miércoles, 17 de mayo de 2017

CUESTIÓN DE AGUJAS, QUE NO DE SASTRES.

Arrumbada la nave hacia el decoro de la nada. Cuando la última premisa de esperanza se fundamenta en la ausencia de desazón, que ni siquiera en la calma. Cuando el destino es la última fuerza a la que podemos clamar, pues hasta el último viento ha sido consumido, y como a Ulises llegando a Ítaca, ni la fe en sus dioses sirvió para vencer a Zéfiro cuando éste se empecinó no solo en plantar batalla que sí en vencer al guerrero cuando éste considera llegado el momento de plantear la más insigne de las batallas, a saber la libra con su mismidad cuando decide retornar al hogar, o a enfrentarse con lo que del mismo quede, y le recuerde. Entonces, solo entonces, podremos decir que estamos en disposición de contar lo que ha sido librar una aventura.

Actúa una vez más el tiempo como matraz en el que todas las conjunciones tienen cabida y así, adoptando su parte más lírica, quién sabe si en el no por último menos ingenuo intento de transgredir hasta la última ley no ya de la química, que sí del sentido común, decide clamar a la Historia en un Intento de diluir en el pasado las responsabilidades del presente, de diversificar en el futuro las responsabilidades que sin duda en forma de dramáticas consecuencias los últimos acontecimientos acabarán por manifestarse.

Dicen que es la poesía el último reducto al que acogen su alma los destinados, a saber, los que no siempre por gusto propio, están condenados a saber. Es la Historia la repercusión lírica del paso del tiempo, y es por ello que será buceando a través de la Historia, entresacando de su conformación más estética, a saber la que es propia de la tradición, cuando no del folklore, de donde extraeremos sin atosigamiento las piezas que, como aquellas piedras que formaron otrora el marco del brocal del pozo si bien hoy yacen en el fondo de éste, la sensación de frescura que el mero recuerdo de sus aguas consigue depararnos no sería la misma sí, definitivamente, no fuésemos capaces de reintegrar aquellas piedras al lugar que legítimamente les fue un día propio.

Tiempo, pasado, Historia. Más que una mera concatenación de conceptos, ordenación superlativa de suerte, emociones y principios (de los Hombres y sus valores en definitiva) llamados a ser retomados hoy, con más solvencia que prestancia, pues de hacerlo habríamos definitivamente no tanto a hacer bueno el oficio de renuncia, que sí más bien a asumir el desapego que le es propio a la derrota.

Derrota, manifestación clave de la soledad, sinónimo para muchos del estado de orfandad; llamada a conmemorar un estado de equilibrio del alma otrora solo alcanzable para pastores griegos de los tiempos de Polifemos y cítaras; o de poetas castellanos llamados a conmemorar el oficio de la Lírica cada vez que su lento devenir, su capacidad para medir el tiempo a través de sus versos hacía que si bien Aristóteles ubica en el ejercicio de la Razón lo que ha de ser llamado propio del Hombre; la poesía llamada a ser conquistada por él se muestre capaz de enardecer a los semejantes, si bien y primero calma a las ovejas que hace unos instantes, ya fuera pastoreadas por gigantes como Polifemo, u otros no menos gigante como Hernández; no estaban sino llamados a sernos propios siquiera por inalcanzables.

Conjugamos así pues la virtud en manera de uso humilde, y retornamos al pasado por medio del recuerdo científico, lo que se faculta cuando al vicio de soñar se le dota del privilegio del orden. Es entonces cuando alumbramos la Tradición, esa suerte de bombilla incandescente, llamada a alumbrar a su vez al futuro, pero en este caso desde la certeza que proporciona la inmunidad, pues el error no cabe, toda vez que al rango de tradicional ascienden solo los recuerdos que han alcanzado el grado de exitosos.

Se aclaran entonces muchas dudas, algunas de las cuales habían adoptado el modo de recuerdos aparentemente insubstanciales. Recuerdos como aquel que, protagonizado por un hombre llamado Teodosio, trae a mi memoria hoy la certeza que el terror que solo un niño puede experimentar (tan intenso que ni siquiera de adulto puede explicar) obliga a recapitular en aras de diferenciar si la truculencia de lo imaginado, puede o no competir con la intensidad de lo realmente vivido.

Era Teodosio colchonero. No digo con ello que profesara el hombre devoción por la cofradía que presidida por Simeone, coincide con el devenir religioso en el hecho de que la mayoría de sus manifestaciones de devoción tienen lugar los domingos. Digo que el hombre unía su supervivencia a la capacidad para vender o en su caso reparar colchones. Recorría periódicamente las estribaciones de Gredos, y cuando llegaba a nuestro hermoso valle era presto en aquel grito que, como una firma, como una marca de calidad, servía para que ricos y pobres, niños y ancianos, supieran llegado el momento en el que los más refinados podían cambiar, los menos satisfechos a lo sumo, remendar, colchones y jergones que por entonces aún conformaban sus entrañas a base de lana que, periódicamente, debía ser tratada.

Era entonces cuando bajo la generosa sombra que prodigada por cualquiera de los múltiples árboles llamados a conformar lo que hoy denominamos parques; las espectaculares manos de un experto Teodosio regalaban a los niños un espectáculo lleno de colorido. Como si de un experto cirujano se tratase, aquellas ignotas manos, provistas de una habilidad solo mejorada por la imaginación de unos niños llegados a tales alturas ya desaforados; convertían en metáfora de evisceración el proceso consistente en extraer la lana vieja y sustituirla por otra nueva. A continuación, una aguja larga como un cuchillo, torcida como una daga y afilada como un estilete; urdía primero pespuntes, que luego puntadas severas en pos de insuflar en aquellos colchones la vida en forma de retornarles lo que, siempre según Aristóteles, dependería de hacer lo que les estaba dado a ser propio en este caso, retomar la vida perdida en el pasado, en forma de sueños presentes, que se cumplirán o no en el futuro.

Presente, pasado, sueños, futuro. En pesadilla se tornan más bien hoy los sueños de los tres que, llamados a erigir el mito en ausencia de realidad que es a estas alturas el PSOE, gravan su futuro a la esperanza de que el próximo domingo los porcentajes, que no los resultados, permitan salvar la hemorragia empleando la sutileza, en forma de aguja de bordar…

Pero mucho me temo que alanzado el lunes, cuando el fragor de la batalla se haya silenciado (lo que tornará audibles los gritos), una vez el polvo se haya asentado (lo que permitirá valorar el verdadero alcance de las heridas);  no quedarán tiempo ni ganas para la sutileza. Mucho se ha apostado. Tanto, que lo llamado a separar a los contrincantes  ya no es tierra de nadie, que sí más bien tierra quemada. La memoria una vez  más, nos aporta el referente. Vemos o creemos ver a los soldados de Napoleón volviendo sobre sus pasos procedentes de Moscú; con sus pies descalzos o cubiertos a lo sumo por harapos, y que al pasar junto a los restos de lo que entonces fue la Gloriosa Waterloo, no pueden disimular una arcada al reconocer entre los restos humeantes de la confrontación la certeza de que algunas batallas solo son buenas cuando son evitadas.

Batallas como la librada el pasado lunes, cuando en los campos a estas alturas ya manifiestamente infecundos de Ferraz se enfrentaron los cartagineses (de Sánchez), que con un nutrido ejército formado por mercenarios dispuestos a demorar el cobro de su afrenta; plantaron cara a los romanos de Scipión (perdón, de Susana). Provista ella de lo mejor de la tradición del Imperio, la llanura de Zama vería no solo refulgir los mejores aceros, como sí también sonar los mejores cuernos.

Zama, Waterloo. Lugares destinados a hacer bueno solo un principio, el que pasa por saber que de la magnitud de determinadas batallas se es consciente tan solo cuando a futuro se comprende que no solo no se hicieron prisioneros, sino que la certeza de que la piedad no sería contemplada en ninguna de sus versiones convierte en misión imposible esperar que nada salvo la mala hierba pueda volver a crecer en una tierra regada a partes iguales por sangre y por hiel.

Porque el próximo lunes, el desaguisado será tan inexorable, que ni las expertas manos de Teodosio, con su rudimentaria pero afilada aguja de coses colchones, será capaz de zurcir el roto que muy probablemente esté llamado a hacer dos, de donde hace tantos años siempre fue uno y solo uno.

Y creo que eso hace que hasta el más pintado pierda el sueño, por muy cómodo que siquiera en apariencia sea el colchón llamado a confortar sus sueños.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 10 de mayo de 2017

DE LA VIEJA EUROPA, A LA EUROPA VIEJA.

Constituye la muerte por decadencia, una de las formas más terribles a las que históricamente se puede recurrir a la hora de garantizar la desaparición de un ente, pues por tal medio se logra no solo la desaparición estricta del ya finado, sino que se garantiza su imposible recuperación a futuro, toda vez que la carga subjetiva que a tal hecho se le presupone impide absolutamente la recuperación, al menos a corto plazo, del mismo.

Es así la decadencia un proceso más doliente que doloroso, más humillante que drástico. Dotado de la premisa del colapso, resulta el llamado a su presencia tocado por una suerte de desgracia próxima siquiera a las premisas del Nihilismo, que en el caso que nos ocupa conducirán a la víctima ante todo, poco a poco, a un estado de postración serena encaminada que drásticamente acabará en una forma de muerte dulce.

Muerte dulce, atroz metáfora donde las haya, y por ende hecho competente a la hora de poner de manifiesto los múltiples recursos de un Hombre que, como integrante de la especie por excelencia, es capaz de traer a colación si no la especificidad de su Lenguaje, sí cuando menos la grandeza de éste, como prueba el hecho de que es precisamente a través del mismo que logramos acrecentar la ilusión mental en la que acaba por tornarse toda paradoja, cuando se muestra capaz de ilustrar con colores transparentes toda esencia de vacío, cuando es capaz de describir con prefijos propios de la vida, una tendencia evidentemente canalizada hacia la muerte.

El Lenguaje, una y mil veces más, el Lenguaje. Evidencia a la par que instrumento, no es sino a través de tal que ya sea consciente o inconscientemente se forman en nuestro derredor, unas veces por simpatía, otras por resiliencia, toda esa suerte de matices llamados a conformar por sí solos el escenario sobre el que proyectar a título de documental, una imagen de Europa que hasta hace unos pocos años estaba llamada a ser considerada como una película, por su elevado contenido en deseos e ilusiones.
Metáforas, paradojas, Lenguaje, vienen a conformar en definitiva no ya un escenario como sí más bien la aproximación a una nueva realidad en la que por primera vez el cúmulo formado por las dudas, viene a verse peligrosamente superado por el canon de las certezas. Dudas que, como en el caso de las termitas con la madera (y no olvidemos que es la termita el animal que más cantidad de comida ingiere en relación a su peso), actúan debilitando las hasta este momento firmes e imperturbables estructuras sobre las que durante decenios (sesenta y siete para ser exactos), se ha venido asentando el que hasta ahora ha sido el Proyecto Schuman, si nos atenemos a lo que el mismo definió, y que comenzó a formalizarse un 9 de mayo de 1950.

Era Schuman un soñador. Sin duda un hombre normal, entendiendo con ello sin más expectativas las propias de quien no necesita de la excentricidad para explicar cuando no para justificar sus comportamientos, sin duda que entre las conductas propias a definirle se  mostraban más precisas las técnicas de construcción, que las de demolición. Tal vez por ello que, a estas alturas, no solo el Día de Europa ha pasado desapercibido, sino que incluso los méritos del hombre llamado a configurar tan fecha, han quedado definitivamente sublimados, en el olvido.

No se trata de proferir un grito que a  modo de protesta o de aviso nos lleve a recuperar el sentido con el fin de canalizarlo hacia lo que de verdad resulta importante. Seguro que a estas alturas, si lográsemos que el grito saliese de nuestra garganta, la desaprobación que el rictus de nuestros cercanos reflejaría nos sumergiría en tal estado de vergüenza, que la intensidad de la misma nos llevaría incluso a olvidar la intensidad del hecho que hasta tal estado nos había conducido.
Ahí radica el éxito de la decadencia. No es algo provocado, sino que como pasa con todo lo relacionado con el tránsito del tiempo, te hace sentir abocado. No se trata de algo perpetuo, mas como ocurre con todo lo relacionado con el paso del tiempo, su éxito va ligado a su aceptación, en tanto que inexorable.
Definimos pues un proceso que describe la muerte de un logro social, desde un parecido punto de vista, utilizando incluso las mismas palabras con las que en el caso de referirnos a un ente individual, emplearíamos a la hora de diligenciar su intuida desaparición no sin antes haber padecido una dura enfermedad, como puede ser el cáncer.

De nuevo la palabra. Aunque de nuevo puede no resultar una expresión adecuada, toda vez que la palabra nunca se fue, ni poco ni mucho, pues decir, que no solo hablar, bien puede inferirse en el último derecho sobre el que el ya descrito mal, aún no ha extendido su dulce manto.

Asumimos pues nuestro fracaso, fracaso que en este caso se cifra en la incorrecta elección no del fondo, que sí de las formas. Incapaces pues de ubicar nuestra esperanza en los constructores (creadores ya no quedan, y los artesanos se hallan de capa caída), habremos pues de reconducir nuestros pasos hacia esos magos de la Liturgia, que por medio de la palabra ilustran el vacío, hasta crear ilusiones.
Europa es un mito, en la misma medida en que está en el mito. Y será precisamente el contexto que nos aporta el paso del Mito al Logos el llamado a enmarcar, que no a delimitar, todo un proceso cuya única definición pasa por la asunción de la incapacidad para ser definido, toda vez que su inmensidad es propia de los dioses, y su innovación propia de lo eterno. Así que solo el Hombre, evolucionando conjuntamente, como forma y parte del proceso, puede erigirse en ente competente.

Habrá de ser así que el sonado fracaso de los políticos, redunde si no en su supresión, si al menos en una paradójica supresión de éstos por poetas. Poetas constructores, cuando no de realidades sí al menos de ilusiones. Poetas llamados a resucitar a los olvidados, Como en el caso de Homero, tal vez primer tenedor de los conceptos que a la larga serán imprescindibles siquiera a título de herramientas; ha de ser justamente erigido como el primer arquitecto de la Idea de Europa. Una idea grandiosa, colosal; indescifrable y por ello única. Por ello una idea propia…

No hallándose la capacidad para la creación, entre las virtudes destinadas a manifestarse de modo claro y distinto dentro del bagaje del Hombre; que habremos de hacer mención expresa a la condición que en este caso sí brilla con naturaleza podríamos decir que adquirida cuando describimos al Hombre como un artesano, esto es, como alguien destinado a cambiar el medio, cambiando con ello y de manera inconsciente, él mismo.
Es el artesano el que manipula la realidad, empleando para ello los elementos de los que consciente o inconscientemente se dota; ayudándose para ello de las herramientas cuya existencia representa, en sí misma, otra prueba de la excepcionalidad del ente.
Trabaja pues el artesano manufacturando materiales que en este caso se erigen dentro de grandes catálogos, llamados con el tiempo a consignar todas y cada una de las habilidades que el Hombre, en este caso evolucionado hacia la consideración natural y por excelencia, a saber la del quehacer político, más que evolucionar ha tendido.

Va así pues poco a poco confeccionando el nuevo hombre la que habrá de ser la nueva realidad; acaparando para ello y por sí elementos que proceden de las grandes consideraciones. Economía, Sociedad, Política y Religión; así como por supuesto cada uno de los giros o detracciones que de las mismas se deparen o puedan ser consignadas, se erigirán en soportes válidos desde los cuales consignar toda modificación que por menesteres conscientes o impetuosos el Hombre sea capaz de alumbrar.

Y es a partir de la concepción de tal precedente, donde todo el proyecto colapsa. Incapaces de anticipar el fiasco, traidores seríamos de haber podido identificar el proceso llamado a albergarlo. Como tal, la destrucción no habrá de proceder de un ataque externo (pues en la defensa de la plaza queda honor de batalla), sino que será una vez más, como tantas en las llamadas a ser descritas por la Historia, que habrá de ser un traidor abriendo la puerta de la fortaleza el llamado a privarnos del honor de defender lo que una vez se tuvo por propio, aunque la concatenación de acontecimientos nos diga que a lo sumo, de manera ilusoria.
Así, si el Proyecto Schuman alumbró una realidad que con el tiempo se mostró digna se ser raptada (como prueba el hecho del colapso economicista hacia el que la totalidad acabó por tender), lo cierto es que el presente nos devuelve una idea tan poco alentadora, una realidad tan vacua, que solo acudiendo a sus orígenes, ya sean éstos estéticos más que éticos; podemos albergar la esperanza de volver a sentir ese deseo de soñar que una vez la Vieja Europa llegó a transmitirnos.

Esperemos que mientras la Europa vieja aguante.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 3 de mayo de 2017

LO PEOR DE TODO. QUE NO HAY NADA NUEVO.

Busco y rebusco. Leo y releo, todo lo que cae en mis manos, e incluso he de confesar que muchas otras cosas en cuya localización me afano. Y todo para, una vez más, rendir tributo a la frustración, la cual se manifiesta ante mí cuando tras no pocos desvelos, la realidad, contumaz, se impone: Incluso hoy, no hay nada nuevo.

Nada nuevo en el fondo, nada nuevo en las formas.

Me sumo así pues en la compleja cuando no ardua labor de buscar algo novedoso, sometiendo primero las cuestiones tácitas a las propias de la Lógica, que me impulsan a albergar la esperanza de hallar la novedad, siquiera entre aquellos que, junto a muchas otras cosas, se han apoderado de todo lo que consciente o inconscientemente “suene a nuevo”.

Pero al igual que ocurre a la hora de diferenciar al artesano del creador, hacer, hacer, lo que se dice hacer, son en realidad pocos los llamados a considerarlo. No en vano la Historia, (entendida ésta como la obligación llamada a superar la mera acción cronística de citar los albores propios de el paso del tiempo), hace tiempo que pusieron de manifiesto tamaña definición afirmando lo complicado que cada día resulta “poner nada nuevo bajo el sol”.

Convencidos pues con ello de que la primera obligación, sin duda biselada en el cada vez más trasnochado formato de responsabilidad, pasa inexorablemente por diferenciar de entre lo novedoso, aquello que solo se presenta con el fin de reducir a carnaza todo lo que siquiera de lejos pueda sonar a histórico, (lo que sus detractores no dudarán en definir como de rancio); es por lo que una vez más hemos de sorprendernos viendo lo escaso del catálogo de novedades llamadas a “pasar el corte”, a pesar de lo poco exigente de las cuestiones destinadas a elaborar el filtro destinado a separar la paja del grano.

Es entonces cuando, una vez más, huyo del aparente deslumbramiento. Compruebo una vez más una de esas esencias  llamadas a formar parte de lo más profundo y que pasa por saber que la verdad no reside en las formas ni en el fondo, sino en las profundidades de quien consciente o inconscientemente la enarbola.
No digo con esto que halla dos verdades. Más bien al contrario, lo que hago es poner de manifiesto la unicidad de ésta. Lo llamado a ser variable es la calidad del mensaje llamado a erigirse en precursor de la verdad. Mensaje que sí depende de la calidad de las entrañas de aquel destinado a arrumbarse en tenedor de la verdad.

Es por ello que la verdad es simple, no en vano siempre ha sentido debilidad por los niños y por los borrachos. Entendiendo por simple algo más que lo llamado a ser lo opuesto a complicado, tenemos que la verdad gusta de la brevedad, huyendo pues de lo florido, cuando más de lo recargado.

Habrá pues más certeza de encontrar la verdad, siempre según mi humilde opinión, entre las palabras que un Maestro de Escuela pronuncia en su aula; que en medio de las disertaciones que los Profesores de Universidad tienen hoy por moda regalarnos, máxime cuando éstas se pronuncian en La Puerta del Sol.
Porque cuando un Maestro de Escuela acude por enésima vez a “La Familia de Pascual Duarte”, lo hace para poner de manifiesto la necesidad confesa de hallar en los clásicos no tanto la inspiración para explicar la calidad que los mismos atesoran, que si más bien para reconocer que solo a través de la lectura de los mismos tal calidad podrá ser reconocible.

Sin embargo, cuando determinados profesores necesitan envolverse en citas de MARX, o en interpretaciones incluso mal traídas, digamos por ejemplo de Kant; lo único que se pone de manifiesto es la estafa hacia la que una vez más se nos conduce. Una estafa que como en tantas otras ocasiones se basa en proporcionar respuestas caducas a preguntas que una vez más, como muestra de la evolución del pueblo, amenazan con alcanzar el grado de eternas.

Si no, cómo entender afirmaciones del grado de las pronunciadas recientemente por el Sr. Monedero, de las cuales se desprende la incapacidad para identificar en la corriente progresista a nadie que no esté de acuerdo con las tesis por ello defendidas. O en un carácter mucho más gráfico, dónde ubicar el rigor en el formato elegido a la hora de plasmar la cuestión sometida a las bases de su formación política en lo concerniente a la conveniencia o no de presentar una Moción de Censura.

Sea como fuere, una de las muestras de que lo contrario de nuevo no es antiguo, que sí viejo; se encuentra en el hecho según el cual lo mueble envejece, lo inmueble, como todo lo llamado a perdurar, convierte lo inexorable del paso del tiempo en la mejor de las certezas llamadas a reflejar el respeto del que se hace acreedor lo llamado a perdurar.

Y es entonces cuando no ya la pregunta, que si más bien la respuesta, me llena de terror. ¿De verdad es esto todo? ¿Acaso hemos de asumir que de nada mejor somos dignos?

No tanto de la respuesta, que sí más bien de la calidad que a través de la misma pueda sernos supuesta, dependerá el hecho que justifique o no seguir luchando.

Todo lo demás será en definitiva, polvo y arena.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 26 de abril de 2017

Y ENTONCES, EL ABISMO MIRÓ…

…Y se sobrecogió tan  profundamente como  solo lo dispuesto en aras de entender lo magnífico de la sensación de vacío, puede llegar a hacerlo; pues el verdadero vacío no procede de la nada, que sí más bien de la sensación que deja la ausencia de lo que se supuso, nunca debió de dejar de estar allí, (definición de lo esencial).

Sabemos que estamos en mitad de un periodo de transición. Semejante afirmación, dada muy probablemente como paso previo a la consecución de la única certeza que hoy parece acompañar al Hombre, y que no pasa sino por reconocer que en realidad carecemos de los arrestos necesarios para aceptar las consecuencias propias de lo que de verdad se espera de nuestro momento histórico; para poco más que para disimular ha servido en todos estos años cuyo transcurso para poco más que para reconocer la derrota, han servido. Derrota que como en el caso de una hemorragia interna, que no por sus síntomas como sí más bien por sus consecuencias, ha podido cuando menos ser identificada.

Es la derrota, ya proceda ésta de un reconocimiento implícito (propio de los momentos civilizados como los que al menos en apariencia nos ha tocado vivir), o de la asunción propia del resultado de un conflicto armado (como aún hoy todavía ocurre con esos otros lugares, con esos otros hombres menos civilizados), el espacio a la par que las formas de las que una de las miles de consecuencias llamadas a influir en el Hombre que a partir de las mismas está por venir, han de consentir, siquiera a título de consecuencia, la muda de las cosas, el cambio en todo aquello que parece dispuesto a venir.

Es así pues la derrota la forma de presente continuo en la que primero se expresa la contingencia que tras la misma se desarrolla. Una forma en la que no hay presente, en tanto que el pasado llamado a concebirlo se ha mostrado como un fracaso, promoviendo con ello su conocida orfandad (no en vano nadie asume la paternidad del referido fracaso), ni tampoco futuro, pues la desconfianza se asienta como el cínico poso de la duda, extendiendo como un virus la enfermedad que llevará a colapsar cualquier propuesta o diseño que haya, siquiera potencialmente, podido beber de lo que a partir de ese momento habrá sido ya rebautizado bajo el ignominioso nombre de periodo de crisis.

Un periodo de crisis que como una mancha de crudo en la inmensidad del mar, lejos de disiparse siguiendo los preceptos del trato que las matemáticas dan al infinito, hallará más conmiseración en los procesos propios de los Humanistas, y otros similares que, inasequibles al desaliento, perseverarán en la acción de definir lo indefinible, convencidos de que el estado previo a la existencia siquiera pasa por la concepción que se produce cuando el ente se materializa, por medio de la acción de ser nombrado.

Y así como Hércules separó los continentes, desgarrando con su fuerza etérea una vez más lo que estaba llamado a ser todo límite al cual el Hombre podría aspirar, así el periodo de crisis viene para desgarrar en dos bloques irreconciliables lo que en un primer momento parecía indivisible a saber, el propio concepto de tiempo, ligado al de su continuidad.

Porque una vez el individuo (resultante del Hombre tras la acción del tiempo),  ha transitado por el páramo al que una realidad en crisis reduce lo que no es sino la condición que adopta la forma vital del tiempo (lo que viene a ser la cronología de una vida); nada vuelve a ser igual. La crisis actúa como un muro infranqueable. El pasado pasa a ser lo que hubo una vez, antes de la crisis (cualquier tiempo pasado fue mejor), mientras que el futuro se aprecia como una nebulosa de la que apenas se habla, como si su mera mención pudiera estropearla, como si aspirar a adelantar su llegada se castigase con una dureza que solo Cronos podría llegar a intuir (el futuro no es sino a lo que aspiramos, una vez superada la crisis).

Triunfa así pues la crisis, y lo hace en la medida en que triunfa sobre el Hombre, al cual reduce.

Porque en el Hombre, en su interior, no es sino donde miró el abismo. Y se sobrecogió. No lo hizo por lo que viera, que si más bien por lo que no vio, o más concretamente por la ausencia que notó.

No es el Hombre derrotado el que cae en la batalla. El Hombre derrotado es el que en periodo de paz, no encuentra motivos para levantarse, o en el peor de los casos, para seguir de pie.
Es ese Hombre, el Hombre propio del periodo de transición, un Hombre del que nada puede ser esperado, pues ha perdido él toda esperanza.

Se trata del más peligroso de los entes, llamado por necesidad a odiar la vida, pues solo el está en condiciones de saber lo que perdió, siendo así un ente dedicado a lo sumo a sobrevivir. Y es la supervivencia la antítesis de la vida, pues sobrevivir es propio de animales.

Se esconde así pues tras esta forma, una sutil muestra de involución. Como toda sutileza, solo tras una exhaustiva revisión dará muestras de su contenido, muestras llamadas a pasar desapercibidas si no estamos atentos a sus consecuencias. Consecuencias tales como el surgimiento del procedimiento de la espera, otro más de esos cambios sutiles, destinado en este caso a terminar con uno de los rasgos característicos de la vitalidad a saber, el de la capacidad creativa.

La incapacidad para la regeneración (no en vano la ausencia de creatividad impide el desarrollo), lo que reduce el avance a una suerte de tratamiento de chapa y pintura; se erige en la manifestación evidente del proceso llamado a desintegrar al Hombre, proceso que si bien hace años que arrancó, se hará patente a partir del momento en el que todo intento del Hombre por reconocerse a sí mismo por medio del diálogo ya sea introspectivo o social, convenga como inexorablemente abocado al fracaso.

Estaremos pues ante el momento presagiado por el filósofo alemán justo en el momento en el que vino a decir que cuando miramos al abismo, hemos de tener cuidado pues resulta evidente la certeza de que el abismo puede también mirar dentro de nosotros.

Y ese temido momento ha llegado. El Hombre no se reconoce. No lo hace en la proyección que el espejo le devuelve (lo que supone la conjunción del drama ético), ni tampoco lo hace a partir de la imagen que sus semejantes le reportan como forma de transición moral.

La imagen que procesa nuestra consciencia, no resulta asumible para nuestra conciencia. El Hombre no se reconoce a sí mismo, ni siquiera por sí mismo. Bienvenidos al periodo del Hombre Neurótico.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.


miércoles, 12 de abril de 2017

DE LOS CICLOS LITÚRGICOS. DE LA TRADICIÓN Y DE LA PERVERSIÓN QUE EN ELLOS SE ESCONDE.

Imbuidos, qué duda cabe, en el contexto llamado a sernos dado por la interpretación religiosa y cultural que del instante destinado a ser considerado como presente nos toca, es que a partir de la dificultad que supone el tratar de aislarnos de manera consciente de tal hecho que llegamos siquiera a intuir la importancia del mismo.

Superado, siquiera de manera funcional, el tabú destinado a pergeñar cuál ha de ser la conducta llamada a ser reconocida como propia y debida por parte de quien se cree libre de las ataduras que la Religión ha logrado tejer a lo largo y ancho de la esencia del Hombre, (ataduras que se hacen evidentes cuando algunos llegan a afirmar que solo en el reconocimiento de tal condición puede El Hombre reconocer la tal llamada esencia), es cuando en uno va tomando forma la consciencia de lo impropio no ya del procedimiento, como sí más bien de la esperanza de que el mismo pueda aspirar al merecimiento de llegar a buen puerto.

Antes de llamar a confusión, de la cual podemos hacer gala si alguien extrae de la presente no ya la certeza que sí ni por ventura la conmiseración, en base a la cual pueda interpretarse que estamos cuestionando la creencia, ni por supuesto el derecho a tenerla, no habrá de ser por ello menos cierto que lo que sí podemos traer a consideración son los motivos que han llevado a dar por sentado de manera evidente que en estas fechas, toda la realidad parece inexorablemente revertir en la necesidad de ser conjugada en Tiempo y Modo “de Semana Santa”.

Si bien mi tránsito por la realidad ha servido para convencerme de que la Religión parece haberse erigido no ya en un medio, cuando sí en un fin, destinado no tanto a comprender al Hombre como sí más bien a explicarlo; lo cierto es que una de las pocas consideraciones por las que nunca consideraré baldío el tiempo destinado a su comprensión, es específicamente la que transita por la senda llamada a diferenciar (siquiera a forma de lindero) al Hombre Religioso, del llamado a no serlo, o a no considerarse como tal.
La cuestión parece extraña, incluso si me apuran, extravagante. Sin embargo, unos instantes de reflexión habrían de ser suficientes para comprender el cúmulo de dificultades a las que ha de enfrentarse quien libremente decide escindir el que en apariencia es inexorable vínculo que según tales está llamado a unir al concepto Hombre, con el procedimiento Proceder Religioso.

Si bien los estudios antropológico parecen alumbrar a estas alturas ya con suficiente soltura la tesis según la cual el hecho de la Creencia representa en sí mismo uno de los pilares fundamentales sobre los que se asienta la certeza diferencial del Hombre respecto del resto de entes llamados a compartir con él el planeta; tal extremo no justifica (y hacerlo supone una paradoja solo comparable a la de hacernos trampas jugando al solitario) que no tanto el hecho religioso como sí más bien el actual hecho religioso esté en realidad llamado a ostentar el nominativo de hecho esencial del Ser Humano.

No es sino la cuestión que parece surgir de pasada, a saber la de la interpretación, la que rápidamente pasa de cuestión coyuntural, a hecho diferencial por excelencia ya que no es sino la consolidación de la certeza vinculada al hecho de interpretar lo llamado a enfrentarnos a una certeza: La dada en llamarse “cuestión religiosa” no es en realidad más que “una interpretación”, sujeta por ello a la variable propia de la subjetividad que de manera imprescindible ha de aportar el ser llamado a erigirse en sujeto de la controversia en sí misma, lo que como tal condiciona hasta el punto de volverla inoperante toda vez que la condición de dogma (hecho imprescindible en todo quehacer religioso) resulta del todo intransitable de insistir en hacerlo por caminos llamados a ser compartidos con cuestiones plagadas del relativismo del que implacablemente ha de estar revestido cualquier hecho o concepción tamizada por la subjetividad.

Dicho lo cual, la cuestión capital se traslada. Ya no se trata tanto de saber si somos o no entes destinados a desvelar los misterios insondables por medio de la Religión, como sí más bien de decidir en qué medida tal convicción parte de un engaño, cuando no de una manifiesta estafa; La que se deduce de confundir el hecho religioso, con la disposición para la Creencia.
Si bien el Hombre participa activamente del hecho de la creencia, como se desprende de lo bien que se bandea ante un concepto que en condiciones normales parecería destinado al absoluto fracaso (no en vano la creencia está vinculada a lo metafísico, y el terreno propio de tal es lo inaccesible, siquiera cuando para ello empleamos de manera exclusiva lo llamado a proporcionarnos información evidente, o sea, los sentidos), no es menos cierto que las múltiples formas que la Historia siquiera nos regala en base a las cuales tal proceder parece correcto, no son en realidad sino manifestaciones modificadas de forma nefasta con el único propósito de generar una suerte de interpretación llamada a ser tomada en su generalización como una forma de norma, llamada a erigirse en Ley.

Pero no es sino el pasado, o si se prefiere, la generalización de tal en lo que habrá de llamarse Historia, lo que en última instancia derrumbará de nuevo el melifluo edificio sobre el que algunos inconscientemente depositaron sus esperanzas a la hora de construir algo quién sabe si verdaderamente enorme para la Humanidad, o a lo sumo grande para algunos Hombres.
Indagamos así pues sobre nuestro pasado más remoto (o cabría decirse que sobre el más propio), toda vez que es el que nos concierne al encerrar las pautas imprescindibles de cara a comprender el proceder que nos convirtió en Hombres, o a lo sumo en lo que somos, y es entonces cuando paulatinamente topamos con parecidos procederes muchos de los cuales hubieron de tener, por activa o por pasiva, resultados tan o incluso más espectaculares que el que hoy se vuelve objeto de nuestra consideración.
Así por ejemplo, el conocido como Paso del Mito al Logos, encierra de manera evidente no solo en su genética que sí más bien en los procederes que por avenencia le son propios, una suerte de protocolo cuya manifestación es evidentemente reconocible en lo que concierne al rito. Abandonado así el coeficiente metafísico, el Hombre se siente libre toda vez que una manifestación, hasta ese momento tenida por original, viene no a erradicar que sí a sustituir, los procedimientos de lo que a partir de ese momento será tenido por antiguo, por obsoleto. La jugada será maestra, pues la Ciencia viene a sustituir en el continuo espacio tiempo a la Religión, al convertirse en el nuevo generador de magia, pues a la mera producción en serie de baratos trucos de magia puede resumirse para muchos la necesidad no de entender, que sí en muchos casos de aceptar, lo que nos ha sido según ellos dado como realidad.

Se guarda pues el prestidigitador el mejor truco para el final, como no podía ser menos. Y es entonces cuando del engaño se impone la verdad, o su apariencia, pues no en vano la (Cre) encia va delante de la () Ciencia…

Una vez más, de la incapacidad para comprender la verdad erige en demonio ¿cómo no? su mentira.
Un año más, las virtudes son renovadas, los silencios se elevan categóricos en el esplendor propio del cinismo, y el círculo vuelve a cerrarse.

Porque como dicen Las Crónicas de San Anselmo: No en vano habréis de recordar que solo el penitente pasará.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.

miércoles, 5 de abril de 2017

NO CONSINTAMOS QUE NOS ROBEN TAMBIÉN “EL MES DE ABRIL”.

Puede parecer mentira. Incluso, tal vez hasta insólito. Pero si nos detenemos siquiera un instante a contemplar qué periodos son los más propensos a registrar actividad política, incluso revolucionaria, comprobaremos sin el menor género de dudas que el mes de abril encabeza sin duda la potencial lista que en pos de contener tan importantes eventos, podamos llegar a construir.

La verdad es que, si lo pensamos con detenimiento, tal hecho no solo no ha de ser sorprendente, sino que a medida que lo reflexionamos, mayor es el número de procederes que no por estar ligado a la actividad humana (la cual como todos sabemos se ha desvinculado de limitaciones naturales como pueden ser los instintos y las frecuencias de conducta a los mismos asociados); no es por ello menos cierto que se halla más propensa a llevar a cabo ciertos menesteres en ciertos momentos.

De parecida manera a como el ciclo natural vinculado a las estaciones vincula así mismo  al Hombre a la propia tierra, obligándolo a asumir ciertos preceptos ya sea en forma de periplos, o de procederes; no hace falta ser tan diametral para encontrar otros aspectos cuyo vínculo es más cultural. Así, puestos a desarrollar trabajo de campo en materia social y demográfico, resulta de obligado cumplimiento resaltar cómo el pico de natalidad que hasta bien superados los cincuenta se daba en España y que ponía en aviso a las matronas de las maternidades de todo el territorio nacional era fácilmente predecible, usando para ello los dedos de ambas manos, pues para predecirlo bastaba con contar los nueve meses que habrían de transcurrir una vez finalizado el periodo de Cuaresma.

No hace falta ser tan pragmático, o tal vez sí, ¡quién puede llegar a saberlo! En todo caso, si bien El Refranero Castellano, tantas veces expresión del Saber castellano afirma que “Altas o bajas, en abril pascuas”; no es menos cierto que otras ocasiones han sido si se prefiere más brillantes a la hora de poner de manifiesto el papel que siquiera a título de contexto ha jugado el mes de abril en la conformación, desarrollo o percepción de los que acabaron por erigirse en fundamentales momentos de la Historia Política del Mundo.

4 de abril de 1917. Palacio de Táuride. A su regreso del exilio suizo el todavía solo líder bolchevique Vladímir Ilich Uliánov (Lenin) recién llegado de la capital (Petrogrado), es reclamado por la masa para que pronuncie el que podría ser un discurso improvisado. Sin embargo, para nadie que por aquel entonces conociera a Lenin, y para la mayoría de los que a partir de ese momento le incluyan ya en el papel que de cara a la Historia habrá de jugar, la mera posibilidad de que Lenin improvise algo tiene el menor sentido.
Más al contrario, el discurso servirá para que nuestro protagonista vierta sobre el mundo lo que él mismo determina como Las Veinte Tesis del Mundo a saber, un conjunto de preceptos, normas y por supuesto directrices de comportamiento llamadas en principio a continuar la que fuera Revolución de Febrero pero que, en realidad, persiguen la superación no ya solo del Gobierno Provisional que sí más bien del compendio de disposiciones transitorias que según los bolcheviques no vienen sino a poner de manifiesto la debilidad de un régimen traidor toda vez que no es capaz de proporcionar al Pueblo las consecuciones que en materia de bienestar y libertad éste le exigió en el momento en el que facultó el derrocamiento de la Dinastía Romanov y sus más de trescientos años de gobierno.

Muchos años después la pluma de George ORWELL (pseudónimo de Eric BLAIR) vuelve a trasladarnos a Abril, curiosamente (o tal vez no tanto) a otro cuatro de abril para participarnos los miedos de un Winston SMITH totalmente sometido a los procedimientos de una sociedad que amparada en el dominio presente y futuro no solo de los actos, más bien de los pensamientos y de toda capacidad de pensar, se construye en “1984”.
“(…) Se echó para atrás, y lo primero que tenía que pensar era si aquella era verdaderamente la fecha. ¿Podía asegurar que en realidad era 4 de abril de 1984? Sin duda la fecha bien podía ser aquella pero ¡Cualquiera sabe hoy con certeza en qué año vive!”

Hechas y sabidas todas las consideraciones que resulten pertinentes, dando especial relevancias a las que se empecinen en desacreditarnos afirmando que utilizando de manera quién sabe si torticera elementos propios de la Realidad, con otros procedentes de la Ciencia Ficción no logramos sino desacreditar la validez del contenedor llamado a almacenar nuestras tesis; replicaremos diciendo que no en vano a menudo la realidad es poco más que una interpretación resultante del devenir racional y moral de personas que bien podrían estar influidas en ese o en parecidos momentos por el proceder narrado en novelas como la que el propio ORWELL nos regala. De no ser así, cómo considerar que el lema en ésta contenido, y que a la sazón vehicula todo el drama psicológico desarrollado a lo largo de la novela, bien podría formar parte de cualquier ensayo cuya bibliografía fuera tan actual como real.
LA GUERRA ES LA PAZ
LA LIBERTAD ES LA ESCLAVITUD
LA IGNORANCIA ES LA FUERZA

Pocos lo aceptarán. Pero más lamentable que tener que levantarse ahora mismo para ir a consultar en la obra si la cita es correcta, resulta el que muchos que no conocen a ORWELL bien pueden llegar a pensar que la misma procede de cualquier panfleto, pasquín o incluso publicación seria dotada de plena actualidad.

Y es ahí precisamente donde radica toda la esencia de la reclamación que hacemos hoy. Una reclamación no basada tanto en la desaparición del mes de abril, como sí más bien en el hecho de que los deseos, anhelos y consecuciones protagonizados otrora por tantos y tantos, han desaparecido sin dejar rastro. Porque no hay rastro de las demandas, ni por supuesto de que las mismas hayan sido conseguidas. ¿Será a causa de la Ginebra de la Victoria? ¿O será por el efecto de la telepantalla?

En cualquier caso: EL GRAN HERMANO TE VIGILA.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.



miércoles, 29 de marzo de 2017

LA EUROPA DISLOCADA. 60 AÑOS SIN RESPUESTAS.

Y con todo, o por ser más exactos, a pesar de todo, lo más lamentable pasa por asumir que lo verdaderamente dañino se encuentra en el hecho de constatar que lo que faltó fue valentía para preguntar. Porque no hay respuesta mal dicha, a lo sumo mal interpretada.

En la paradoja de vivir en un momento obligado a conmemorar el aniversario redondo de la firma del acuerdo que tal vez con más fuerza haya inspirado el actual estado de las cosas; y la acción que en presente continuo bien pueda formar parte en los libros llamados a editarse en un futuro no muy lejano el instante en el que dio comienzo el principio del fin; más que llorar por las consecuencias reales devengadas de un pasado que en realidad no entendemos, o lamentarnos a priori por las de un acto cuya realidad aún se nos escapa en tanto que forma parte de un futuro comprometido pero no por ello netamente integrable en los cánones llamados a ser computables como parte de “lo que está por llegar”, lo único cierto, además de constatar que ya nada se hace como se hacía antes (en especial el plañir), pasa por asumir que de nuevo nos disponemos a cometer el error que llevamos varias centurias cometiendo a saber, el que pasa por asumir que el análisis de la resultante de un compendio de realidades (en definitiva de la realidad asumida como compleja), tiene el menor viso de prosperar sin tener en consideración el aporte de la variable destinada a computar el más alto bagaje de complejidad para el que está capacitado el sistema; a saber, la del el Ser Humano.

No en vano, cuando nos disponemos a juzgar o tan siquiera a compendiar el que en principio está destinado a erigirse en acervo de lo que en general denominaremos Proyecto Europeo Moderno; lo hacemos desde una óptica en la que las aportaciones promovidas por los ciudadanos, en última instancia los llamados a erigirse para bien o para mal de todo el proceso, son desechadas ¡afirmando curiosamente que añaden excesiva complejidad al sistema!

Desposeídos así no tanto de la componente subjetiva, que sí poseedores de una realidad insospechadamente inútil toda vez que a la misma se ha privado de su componente conceptualmente imprescindible, podemos llegar a afirmar, y a la visa de la lectura de resultados así lo hacemos, que el actual desquiciamiento existente en el seno de la Unión Europea versa su origen de manera casi exclusiva en el alienante esfuerzo que muchas entidades, algunas fácilmente identificables, otras no tanto, han llevado a cabo en pos de lograr el colapso del ente resultante. Para ello, la única manera posible pasa de manera inexorable no tanto por debilitar el prestigio de la propia institución, como si más bien por deteriorar los enlaces que entre la propia Unión y los entes sociales sobre los que en principio dirige sus esfuerzos, se establecen. De esta manera, una vez que los lazos se han debilitado, prueba de lo cual encontramos cuando, por ejemplo, los ciudadanos comienzan a ser incapaces de citar con un mínimo de convicción las causas (otrora evidentes) por las que el logro de objetivos comunes es más fácil y satisfactorio cuando se persiguen en grupo; podemos afirmar, acaso sin el menor género de dudas, que la acción no solo ha comenzado, sino que está teniendo verdadero éxito.

Así y solo así, aunque suene rocambolesco, puede no solo entenderse, sino incluso adquirir cierto grado de lógica, el razonamiento por el cual logros como el llamado a cifrarse en el periodo más largo de paz en el que los europeos hemos vivido, terminen por atribuirse a la conclusión de una serie de variables muchas de las cuales nos son del todo desconocidas, cuando no a la acción sui géneris de una suerte de ente cuyo extraño poder se basa, precisamente, en su capacidad para no ser compendiado.

Sin embargo, a pesar de la acción de unos pocos, y no en menor medida por la falta de acción de muchos; aquí estamos hoy, tratando de entender qué tiene más poder, o qué merece ser conmemorado con más fuerza: la mención de un pasado honesto integrado en el 60 aniversario de los Tratados de Roma, o la certeza de un presente que ha llevado a un país miembro a considerar que su futuro es más prometedor (o puede prometerse de manera más sencilla), no solo fuera sino inequívocamente enfrentado al resto de miembros de la Unión Europea.
Y todo, porque lo crean o no, los llamados a obrar en última instancia como portadores del requerimiento atribuido desde la mayoría no solo no han obrado en tal dirección, sino que de manera aún más gravosa para con los intereses de sus ciudadanos no solo no han trasmitido la orden que se les dio para capitanear este barco, sino que han programado el piloto automático con una serie de órdenes que de manera inconmensurable conducen el barco hacia una inexorable destrucción.

Así y solo así podemos entender que como en el caso de Reino Unido, la misma población que ha sido llamada a consultas en pos de una decisión, en este caso a la postre la llamada a erigirse en catalizador que no en causa del Brexit (pues éstas hay que buscarlas en océanos más profundos); no dude en manifestarse instantes después de conocer el resultado pidiendo repetir el referéndum, pues es como si hubieran votado con el corazón (y a menudo lo que éste apunta difiere bastante de lo que otras variables, apuntaladas por ejemplo en el bolsillo, declaran).

Sea como fuere, viéndolo todo desde una perspectiva integral, llamada a definir de manera conjunta no solo el tiempo y el espacio, sino especialmente las consecuencias en las que acaban por traducirse los actos que integrados en los anteriores tienen lugar; lo cierto es que el momento actual nos desborda no tanto por la incapacidad para encontrar respuestas, como sí más bien por la imposibilidad manifiesta de ubicar en presente las respuestas que bien por hallarse en el pasado, bien por ser propias de un futuro subjuntivo, no hay manera de especificar.

Mientras, el tiempo se reformula en su condición de consecuencias, y el miedo se erige en el nuevo segundo al mando.


Luis Jonás VEGAS VELASCO.