con todo lo que ya ha quedado suficientemente probado, nadie se permita el lujo moral de dar por hecho que, aunque sea en calidad preventiva, a título de cortafuegos, va haciendo falta que alguien dimita.

Porque ya han pasado más de seis meses desde las famosas declaraciones del todo es mentira, salvo algunas cosas. Y desde entonces solo hemos hallado consuelo en el en relación a la segunda ya, tal.

Porque no podemos, ni mucho menos debemos aguantar un solo segundo más, la desvergüenza de esta caterva zarrapastrosa que a estas alturas se cree en disposición de seguir gobernando no ya tanto en su predisposición técnica o política, como más bien en las innumerables muestras de estulticia e idiotez que según siempre atendiendo a sus propias fuentes, les proporcionamos la población. Esa misma a la que a lo mejor dentro de mucho menos de lo que unos imaginamos, y otros esperan, han de volverse para pedirnos, una vez más el voto.

Para pedirnos un voto con el que, una vez más, alimentar a sus ídolos, forjar de nuevo sus armas y, en definitiva, llevar a cabo otro de sus rituales destinados a consagrarse en pos del mantenimiento, si es posible hasta el infinito, de este pábulo de ficción al que han reducido el sistema.

Porque es precisamente llegados a este momento, a este aquí, y por qué no, a este ahora, donde precisamente hemos de congraciarnos para reiterar de nuevo que nuestro país es una ficción. Una falacia montada sobre los incipientes cimientos de la autocomplacencia y el autobombo, destinados no obstante, y sin el menor género de dudas, a albergar la idea de que de verdad, habíamos pasado del blanco y negro a la alta definición, sin tener que pagar el elevado coste que en este caso constituyen los televisores de plasma.

Y es entonces y solo así que hemos de reiterarnos, en la constatación explícita de que de nuevo la responsabilidad, o la ausencia de la misma, se convierte en el último baluarte no a ser derribado, sino curiosamente aquél al que se aferran los actuales espectros políticos que por otro lado pueblan Moncloa, El Congreso, y lugares por el estilo. Solo desde semejante perspectiva podemos no ya comprender sino a lo sumo intuir, la ficción en la que se encuentran instalados los que todavía a día de hoy siguen apostando por D. Mariano RAJOY BREY.

Y mientras tanto, no es ya que  España sea un chiste, un circo o en el mejor de los casos un sainete. Es que sencillamente hasta D. Ramón Mª del Valle-Inclán ha pedido encarecidamente que nos abstengamos de usar sus queridos esperpentos  la hora de tratar de sintetizar el maremágnum de emociones que se equiparan a la hora de enfrentarnos a la procelosa labor de tratar de entender qué es, hoy por hoy, España.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.



miércoles, 3 de julio de 2013

DE CUANDO LOS GOLPES NOS DESPIERTAN DEL SILENCIO ATRONADOR.

Se convierte a menudo, el silencio, en el más estrepitoso de los clamores, sobre todo cuando se halla amparado en la indigencia moral, que por otra parte se expresa de manera inequívoca, precisamente, a través de la desazón propiciatoria, a saber esa suerte de fórmula creada a modo de manejo, manipulación y en resumidas cuentas, manipulación; orquestada por las fuerzas de poder, o por aquéllas que las sustentan; y que tienen desde mediados de mitad del pasado siglo XX, un amplio y abonado campo, fruto de la constatación que las mencionadas fuerzas hacen del hecho a partir del cual la psicología pasa a ser, un terreno y un arma tan adecuada como podría serlo cualquier otra, en pos de las cuales canalizar, desarrollar o por qué no, gestar, un conflicto manipulado, en tanto que gestado.

Largas son las calendas, y cada vez más lacerante el efecto que recorrer el camino de retorno a las mismas en el tiempo nos provoca; que acudimos a estas humildes páginas no tanto a contar, como sí más bien a constatar, el para nosotros por otra parte inequívoco hecho del incondicional carácter de histórico que por el tipo, así como fundamentalmente por las consecuencias que los mismos desencadenarán en el futuro; permiten catalogar como de históricos los para nosotros poco más en realidad que momentos, que vienen a confirmar nuestra rutina.

Tal y como ocurre una vez más, y haciendo por ende bueno el presagio de saber que lo histórico tiende a repetirse; podemos hoy acudir aquí con la seguridad de que lo que digamos se apoya, curiosamente, en argumentos que si bien aún no se han desarrollado en todo su esplendor no es menos veraz que el conocimiento y constatación de las premisas que otrora les precedieron, nos permiten acordar con un grado de certeza próximo al de la realidad expresa, las consecuencias que el cumplimiento de las mismas traerán, inexorablemente, aparejadas.

Apliquemos pues, desnudo de pasión, y carente así de cualquier elemento precoz de generar zozobra sobre los considerandos, y conformaremos sin el menor género de dudas un canal de comunicación claro que, a modo a lo que ocurre en las profundidades remotas de los océanos con las corrientes térmicas, promueva la aparición de un canal realmente eficaz en el caso que nos ocupa de comunicación, destinado a permitir si no a abordar, los códices propios de desarrollo e intercambio de la información; siempre expresada en pos del enriquecimiento del escuchante atento, por definición.

Consideramos así pues, suficientemente trillados un día más los campos necesarios para poder ya afirmar, de manera no por reiterada menos contundente que, efectivamente, volvemos a participar a todas luces de la certeza de que, pese a quien pese, vivimos tiempos históricos.
Históricos tanto en el fondo y en las consecuencias propiamente atribuibles a los mismos, de lo cual no cabe duda; pero que atendiendo a otro orden de cosas, en este caso más cercanas a la forma que al fondo, si bien no por ello menos constatables o incluso importantes, nos arrojan a la comprobación una vez más de que la velocidad a la que hoy por hoy transitan los espacios y los tiempos, bien pueden convertirse en el catalizador que en este caso, rompiendo con ello la máxima conceptual que rige la constatación de todo elemento de esta naturaleza, no solo influye en el resultado, sino que además en este caso lo determina plenamente.

Y la comprobación acude a nosotros, como suele ocurrir en el caso de las grandes citas, de improviso, incluso podríamos decir que por sorpresa.

No sorprendemos hoy, más o menos, con la constatación expresa de la ejecución de la amenaza que las Fuerzas Armadas de Egipto lanzaron hace escasas jornadas contra el Gobierno, y en especial contra aquél que lo presidía.
Se trata de la última constatación expresa, de que la por otro lado tantas veces traída y llevada circunstancia de la cuestión militar, en resumidas cuentas el dilema que subyace en toda sociedad desde el preciso momento en el que el ejército se empeña en desarrollar una función para la que no fue concebido; no solo no ha sido realmente debatido sino que, tal y como está quedando puesto de manifiesto en los últimos tiempos, quién sabe si igualmente afecto por la efervescencia de los momentos que compartimos, tiende a manifestarse de manera cada vez más abrupta, trayendo por otro lado a nuestra memoria pensamientos y recuerdos quién sabe por otro lado por todos olvidados, aunque sin duda  por muchos no condenados.

Y traigo esto a colación, no tanto por el hecho en sí mismo, como sí en realidad por la veleidad que he podido comprobar a la hora de someter a análisis tanto al hecho en sí mismo, como por supuesto a las consecuencias que le son propias, en virtud de una primera derivada a título de corolario.
Porque ¿alguien en su sano juicio puede llegar a poner en duda que un movimiento organizado por el ejército, con el firme propósito de derrocar a un Presidente legítimamente elegido mediante sufragio, no constituye Golpe de Estado?
Pues a lo largo de toda la tarde me he devanado los sesos tratando de entender los argumentos de los que han defendido tal afirmación.

Traigo esto a colación, porque solo en un país en el que tales desinencias son plausibles, resulta igualmente comprensible ubicar el efecto, por no decir las consecuencias que protocolos como el abierto contra Bárcenas, asuntos como los ERES de Andalucía, o autos como el de la Jueza Alaya, no solo tienen sentido sino que hallan múltiples espacios en los que son coreados.

Sin duda, las cosas acaecen a velocidad realmente desmesurada.


Luis Jonás VEGAS.

jueves, 27 de junio de 2013

DE CUANDO LA DESESPERACIÓN SE MANIFIESTA EN LA AUSENCIA DE DESEOS.

Me sorprendo por primera vez, siendo víctima manifiesta cuando no expresa, de las delaciones propias de aquéllos a los que hasta hoy, identificaba tan solo como víctimas reales de los denuedos de los que, semana tras semana, vengo a dejar constancia.
Y es así entonces que, por primera vez en los últimos cuatro años, ayer me ví del todo incapaz de acudir a mi cita semanal para con estas breves líneas, al reconocer en mi incapacidad para el desarrollo mesurado, las huellas de la desazón derivada de comprobar que tal vez, como algunos se empeñan casi a diario en recordarme, la situación actual no solo no tiene remedio, sino que en realidad, el contexto no merece ser salvado.

Lo radical del comentario, convierte en obligación inexorable al hecho de buscar debidamente las causas de precisamente semejante radicalidad. Por ello, y con el afán meramente constructivo que procede de deducir que tan solo a partir del conocimiento expreso del detonante del problema, cabe la ilusión expresa de toparnos con la solución, que procedo, una vez más, a sumergirme en las procelosas aguas de la ignominia que me rodea, con la esperanza  no tanto de hallar el camino de salvación, sino más bien con la mera intención de que mi conceptual ingenuidad pueda retornar una vez más, intacta.

Acudo pues, a las fuentes. Y es entonces, aunque de nuevo, que me veo obligado a sortear los múltiples obstáculos que cual legión, salen a mi paso acometiéndome con sus pesadas armas. Corrupción, violencia conceptual, nepotismo, tráfico de influencias…vienen a constituir en sí mismos, y por ende mucho más en tanto que asociados, un camino por cuyo penoso transitar no es extraño que hayan perecido, perezcan y sin duda perecerán, cuantos tengan a bien osar rememorar tales tránsitos, sin venir debidamente pertrechados.

Pero ¿Qué composición ha de tener el arsenal de aquél, loco, valiente, o tal vez osado sin más, que se atreva tan siquiera a hacer frente a semejante recua de contingencias, hábilmente dispuestas todas ellas para hacer sucumbir a las almas, por  fuertes que sean?

Inmerso me hallo pues en el plebiscito de la duda, cuando una vez más la Historia recopilada, bien sea con tal finalidad, o como ocurre en este caso, edulcorada en parte por los beneficios de la Literatura, que me topo con la solución, haciendo bueno otra vez el aforismo atribuido a Empédocles de AGRIGENTO: “Así que cuando me enfrento a cuestión capital, de irresoluble gestión, al menos en apariencia; es entonces que me siento a pensar, y la solución no es primera vez que aparece sola, clara y cristalina, por sí misma.”

“Ha llegado el momento de entender que la responsabilidad pasa por asumir que nuestra obligación va más allá de sumar columnas de cifras. La Ética es mucho más compleja y ardua que el Álgebra.”

Esta afirmación, directamente extraída de las memorias de Óskar SCHLINDTER, nos enfrenta una vez más, con la eterna controversia que procede de tener que someter a juicio, la disposición de cada uno de nosotros, cuando llegan las grandes ocasiones.

Ética, Mora, En una palabra, conceptos, y por ende arbitrarios, destinados a poco más que permitir la manipulación conceptual adecuada de algunos de los condicionantes que a la larga condicionan por definición la constitución del ser humanos en tanto que elemento integrador de una sociedad; los cuales, como ocurre con la mayoría de las cosas importantes de la vida, acuden a nosotros con denodada fuerza cuando nos topamos con esos momentos que esencialmente denominamos históricos, tal vez, o quién sabe si de manera netamente precisa, porque su identificación en la época que constituye nuestro presente, nos adelanta la previsible e inevitable llegada de instantes que, efectivamente, serán juzgados por la Historia.

Y con ella, lo serán nuestros actos. Actos que merecerán validación o reproche, no solo por su consumación activa, sino que más bien serán analizados desde en punto de vista de la prevaricación y el cohecho, manifestados en su materialización más mezquina, la que procede de la omisión.
Omisión que se da, se está dando y se dará, igualmente a partir del planteamiento de la variable más desasosegante a la par que extendida que podemos encontrarnos. La variable del silencio.

Callar es, en sí mismo, y hoy por hoy, constitutivo de delito moral.

Es delito callar ante las políticas generales de las que estamos siendo víctimas, fruto no lo olvidemos de la mayor estafa política de la que este país ha tenido constancia en su historia  moderna.
Es delito por ende permitir, auspiciando con nuestro silencio insisto, el triunfo en forma de pasividad generalizada de las campañas de desinformación generalizada a las que este gobierno nos somete día a día, consciente y sabedor de que solo desde las mismas puede albergar el menor género de esperanza, constituido en esta ocasión en la esperanza de mantenerse aferrado en el poder, protagonizando con ello el grotesco melodrama destinado a convencerse a sí mismo, y quién sabe si todavía a algunos de los demás, de cara a las próximas citas electorales.
¿Alguien se cree que va a poder evitar el adelanto electoral?

Pero el mayor de los delitos pasa, una vez más, por permitir la labor que a más largo plazo se está llevando a cabo.
Una labor ideológica, con un claro y marcado carácter dogmático, elaborada por aquéllos que siempre vivieron cercanos a los lemas de los absolutismos, de la fe y de la permanencia de las cosas, convencidos por ende y en coherencia de que la responsabilidad del individuo se juzga en proyección a las aportaciones que éste hace no tanto y por supuesto al día a día, sino más bien a las grandes cuestiones, las que, curiosamente y por otra parte, huyen del fino tapiz que encierra a las pocas nociones sobre las que el Hombre tiene, o cree tener, alguna clase de control.
Dibujamos con ello una escenografía neta y absolutamente anómala, ajena por definición al control de los parámetros de lo sensible, y constituida ad doc para poder ser manipulada mediante el ejercicio exclusivo de la razón, reduciendo por ende el índice de activos que pueden tener acción sobre ella.

Reducción, elitismo, redistribución de riquezas, meritocracia. Constituyen así poco a poco, pero igualmente de manera afín, el listado de aptitudes, cuando no de buenas maneras, a las que ha de ceñirse a partir de ahora todo aquél que desee jugar, ahora o peor aún, en el futuro, el más mínimo papel en el mundo que éstos ingentes hijos de la ideología capitalista, han tenido a bien diseñarnos.

Porque en el fondo, de eso y de nada más que de eso se trata. Del triunfo de una opción ideológica por todos bien conocida, que tiene sus repercusiones en la elaboración de un marco competencial asumible el cual necesita inexorablemente de asegurarse su propia pervivencia, para lo cual ha de acudir al sistema educativo con la esperanza de hallar en el mismo el mejor aliado de cara a poner en marcha cuantas reformas sean imprescindibles para asegurar que el amoldamiento conceptual al que mediante la manipulación ha reducido todos y cada uno de los marcos de competencia de la Educación, terminen por generar individuos pragmáticamente predefinidos para asumir de buen grado mañana, situaciones y realidades que hoy resultan del todo infumables.

Y es así que a eso, nada más, y nada más que a eso, se reduce la actual lucha.

En definitiva, otra constatación más de que nos hallamos inmersos en un momento histórico.
¿Es lícito reducir nuestra acción a sumar columnas?



Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 19 de junio de 2013

AHORA NO SOLO SABRÁN QUE SOMOS MALOS. AHORA ADEMÁS SABRÁN QUE SOMOS VERDADERAMENTE INCOMPETENTES.

Derramo una vez más mi frustración en forma de manifiesta ofuscación hacia el tiempo perdido, cuando acude en mi auxilio, en este caso, mi propensión hacia lo abstracto como forma de enfrentarme a los acontecimientos.
Desde la alfeiza de mi ventana, me proyecto una vez más hacia lo que debería de ser el futuro, mas como en el propio caso de la característica atribuible al lugar en el que como digo hoy establezco mi torre de lontananza, he de asumir para mi desgracia la posibilidad de que lo prudente haya de pasar no tanto por el camino hacia delante, como más bien por el repliegue, visto por supuesto no como retroceso manifiesto de nuestras posiciones de razonamiento, sino más bien maniobra destinada a la toma de impulso.

Y es así que, la perspectiva que procede de observar las cosas desde la distancia, tiende a proporcionarte, de manera inequívoca a la par que integradora, una proyección realmente envidiable, sobre todo a la hora de llevar a cabo disquisiciones destinadas a formular valoraciones cuando no abiertamente juicios, en los que el aporte subjetivo adquiere rango de verdadera legitimación.

Sin embargo, no es menos cierto que esa misma perspectiva, que esa misma distancia, acaba por trasmutarse en un franco alejamiento de la realidad, que conduce de manera en principio inexorable hacia la deshumanización del agente activo.

Comienza a ser, alcanzado semejante estado, que comportamientos casi olvidados, cuando no abiertamente censurados, tales como el cinismo, los razonamientos paradójicos, y qué decir de los protocolos a base de silogismos; adoptan de nuevo patente de corso, campando abiertamente por sus designios, sumándonos sin el menor recato ni pudor en un estado de apoplejía moral cuyas consecuencias están tan solo al alcance de ser definidas a colación de los que siguieron con detenimiento, a finales del XIX, las estribaciones, cuando no abiertamente las derivas que el parnasianismo sembró, como hoy primero por Europa, y finalmente en España.

Es así que hoy, sobre poco más o menos que como entonces, siempre habrá alguien (no en vano dice La Torá “(…) que es así que incluso sobrevenido el peor de los tiempos, siempre se podrán encontrar treinta y seis hombres justos…”); a quien en definitiva, el actual estado de las cosas no solo escandalice, sino que abiertamente le escandalice.

Porque si hay algo que me lleve al estado de estupefacción en el que me muevo, es precisamente la ausencia de estado propiamente dicho en quienes me rodean.
Con unas cifras de paro en volúmenes desconocidos. Una vez superadas todas y cada una de las “barreras psicológicas” que todos nuestros políticos nos ponían ( a pesar de lo cual no hay ni habrá seguramente una sola dimisión) y con unas cifras de consumo interno desconocidas e inviables, que nos llevan a unas proporciones solo comparables a las que en 1929 conducían a empresarios a saltar literalmente desde su ventana; lo cierto es que el actual estado de sodomía conceptual en el que nos hallamos inmersos es tan sólo comprensible si asumimos como tal el ascenso de los esperpentos del teatro de D. Ramón,  al ejercicio político, o desde la visión que aporta el parnasianismo, aplicada en este caso a la práctica totalidad de los elementos atrincherados tras lo que llamamos realidad,

Realidad que se torna sórdida cuando tratamos de someterla a los perfiles de la realidad. Tétrica cuando el tamiz lo ponemos en los límites que es capaz de concebir el entendimiento humano, y por supuesto irreconciliable con el sentido común cuando lo que aplicamos es el tamiz de la justificación conceptual.

Dibujamos entonces así el esquema de una realidad que no resulta concebible. Una Realidad Surrealista, concepto éste que, lejos de erigirse en cacofonía, revierte sobre si mismo, impregnando con ello todo lo demás; en especial el cúmulo de aberraciones de las que hemos de ir haciendo acopio no tanto para tratar de comprender el esperpento que determinamos, como cuando menos los parámetros desde los que los mismos pueden ir siendo paulatinamente considerados.

Comenzamos así a intuir no tanto una realidad, sino más bien solo sus efectos; conformada a partir de una sucesión de percepciones manifiestamente maniqueas, que tienen su componente matricial nada más y nada menos que en el historicismo, esto es, la capacidad innata que por rutina se concibe en las sociedades adultas, en base a la cual los contemporáneos de las mismas asumen, de manera necesaria, que sin el menor género de dudas, el tiempo que es propio constituye, sin el menor género de dudas, el mejor tiempo en el que se podría vivir.

Contemplando desde semejante perspectiva los componentes que concitan la realidad que nos es propia, podemos comenzar a elaborar una especie de mapa conceptual destinado en este caso no tanto a convertir en asumible un pensamiento, como a hacer comprensible al esquema humano de las cosas a partir del cual ese concepto ha de ser comprensible.

Así, la cuestión no pasa tanto ya por discutir si en realidad somos todos o no iguales ante la ley. Ni siquiera se trataría de comprender si estadísticamente se pueden cometer trece errores consecutivos a la hora de tramitar expedientes asociados a movimientos inmobiliarios achacables a personas cuyo nif especial cuenta tan solo con dos cifras.
Tampoco se trataría pues, de ser capaces de analizar si es lógico que un Tribunal de Justicia declare nulas las actuaciones que han llevado a dar con sus huesos en la cárcel a uno de los banqueros responsables del agujero por todos conocido.
De que al juez que ha instruido el caso mañana le pueda caer un chuzo del copón, es algo de lo que, indefectiblemente, tampoco vamos a hablar.
Renunciamos igualmente a someter a consideración el porqué de que en cualquier otro país serio, o al menos en el que “los Sainetes” no forman parte de la génesis estructural del tejido estatal; personas como el Sr. Bárcenas estarían en la cárcel, arrastrando consigo a una mayoría de sus adláteres, mientras que en España ni tan siquiera se ha recogido no ya una dimisión, nos conformaríamos con una intervención pública, aunque fuera de rango menor, como aquélla protagonizada por la Sra. Secretaria de Estado de Hacienda.

Nos bastará, no ya llegados, sino plena y conscientemente superados los límites de estos acontecimientos, a tener que analizar no tanto la conformación, como sí en cualquier caso la conducta, de los que redundan, jalean y consienten con los hechos descritos.

Se trata pues, no ya de tratar de encontrar respuesta a la pregunta derivada del cómo es posible que a estas alturas, con el Estado literalmente reducido a la condición de trapo de cocina (recientes investigaciones redundan en afirmar que es difícil encontrar más bacterias por centímetro cuadrado), los servicios públicos desaparecidos cuando no privatizados; y teniendo como tenemos a nuestros representantes subastándose lo que queda del chiringo convencidos tan solo de que su labor pasa inexorablemente por perpetuarse en el cargo; la verdad es que ahora más que nunca, he de preguntarme hasta dónde o hasta cuánto estamos esperando, o estamos dispuestos a soportar.

Es ahora cuando pregunto, ¿Qué es más doloso, lo de malos, o lo de incompetentes?



Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 12 de junio de 2013

DE LAS INCLEMENCIAS DEL TIEMPO.

Ando una vez más, sumido en el desasosiego que me produce tratar de encontrar en los demás, la clave que me permita no ya descifrar el enigma que su conducta, sino sencillamente recuperar la esperanza de saberme digno, algún día, de posicionarme en el camino adecuado para lograr tal efecto.

Es así que, proclive al desaliento, y abandonado quién sabe si de manera irrevocable, decido una vez más vincular mis aciertos y mis errores a la Historia, convencido en el caso que nos obra, de que habiendo de abandonar mis ineptitudes creativas, posea al menos la humildad suficiente como para ser capaz de reconocer en otros, y en el pasado, las excelencias que Minerva hoy escatima conmigo.

¡Cuán lejos quedan los tiempos aquéllos en los que regabas sin piedad y a borbotones los campos! Tiempos en los que el logos fluía entre los campos, como el néctar de los dioses lo hacía entre los pliegues de la papada del cercano Baco.

Y es como entonces que, a punto de sucumbir, abandonando la Episteme, para sustituirla por mera y frugal Doxa, que mi moral se resiente, se sulfura, para nada aquiescente.

Es por ello que, decidido, como siempre, emprendo una vez más el camino que de guijarros ha sembrado para mí la razón, convencido como estoy, de que la única realidad que separa el hecho de la opinión, es su capacidad para no someterse a los desaires del Tiempo. Es por ello que agradezco el detalle de las piedras, al menos éstas no serán presa de los pájaros.

Recuerdo entonces, lo que una vez dijera Wilde: “Cualquiera puede simpatizar con las penas de un amigo, simpatizar con sus éxitos requiere una naturaleza delicadísima.”

La frase, de por sí, es única, incomparable, en tanto que inconmensurable, toda vez que de una y por todas, quién sabe, parece unificar las múltiples tesis que en pos de definir al Hombre, naufragan una tras otra en la servidumbre del relativismo.
Sin embargo, ésta afirmación reúne a priori los requisitos que resultan imprescindibles para toda afirmación que se precie:
Es sincera, asequible, y cuenta con el refuerzo de la veracidad fundamentado en la experiencia.

A pesar de todo, me niego, y me atrevo a decir que lo hago por responsabilidad; a aceptar, cuando no abiertamente a permitir, que la envidia, que es lo que en último término subyace a la anterior afirmación, pueda ni tan siquiera osar erigirse en protagonista de una sola de mis líneas.
Por ello, y casi amparado en éste caso por la necesidad, rebusco en mi atestado baúl, hasta hallar la certeza de saber que conozco aquello que en realidad Wilde quería expresar, y que tal vez el barro de lo vulgar, quién sabe si incrustado en los zapatos de lo rutinario, se ha empeñado en arrojar como mediocre contenido, como desperdicios arrebujados en pos de que los perros coman, en un último intento de que al menos, dejen de ladrar.

Recuerdo entonces, a Thomas KEJEALLY, quien en una de las obras más conocidas, y a la sazón probablemente peor interpretadas, viene a decir que: es ésta la historia del triunfo pragmático del bien sobre el mal, un triunfo en términos eminentemente mensurables y estadísticos, y nada sutiles. Cuando se trabaja en la dirección opuesta, y se narra el éxito mensurable y predecible que el mal suele alcanzar, es fácil mostrarse agudo, y sarcástico, y evitar el sentimentalismo. Es muy fácil demostrar cómo, inexorable, el mal terminará por apoderarse de lo que llamaríamos bienes inmuebles del relato, aunque en poder del bien queden algunos escasos imponderables como la dignidad y el conocimiento de sí mismo.
La fatal maldad humana es la materia prima de los narradores, el pecado original, su leche materna.
Pero escribir sobre la virtud es empresa ardua.

Y si ahora, para definitivamente abstraerme del todo, contextualizo lo anterior vinculando al autor con su obra, o más concretamente con la biografía de aquél industrial arruinado en la fabricación de tractores, que se reconvierte al esmaltado de cacerolas y enseres de campaña, al abrigo del ente nazi en los albores de 1938; es probable que una mitad vez cómo se le enciende la bombilla, mientras que la otra mitad, tal vez con razón, se eche a temblar.

Viene a mi memoria, de manera exigua todo hay que decirlo, la publicación va a hacer ahora catorce años, por parte de un por entonces amigo; de un más que brillante artículo de fondo que gráficamente tuvo a bien titular Algo se mueve en Europa.
Retrotrayéndonos en el tiempo, en la forma por otro lado adecuada; podremos sin mucho esfuerzo ubicarnos en una Europa implícitamente embebida, en los proyectos de la Europa Social, propiamente dicha.
Como puede desprenderse del contenido cínico que en algunos extremos enarbolaban aquellas acertadas líneas; el objetivo no era otro que el de promover entre los ilusos votantes de izquierdas, una vez más convencidos de que la inexorable certeza de que el bien triunfará, la convicción de que, otra vez, la derecha no necesitaría de hacer las cosas ni medio bien. Una vez más sería suficiente con que se sentara paciente, a esperar.

Tal y como resulta de la comprobación empírica, el grado de acierto de la afirmación es tal, que verdaderamente hace imprescindible la redefinición inmediata de ciertos contenidos procedimentales.
Sin embargo, lejos de redundar aquí en protocolos de acción, la cuestión a revisar es evidente. ¿Por qué una vez más, nos vemos donde nos vemos?

Se me enciende la sangre, y antes de perder el control, me veo en la obligación de citar a otro clásico del XVI español cuando dijo “…Hay así España, cómo te ves una vez más, por tu mala cabeza, y quién sabe si peor gobernanza.”

Llegados a este punto, toca ya el momento de las felicitaciones, los elogios, y los epílogos cariñosos.

Felicidades, de verdad, sois unos genios. ¿Alguien puede decirme seriamente que ni tan siquiera en sus mejores sueños contábais con promover un teatro de operaciones cuyo grado de certeza e intensidad pudiera ni de lejos compararse con el que hoy habéis sido capaces de definir?

Revisando desde un exhaustivo punto de vista objetivo, la realidad nos dice que, una vez la comparativa respecto del transcurrir por los meridianos históricos les ha demostrado lo insuficiente de las derivas religiosas (inquisición), políticas (absolutismos) y sociales (restauraciones etc.) Lo cierto es que tan solo les quedaba por explorar la deriva propuesta desde la semántica económica.
Pero he aquí el problema. La traducción que en España se hace de variables por aquel entonces ya habituales en el resto de Europa, no son para nada mesurables en España. En otras palabras, nos encontramos ante la circunstancia eminentemente práctica del fenómeno al que tantas veces hemos hecho alusión, cual es la no existencia en España de una verdadera Revolución Industrial, lo cual impide la correcta trasposición en términos de paralelismo, de hechos que tienen el rango de certeza práctica conforme a los silogismos propios de esos países.

El descalabro conceptual que supone, en términos de tiempo histórico, la no existencia ni por asomo, de un escenario en el que `pudiera llevarse a cabo ni tan siquiera a escala proporcionada, una Revolución Industrial, constituye una realidad cuyas consecuencias se desarrollarán en el tiempo, pero que hunde en el propio origen de los tiempos las raíces de las que se alimenta.
Tenemos así un hecho co-substancial en la medida en que tiene implicaciones pretéritas desde las que justifica indolentemente su pasado; a la par que reubica en términos de proyección de futuro las imprescindibles constataciones de los hechos que habrán de ser sobrevenidos, toda vez que son constatables.

Es así que, como decimos, una vez que la revisión certera de la Historia ha proporcionado lecturas con datos no solo atinentes, sino también, obviamente, precursores de las partes adecuadas; lo cierto es que, hoy por hoy, y sembrando en territorio abonado, toda vez que nuestra sociedad, como todas las que son recordadas, ha hecho de la amnesia su particular fabricante de antidepresivos.
El triunfo del olvido ha abierto un camino largo de transitar, y la falacia y la mentira han sido los primeros en formar tándem. De esta manera, Europa ha iniciado, de manera ciertamente indolente, un camino a la  perdición en el que, sinceramente, no se aprecia la menor posibilidad de retorno.

Al final, la solución, como tantas otras veces, está dentro. Como dijo Anaxágoras de Clazomene “llegado el momento de retomar un problema demasiado arduo, es a veces que me siento a pensar, y la solución termina por aparecer por sí misma.”


Luis Jonás VEGAS VELASCO.